Este fue el título que puse a una nota que publiqué el 13 de noviembre del año pasado a propósito de las elecciones presidenciales y de la carencia de un discurso que motivara a los sectores jóvenes excluidos y desesperados de la población, entre quienes se registraba la mayor cantidad de indecisos, según las investigaciones de aquel momento. Hoy me luce de lo más pertinente traerlo a colación.
Tras la derrota del 3 de diciembre y la radicalización de la revolución autoritaria de Chávez, la oposición se halla dividida en dos vertientes claramente identificables: una organizada alrededor de las figuras de Manuel Rosales, Teodoro Petkoff y Julio Borges y otra liderada por algunos disidentes de sus respectivas organizaciones —como Alfonso Marquina y Leopoldo López— que proponen nuevas formas de activismo más vinculadas con lo social que con lo político. Pareciera que la oposición busca su redefinición aunque sea evidente la ausencia de la famosa unidad. La tesis según la cual la participación en las elecciones del 3D lograría conformar un movimiento opositor organizado y en acción ha resultado insuficiente. No hace falta argumentar demasiado: es un hecho. Los liderazgos no se decretan.
Pero lo que me parece más importante es que ninguna de las dos vertientes opositoras logra captar la atención de los jóvenes. Tal vez porque no han sido capaces de articular un discurso que los conecte con los menores de treinta años, quizá por mero desinterés hacia segmentos de la población desconocidos o no compendidos. Sea cual fuere la razón, lo central es que millones de jóvenes —especialmente los de los sectores más desposeídos— no divisan una luz al final del túnel. Ni con el gobierno ni con la oposición.
¿Quién será capaz de articular una política que, además de enfrentar las arbitrariedades totalitarias del gobierno, logre construir un discurso y un programa alrededor de las necesidades de un amplio conjunto de la población que necesitan que le vislumbren el futuro? Educación, empleo, seguridad social, planes de vivienda y el crédito identifican sus necesidades. ¿Quién les va a vender la esperanza?
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El hombre mira a su audiencia con un dominio completo de sus alcances y limitaciones. Impecable en su carísimo traje e implacable en su vocación autoritaria, Hugo Chávez controla a su público —el país entero— como controla los mecanismos de mando en Venezuela. “Yo, el supremo”, como diría Roa Bastos, es el más completo caudillo de la historia contemporánea nacional. Se mueve entre el delirio del poder personal y la hegemonía del poder político, económico e ideológico. Con una mirada delirante brama por una ley habilitante que le permita gobernar por decreto, sin necesidad de reformar la constitución, como manera de reafirmar que el Estado y la Revolución están encarnadas en él… y en nadie más. Y por la vía de esa habilitante intenta imponer la “nueva hegemonía” frente al dominio burgués que Gramsci proponía a través del control de la familia, la escuela y los medios de comunicación. ¿Les suena familiar? (más…)
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En los tempranos noventa, tras la caída del «socialismo real» de la Unión Soviética y de su área de influencia, estuve en La Habana para asistir, de nuevo, al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Presencié entonces los primeros dramáticos tiempos del «período especial» que marcó de forma determinante la vida cubana. Conversé en varias oportunidades con mis amigos cineastas y escritores de la isla sobre las consecuencias de aquel «período» y entendí, de forma directa y práctica, que no se trataba de un período sino del fracaso del modo de producción socialista y de su supraestructura ideológica.
Ante la debacle de los países del bloque soviético, Fidel cambió su célebre lema «patria o muerte» por el de «socialismo o muerte», como una especie de reafirmación desesperada de la política —errada, a todas luces— que había desarrollado desde 1959. En cuestión de meses Cuba se convirtió en el último bastión del marxismo-leninismo, junto a Corea del Norte, pues ya entonces China abandonaba esas denominaciones. «Socialismo o muerte», bramaba Castro. A lo que el humor de lo cubanos en las calles de La Habana respondió de esta manera: «socalismo o muerte… valga la redundancia». A confesión de parte, relevo de pruebas. Ojo, estoy hablando de los cubanos que viven en la isla, no los de Miami.
El jueves pasado el caudillo venezolano concluyó su discurso como mandatario reelecto afirmando «patria, socialismo o muerte… venceremos», lo cual me resultó patético pues me hizo recordar todas las penurias que han pasado y aún pasan mis amigos cubanos y sobre todo rememoré aquello de «valga la redundancia». Ese socialismo real equivale a la muerte en varios sentidos simbólicos. Es la muerte de la libertad de expresión, de la disidencia, de la iniciativa, de la rebeldía, de la innovación, de la transparencia, de la honestidad intelectual, de la visión crítica. Pero también es la muerte física, lo sabemos. Son muchos los casos de «traidores a la revolución».que concluyeron en el paredón.
Entonces me pregunto: ¿es eso lo que va a pasar en Venezuela? ¿En qué se diferencia el socialismo del siglo XXI del horror del socialismo real del siglo XX? ¿Es inevitable? Y me sigo preguntando: ¿qué va a pasar cuando cierren RCTV? ¿O Globovisión? ¿O Unión Radio? ¿En cuáles espacios vamos a dar la lucha? ¿Nos quedaremos como si nada estuviera pasando? ¿Tendremos que esperar, como dijo Manuel Rosales, hasta el 2012 para derrotar electoralmente al caudillo? Creo que algo terrible se avecina. Sobre todo porque los electores votaron por un caudillo y no por el socialismo.
En fin: socialismo o muerte… valga la redundancia.
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