Fue una muy grata sorpresa descubrir un área creativa distinta y poco conocida en la trayectoria del maestro valenciano. En su más reciente exposición, Tierra y fuego, Oswaldo Vigas revela su trabajo en cerámica que —a partir de sus propias figuras y rostros— elaboró en 1981, a propósito de la realización de un mural para la fachada del Ateneo de Valencia, que contó entonces con el respaldo de la empresa Cerámicas Carabobo. Veintiséis años más tarde, la Fundación BBVA Banco Provincial presenta en sus espacios de La Castellana una breve y representativa selección de la colección personal de 200 cerámicas y 2o relieves que Vigas resguarda con celo. Es una forma de rendir homenaje a un gran artista venezolano que no se doblega y persiste en su misión creadora.
Lo que más sorprende de la muestra —más allá de la riqueza específica de cada obra— es la coherencia de ese conjunto de piezas con el resto de la trayectoria plástica de Vigas. Coherencia que es producto no sólo de las técnicas o los temas sino de una autenticidad que se manifiesta en el color y en la textura, en la figura y en la organización de elementos internos. Vigas ha propuesto desde más de cinco décadas una única creación desplegada en múltiples trabajos, ya en la pintura como en la escultura, ya en la cerámica como en la tapicería. Es el propietario de un sello autoral que lo identifica y lo diferencia. Vigas es Vigas. No necesita más. Tampoco se conforma con menos.
En aquella época, en 1981, el escritor y crítico de arte Rafael Pineda escribió lo siguiente: “Allí están casi 40 años —desde 1943— de ideas ya realizadas y otras que se quedaron en el boceto, pero de todos modos partícipes del mismo rango totémico que la realidad americana confiere a personajes, brujas, bichos y animales, a todo lo largo de su obra, objetivizados por una dialéctica morfológica-colorística en un contexto arcano. Por eso en las cerámicas de Oswaldo reaparecen no pocos de los seres fantásticos que ocupan todo el espacio de sus pinturas, tapicerías y gráficas, pero ahora reducidos a la dimensión de un talismán dentro de un plato, una escudilla, un bowl, una bandeja. Es la diferencia que va del ofertorio al ídolo propiamente. En otros casos la pieza recoge un conglomerado sígnico que transcribe la gestualidad del artista como dato vivencial, del mismo modo que aquel otro repertorio pertenece a la potencia de la imaginación.” Creo que nadie pudo expresarlo mejor que el recordado Rafael Pineda.
Las piezas únicas e irrepetibles de Tierra y fuego adquieren fortaleza creativa a partir de su propia fragilidad física. Han sido resguardadas con celo. Han dormido durante décadas para mostrarse ahora con la madurez de la distancia. Así trabajaba Vigas hace más de un cuarto de siglo. Parece que las hubiese hecho ayer.
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