Algunas veces la memoria nos traiciona. El recuerdo que tengo sobre ¡Y… las mujeres también es distinto a la percepción que hoy registro frente al nuevo montaje de Héctor Manrique de la obra de Fausto Verdial, concebida como “pieza espejo” de Todos los hombres son mortales, estrenadas ambas a mediados de los noventa. Cuatro mujeres de distintas edades y características afectivas coinciden un domingo en un apartamento y van desnudando sus fragilidades, ambiciones, angustias y temores. Vistas en conjunto, parafraseando a Almodóvar, son mujeres al borde de un ataque de nervios… salvo una: la más joven. La que tiene confianza en el futuro. Cada una habrá de cerrar o abrir las puertas de su vida.
A pesar de ser una “obra espejo”, el texto de ¡Y… las mujeres también se diferencia notablemente del texto de Todos los hombres so mortales, especialmente en el manejo de ciertos lugares comunes asociados con la femineidad. Diana (Fabiola Colmenares) es una mujer bella que atrae la atención masculina pero considera a todos los hombres como unos bichos. Mariana (Beatriz Valdés) representa a la mujer divorciada que busca la felicidad en los brazos de un hombre más joven. Eva (Lourdes Varela), en cambio, se halla en proceso de separación y ya habla de su pareja como su ex marido, sin sospechar una vuelta de tuerca en su destino. Finalmente, Conchita (Marisa Román) expresa la frescura de una generación más joven, sin cicatrices afectivas. Todas viven su propio espejismo con diferente suerte. Este esquema de personajes se corresponde de forma similar con el de la obra masculina. Sin embargo, el tratamiento de la pieza femenina es más superficial, más tópico y menos genuino.
Esta debilidad es un problema del texto de Fausto, pues si bien ambas piezas tienen la misma estructura dramática y sus personajes viven conflictos similares, el tratamiento femenino se encuentra demasiado declarado, muy hablado, extremadamente confesado, sin la dimensión de lo no dicho pero sí expresado que el propio Verdial rescataría para su trabajo. Las tres mujeres adultas se explican a sí mismas a lo largo de la representación. Esto adquiere importancia en la medida que el público está compuesto mayoritariamente por mujeres de la vida real que ríen o se identifican con esas cuatro mujeres que interactúan sobre el escenario.
Tal vez por eso Eva grita tanto o Mariana se refugia en sus palabras atropelladas o Diana no vacile en soltar una palabrota aquí y otra allá. La más serena, más verosímil, es Conchita. Es difícil evaluar el trabajo de cuatro actrices reconocidas que lucen atrapadas en la piel de sus personajes. Eva tiene que gritar así como Diana tiene que maldecir a los hombres y Mariana tiene que soñar con un principie azul de 27 años. La única que no tiene que hacer nada es Conchita. Quizá sea una debilidad que habría que atribuir al propio Héctor Manrique, director de ambas obras, conocedor del texto de Verdial, además de su alumno y amigo que fue.
El dispositivo escénico, la pintura de Jesús Barrios, el vestuario de Eva Ivanyi, la iluminación de José Jiménez y la producción de Carolina Rincón lucen eficientes y correctos, como elementos que permiten la expresión de estas cuatro mujeres muy distintas pero muy afines.
¡Y … LAS MUJERES TAMBIÉN! , de Fausto Verdial. Grupo Teatral de Caracas y Grupo Actoral 80. Dirección: Héctor Manrique. Producción general: Carolina Rincón. Pintura escénica: Jesús Barrios. Iluminación: José Jiménez. Espacio escénico: Héctor Manrique. Vestuario: Eva Ivanyi. Elenco: Fabiola Colmenares, Beatriz Valdés, Lourdes Valera y Marisa Román. Sala Anna Julia Rojas del Ateneo de Caracas.


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