Pablo Gamba CENIZAS ETERNAS: BIKINI DE LA MODERNIDAD EN EL ESTADO DE LA NATURALEZA

El cine venezolano vuelve al encuentro con los pueblos indígenas en Cenizas eternas (2011). Es el tema de Jericó (1992) y, al igual que en el filme de Luis Alberto Lamata, en el de Margarita Cadenas pareciera estar planteada la confrontación de dos mundos.

Hay una secuencia que luce emblemática en ese sentido. En el Museo de Bellas Artes de Caracas, cuya arquitectura es expresión del ideal modernizador, se exhiben obras de arte abstracto, pero las paredes del fondo están cubiertas de fotografías en blanco y negro sobre las costumbres de los indígenas. La joven que lo visita, Elena (Danay García), luce un vestido inspirado en la pintura de Mondrian. Ha crecido además en una casa que es una obra maestra de la arquitectura moderna:la Villa Planchart, en la misma ciudad, diseñada por Gio Ponti.

Parece fácil captar en ello una metáfora. La modernidad sería un disfraz de lo que en el fondo es un mundo diferente. Se parecería al bikini y a los lentes de sol a la moda que luce Elena cuando toma el sol a la orilla de un río, en la selva, a la que ha ido a buscar a su madre, Ana (Patricia Velásquez), presuntamente muerta en un viaje por el Amazonas cuando ella era niña. En el caso de este otro personaje, aunque su ropa de exploradora queda hecha jirones a medida que pasa el tiempo en la selva, no deja de tratar de cubrirse a pesar de que vive entre los yanomami. El título remata la idea de comunión con su alusión a la ceremonia de comer las cenizas de los muertos para que sigan siendo parte de la comunidad. Descubrirse indígena, despojándose del ropaje de la modernidad, sería el sentido trascendente de la aventura.

Pero eso no es plantear nada significativo sobre la modernidad. Distinto es lo que está implícito en la relación que se establece entre Ana y los yanomami. La protagonista de Cenizas eternas se manifiesta como individuo moderno, en pugna con los indígenas, por su resistencia a asumir el papel tradicional que se asigna a las mujeres en esa sociedad. El problema entonces es que la manera como lo hace es reflejo de la concepción del estado de naturaleza de la filosofía política de Locke en el siglo XVII: un estado de igualdad y libertad que se mantiene por la capacidad de defenderse por sí mismos que tienen los individuos, los cuales se integran en sociedad para defenderse de la guerra que pudieran hacerles otras comunidades. A pesar de la ceremonia de las cenizas, la autenticidad que se opone al disfraz moderno no es la de la cultura yanomami, sino lo imaginado por los filósofos de Europa a partir de las crónicas de los conquistadores sobre las sociedades del “nuevo mundo”. Es lo que vendría a ser un individuo auténticamente moderno en tales circunstancias idealizadas.

Pero por eso mismo en el fondo Cenizas eternas no es otra cosa que una típica survival movie, en la que la heroína no puede seguir sola su camino, después de tomar lo que necesita de los indígenas, porque no conoce la forma de salir de la selva. Lo confirman los lugares comunes del género, desde la escena en la que el hombre blanco mata al animal que estaba a punto de hacerle daño a su fiel servidor nativo, quien adquiere así el compromiso de salvarle la vida, hasta los planos de culebras amenazantes, el helicóptero que pasa por encima de la mujer perdida sin ver nada, la misteriosa conexión espiritual entre la madre y la hija, a pesar del paso del tiempo y la distancia que las separa, etcétera. Tampoco falta la explotación de los aspectos más espectaculares de la vida de los indígenas, como el consumo de yopo y la alimentación con monos y tucanes, además de la ingesta de las cenizas de los muertos. Todo eso aclara la ambigüedad en la representación de los yanomami: no sólo se los muestra como un pueblo conflictivo por realismo sino también para mantener vivo el temor que causan en los blancos y los indígenas acriollados, como se ve en la secuencia de la “fiesta”, al final.

Si Marx escribió que todo lo que parecía sólido se desvanece en el aire de la modernidad, a la arquitectura de Gio Ponti, el arte abstracto, la filosofía de Locke, el bikini de Elena y la cultura yanomami se los traga por igual en Cenizas eternas el espejo vacío de Hollywood.

CENIZAS ETERNAS

Venezuela, 2011

Guión, dirección y producción: Margarita Cadenas. Fotografia: Alfredo Cova. Montaje: Margarita Cadenas, Zoum Domínguez, Juan Teppa. Sonido: Frank Rojas. Música: Tulio Cremisini. Elenco: Patricia Velásquez (Ana), Danay García (Elena), Ángeles Cruz (Matiri), Enrique Dorante (Turema), Francisco González (Hukomawë), Amílcar Marcano (jefe Kokimiteri), Marcos Moreno (Moriwë), Arlette Torres (Maroma), Beatriz Vásquez (Aída), Erich Wildpret (Ricardo).

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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