El gigante de mármol EL ARTISTA, LA LIBERTAD Y EL PODER, por Alfonso Molina

Close-up detail shows Michelangelo's statue of David at the Accademia museum in Florence

Al concluir la función de El gigante de mármol, el espectador guarda una impresión de trascendencia. Más allá del disfrute de la representación, comienza su permanencia en la memoria y en la reflexión. Porque la nueva obra de Luigi Sciamanna no se limita a observar a Miguel Ángel Buonarroti en la creación de su David, obra cimera del arte universal. Lo más importante del texto es que le otorga al Renacimiento una dimensión mayor a la tradicional, es decir, la de un importante movimiento artístico de la Europa de los siglos XV y XVI, y entra a definirlo como una poderosa vertiente de transformación cultural, social, religiosa y, sobre todo, política en la época de los grandes descubrimientos, las rupturas conceptuales, la lucha constante entre el poder de la fe y el surgimiento de un nuevo modelo económico. Todo esto en el marco de la República florentina y de su rivalidad con el dominio espiritual y militar de Roma y el Vaticano. En ese escenario histórico Sciamanna ubica a sus personajes para expresar el permanente combate del artista por su libertad frente a las limitaciones del poder. De cualquier forma de poder. Es la rebelión del individuo ante la hegemonía de un feudalismo que comienza su declive para abrir camino a un incipiente capitalismo y ante un imperio de base religiosa que ya había padecido la Reforma protestante. Buonarroti era un agente del cambio que cabalgó sobre las grandes mutaciones del mundo de su tiempo. Era un artista.

El gigante de mármol completa el díptico que Sciamanna inició el año pasado con el montaje de La novia del gigante. Ambas piezas tienen en común la conducta del poder establecido ante la presencia del David de Miguel Ángel en marcos históricos diferentes y en circunstancias políticas distintas. La novia del gigante se ubica en la Florencia de 1938, bajo la brutal hegemonía fascista, pocos días antes de la visita de Hitler a la Italia de Musolini. El gigante de mármol establece su acción también en Florencia pero en 1503, cuando la Iglesia pide la destrucción de aquel gigante osadamente desnudo de cinco metros y medio porque no representa la lucha entre David y Goliat. En ambos casos se manifiestan la represión religiosa, la censura a la creación y el sometimiento de la libertad

Al comienzo del primer acto, cuatro personajes representan posiciones específicas en torno al mismo hecho. El implacable cardenal Ildefonso de Manoforte, con el apoyo del resentido Marco Piotti, funcionario de la Oficina para Trabajos de la Catedral, acusa de blasfemo al joven artista Buonarroti, quien defiende la belleza como expresión de la fe. A un costado, la figura de Tomasso de Montelupo, hombre de negocios del gremio de la lana, juega de forma oportunista con el dominio clerical, los nuevos postulados económicos y el recuerdo de los Medicis, gobernantes caídos en desgracia. La trama se desarrolla como suerte de juicio no judicial pero sí religioso a la actitud del creador ante su obra y ante la belleza del hombre. Cabe recordar que el Renacimiento dimensionó los valores del humanismo ante el omnipresente poder de la religión. El acto cierra de manera determinante en este combate ideológico entre Roma y Florencia.

En cambio, el segundo acto abre con la participación de Piero Soderini, Gonfaloniero de Justicia de Florencia, quien impone un nuevo rumbo a la pieza. El estadista reorienta la discusión hacia terrenos más humanos, menos teológicos y definitivamente muy políticos. De cierta sutil manera Soderini propicia el desgarramiento de Miguel Ángel en defensa de su escultura en una de las mejores escenas de la obra. El hombre que le dio la libertad a David a punta de cincel, despojándolo de su prisión de mármol, ejecuta un acto de confesión conmovedor. No solo defiende su obra y la belleza del ser humano. También se defiende a sí mismo. Sciamana potencia el papel del artista en su sociedad y su momento histórico. Los argumentos de la religión, las maniobras de la conspiración política y las razones del Estado ceden ante la trascendencia del arte. Cinco siglos después el magnífico David desnudo sigue siendo el símbolo de la creación libre.

Más allá de la densidad y pertinencia del texto de Sciamanna, el trabajo interpretativo se revela como un pilar fundamental. Cuatro actores veteranos y uno más joven conforman un cuadro de protagonistas de muy alto nivel. Jorge Palacios compone magistralmente a Ildefonso de Manoforte, con un cinismo y desparpajo sorprendentes, mientras Marcos Moreno proyecta una voz tremenda para apropiarse del irónico Tomaso de Montelupo. El propio Sciamanna dota de credibilidad y convicción a su complicado Marco Piotti al tiempo que Armando Cabrera impulsa la trama con su poderoso Piero Soderini. Cuatro actores reconocidos que brindan una plataforma muy sólida a la puesta en escena. Al lado de ellos, el joven Elvis Chaveinte lucha en el primer acto para equipararse a sus colegas, sobre todo porque sobre sus espaldas recae el personaje de Miguel Ángel Buonarroti, pero en el segundo acto adquiere un relieve realmente medular. Se crece y se equipara al resto del elenco. Con esta batería actoral la obra siempre está arriba en la percepción del público  También intervienen en roles menores, más bien simbólicos, Carla Orive, Daniel Rorres y Asier Brightman. Se nota que hay un actor dirigiendo a sus colegas.

El gigante de mármol es una experiencia teatral completa que parte de la complejidad de su texto y de la detallista puesta en escena del propio Sciamanna para articular factores de producción que adquieren una importancia expresiva, como la magnífica iluminación de Manuel Troconis, los elementos escénicos trabajados por Edgardo Ibáñez, Edwin Erminy y Ramón Pérez Piña, la concepción del vestuario de Eva Ivanyi realizado por Raquel Ríos, las máscaras de Jesús Barrios y la producción musical de Santiago Castillo. Este trabajo es lo mejor que he visto en las tablas venezolanas en lo que va del año.

EL GIGANTE DE MÁRMOL, dramaturgia, producción ejecutiva y puesta en escena de Luigi Sciamanna. Producción: Marisela ‘Coco’ Seijas. Iluminación: Manuel Troconis. Vestuario: Eva Ivanyi y Raquel Ríos. Máscaras: Jesús Barrios  Elementos escénicos: Edgardo Ibáñez, Edwin Erminy y Ramón Pérez Piña. Música: Heinrich Isaac, Gregorio Allegri, Gustav Mahler y Giuseppe Verdi. Producción musical: Santiago Castillo. Elenco: Elvis Chaveinte, Jorge Palacios, Armando Cabrera, Marcos Moreno, Luigi Sciamanna, Carla Orive, Daniel Torres y Asier Brightman. Asociación Cultural Humboldt. Sábados y domingos a las 4:00 pm.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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