Felipe Benites: ¿OPORTUNIDAD PERDIDA?

Sectores del gobierno y algunos “racionalistas” de la oposición —políticos y analistas — coinciden en que los estudiantes perdieron una gran oportunidad de dirigirse al país. Los primeros sorprenden con tan repentina magnanimidad, incluso el editor Eleazar Díaz Rangel, a pesar de ser un gran filigranista de la escritura. Mas a todos se les ha escapado que llamar “oportunidad de oro” al hecho de comparecer ante un parlamento monocolor en cadena de radio y televisión, es comprobar la existencia de un poder omnímodo que ejerce un eficaz control sobre las transmisiones de los medios audiovisuales. Una pendejaíta, pues, la que les jugó el subconsciente. Mi papá siempre decía, “cuando la limosna es tan grande hasta el santo desconfía”, y esa cadena televisiva —de la que hacen mención como una gran concesión a los estudiantes— no estaba programada precisamente para que los disidentes colocaran sus mensajes. Vale decir que mucho menos que gratuita podía haber sido muy costosa.

Los segundos por su parte, han corroborado la esclerosis de creatividad que padece la oposición al señalar que se tenían argumentos de sobra para apabullar al contrario, argumento que es cierto pero que se fundamenta en la falsa premisa de suponer que el famoso debate iba a acontecer en un espacio de arreglos institucionales universales, como si la Asamblea Nacional fuese una especie de parlamento inglés. Recuerdo que cuando un boxeador venezolano peleaba en Japón, al sonar la campana mi papá se acomodaba en su poltrona y martillaba “en todas esas tierras chinas o se gana por nocaut o no se gana”. Al respecto, el gobierno estaba seguro de una victoria por decisión porque tenía a los jueces y todos los recursos del patio, hasta producir lluvia si era necesario, y siendo un contrincante al que todavía no se le puede ganar por nocaut, entrar golpear y desaparecer casi ileso era llegar al nirvana.

Es evidente que mientras el Gobierno se perciba fuerte nunca verá con buenos ojos un verdadero debate, mucho menos un diálogo. Eso es hacer política de altura y la esencia del llamado “proceso revolucionario” es acabar con la política como manifestación de lo diverso. Su apuesta es por el careo, el show de cámaras en el que son expertos y que tanto endilga a la disidencia, con el plus de desarrollarlo bajo un ambiente plenamente controlado, cero incertidumbres.

Querían generar la sensación de apertura, de discusión y con ello institucionalizar la esencia del movimiento estudiantil que no es otra que la protesta abierta y creativa. Ello lo demostraron al continuar con su puesta en escena de lo que se tenía montado, con un pequeño detalle, fue un baile de tango en solitario. El esquema era obvio y sencillo: emplear la ventaja que supone el control de las variables del ambiente, a través de la transmisión de videos, imágenes en vivo del exterior del recinto con personas “del pueblo”, efusivas y extasiadas al final del debate –aunque no hubiesen escuchado nada de nada- y una buena barra apostada en el balcón del recinto entonando los respectivos “hurras revolucionarios”. Las imágenes a las que apostaba el gobierno eran las de estudiantes debatiendo, atendidos por diputados envueltos en el ropaje de la institucionalidad nacional que gusta nombrar comisiones para “procesar” las denuncias, presentar los respectivos informes más o menos en el 2021, para luego —y sin garantía de aprobación— pasar de largo hasta el 2030.

Pero eso no fue lo que pudieron transmitir en su “benevolente cadena”. Tuvieron que presentar —y de paso tragarse— las tomas de un grupin de muchachos resbaladizos al poder, quitándose la sacrosanta franela roja frente al país y luego, unos minutos más tarde, marchándose con irreverencia de un recinto donde se supone reside la representación política del pueblo venezolano. Todo esto sin nombrar a Chávez y —lo más importante— sin violar ningún precepto constitucional, ley ordinaria o norma de simple cortesía como las del buen oyente. Cierto es, se perdió una dorada oportunidad… pero para el gobierno.

Dos imágenes —camisas rojas pa’fuera y ya que terminamos apaga que nos vamos— son los mensajes duros que hoy pugnan por el protagonismo de lo que el jueves sucedió en La Asamblea. Ambas producidas por los disidentes, ambas simbólicas, sorpresivas, creativas. La estrategia de confrontación asimétrica de la que tanto se ha hablado desde el Gobierno, la sufre éste en carne propia desde que aparecieron los estudiantes en la calle. La reacción de la Presidenta de la Asamblea Nacional y del propio Presidente de La República —con pocas horas de diferencia respecto al mismo caso— no deja lugar a dudas. De hecho son tan asimétricos y desenfadados estos “niños barbudos” que cuidado si la página olvidada del discurso, donde aparece la provocadora firma de ARS publicidad y el autorecordatorio al desuso de la casaca colorada, no la dejaron “alli encimita” para que los propios medios del Estado, a fuerza de repetir y repetir el móvil fantasmal de la manipulación externa y de la conspiración, continúen posicionando ese bestial gancho al hígado del gobierno: unos jóvenes haciendo una especie de strip tease ideológico ante las cámaras del mundo y en sus propias narices con el símbolo del poder oficial, es decir, la franela roja. ¡Una pelusa!

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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