Américo Martín YO SOY CARLOS MARX

Tomo en préstamo el título de la obra dramática que, denominada de esa manera, ha escrito la magnífica dramaturga venezolana Jennys Pérez. La ocasión es propicia porque en el debate sobre el “socialismo del siglo XXI”, Roberto Hernández, ministro del Trabajo, cita al viejo pensador alemán para explicar la flamante propuesta presidencial de forjar una alianza productiva entre el gobierno y las corporaciones privadas. El socialismo, advierte Hernández, no puede cimentarse en la escasez; lo procedente entonces es desarrollar las fuerzas productivas, para lo cual se hace indispensable aliarse con las empresas privadas y —agrego yo, por pura inferencia— aceptar la lógica del mercado, que es la razón de ser de esas empresas. Marx se hubiera extrañado de una revolución socialista que partiera de la miseria y no del ímpetu de las fuerzas productivas. Cuando —según su criterio— el modo capitalista no pudiese ya contenerlas tendría que romperse para que aquellas crecieran ad infinitum. Y esa ruptura es la revolución, según consignó en su famoso Prólogo a la Crítica a la Economía Política.

Pero todos sabemos que semejante esperanza nunca fue colmada, de donde dimanan dos posibilidades: Marx tenía razón y entonces todos los socialismos históricos fueron o siguen siendo una impostura, o no la tenía y por lo tanto el socialismo puede construirse sin conexión con el desarrollo de la capacidad productiva, a la que incluso debería embridar. Me llama la atención que Hernández se coloque en la primera posición, lo que supone varias tomas de distancia y entre ellas la admisión de que en Venezuela hay escasez estructural. Dominaba en la esfera oficial la idea contraria. Los especuladores y acaparadores serían los principales responsables de que los alimentos y otros artículos no llegaran regularmente al pueblo, o que lo hicieran pero con precios cada vez más inflados. Reconoce Hernández que el sistema construido en estos años tiene un serio problema productivo que le impide avanzar hacia el socialismo. La solución sería la alianza con la burguesía dándole un lugar preeminente en la economía, como acaba de decidir el presidente Chávez.

Así llegamos a la nuez. Surgen dos tendencias que se aprecian también en el debate abierto en Cuba desde el discurso de Raúl Castro del pasado 26 de julio: o el socialismo sólo puede edificarse con una revolución productiva bajo la dirección de la burocracia revolucionaria o nacerá desde abajo, con énfasis en lo colectivo independientemente de que se eleven o no las fuerzas productivas. Los ensayos auto y cogestionarios y las empresas de producción social no han dado ni podían dar el resultado esperado.

En ausencia de lo que ahora sostienen el presidente y el ministro Hernández, la esfera colectiva se organizó sin fines de lucro y por lo tanto desaparecieron la mayoría de las cooperativas y empresas productivas y cogestionarias. Apegarse irracionalmente a lo que ostensiblemente no funciona hará crónicas la escasez y el desabastecimiento mientras se desboca el potro de la inflación. Estas dificultades podrían superarse produciendo más, de modo que se restablezca el equilibrio entre la oferta y la demanda, avance la sustitución de importaciones y la oferta interna mejore la provisión en los anaqueles.

Pienso que en el ánimo del ministro que retorna a la vieja ortodoxia, debe estar resonando el clamor despertado por la crisis alimentaria mundial. Un clamor que pide incrementar la producción, promover nuevas revoluciones verdes, atraer inversiones y ofrecer incentivos a los productores. Lo acaba de postular en Lima la V reunión de Jefes de Estado de Latinoamérica, el Caribe y la Unión Europea en su declaración final: la única salida —la única, subraya— al drama alimentario universal es producir más alimentos. ¿Y cómo hacerlo con una economía autogestionaria subsidiada? El presidente responde: con una fuerte alianza entre el gobierno y los empresarios privados, mientras más poderosos, mejor. ¿Y el socialismo? Ya veremos.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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