Alicia Freilich MANDELArnos *

Hoy, cuando es tan difícil admirar con auténtico respeto a líderes políticos —porque vaya que escasean en el mapa mundial y casi no existen a escala nacional— se necesita como respiración asistida volver a la épica biografía de Nelson Mandela, quien está cumpliendo 90 años, 27 de ellos en prisión, algunos con trabajos forzados. Su ingreso metódico y reflexivo a la vida libre para organizar la resistencia democrática contra la segregación hasta una gran victoria, su actuación ejemplar como primer presidente negro de Sudáfrica, pero sobre todo, esa vertical firmeza para no dejarse vencer por el resentimiento, nos reconcilia con la política mayor escrita en mayúsculas. De su inicial rebeldía con toques agresivos a su fija paciencia durante el aislamiento y de su dignidad personal sostenida por casi setenta años, queda una lección que todo habitante serio de la comunidad mundial debe imitar y también incorporar a su vocabulario usando su apellido en verbo activo , por el convencimiento de que la libertad como esencia y la igualdad frente a la ley configuran la justicia integral, llamada ciega, condición primaria para que el justificado resentimiento se transforme en serena , noble y tenaz energía creadora.

El abogado Mandela —quien rechaza el ojo por ojo y también ofrecer la otra mejilla— resulta heroicamente grandioso porque en su combate por los derechos humanos jamás sucumbió ante el racismo antiblanco pues entendió que el sentimiento y la acción revanchistas darían al traste con la dura y larga lucha contra el apartheid.

Cuando nuestro país recupere y modifique su sistema democrático, tendrá como primera y difícil tarea dejar que los tribunales adecuados, por lo visto internacionales, se ocupen de juzgar a cada culpable de violar criminalmente por acción, omisión o comisión, a la nacional, vigente y sagrada carta magna, llevándolos al sitio que jurídicamente les corresponde.

Hoy mismo y cerca, la reacción gestual y verbal de la rescatada Ingrid Betancourt revela hasta qué punto se “mandeló” durante el terrible cautiverio mostrando ahora un control admirable de su justificado rencor, y es casi seguro que su conducta servirá de modelo eficaz en el proceso colombiano de pacificación nacional.

Y cuando nuestra destruida sociedad venezolana rescate y modifique su sistema de libertades cívicas, cada quien tendrá que mandelarse para bloquear el impulso de la venganza emotiva, ese sacar cuentas en lo individual o colectivo, para que ”sientas lo que yo sufrí“, modelo que ha gobernado la mentalidad retaliativa de nuestro quehacer político durante siglos, tan impregnados del caudillismo en su expresión más repetida, ese quítate tú para, perfeccionando tus errores vicios, ponerme yo.

Ese día, ese tiempo nuevo “mandelado” será, sin posibilidad de retroceso, el de la democracia que dura porque madura.

* Tomado de la edición de Tal Cual de Venezuela el 12 de julio de 2008.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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