Cine LAZOS DE SANGRE

A veces la vida se convierte en un precario carrusel de feria que avanza sin cesar, dando siempre da las mismas vueltas, una y otra vez. Hasta que algo sucede. Una olvidada pieza del viejo engranaje ya no funciona y el carrusel amenaza con venirse abajo. Para evitarlo, es necesario reparar varias partes. Y seguir andando. Así es la vida de los hermanos Savage. En un momento dado deben detenerse para mirar al pasado y tratar de comprender lo que les sucede en el presente. El padre de ambos padece de demencia y debe ser recluido en un asilo de ancianos. Alguien tiene que ocuparse del viejo, aunque ninguno de los dos sea capaz de ocuparse de si mismos. Los Savage no parecen una familia. Es un grupo de seres disfuncionales marcados por la inseguridad, la neurosis y la insatisfacción. Con tales personajes la directora y guionista Tamara Jenkins ha construido La familia Savage, un film sobre las cosas importantes de la vida que se descubren de vez en cuando. Quizá sea la mejor película del reciente Festival de Cine Independiente de EEUU.

Este segunda largometraje de Jenkins posee la virtud de eludir el campo del heroismo de las historias extraordinarias para dedicarse a comprender y expresar a personajes de la cotidianidad, a través de un guión minucioso que explora emociones y esperanzas. Por eso comienza con una escena donde un grupo de ancianos bailan —en una extraña coreografía que tiene mucho de surreal— en una muy soleada urbanización de una también muy soleada ciudad llamada —¿de qué otra manera?— Sun City, en pleno desierto de Arizona. Ancianos que bailan, practican golf y hace vida social al compás de I’m in Heaven. Todos parecen estar en el cielo pero la realidad suele ser más brutal. En la ciudad de Nueva York —con muy poco sol— Wendy Savage, una trabajadora de tiempo parcial, utiliza subrepticiamente los recursos de la oficina que la ha contratado para enviar su obra de teatro a distintas fundaciones culturales para obtener una beca. Vive sola con su gato y un ficus y de vez en cuando se deja visitar sexualmente por un vecino casado. En Buffalo, en el mismo estado de Nueva York, Jon Savage es profesor universitario de drama y literatura e intenta escribir un ensayo sobre Bertoldt Brecht, de quien parece tomar prestado el método del distanciamiento para no concretar su compromiso con la novia polaca que abandona EEUU pues su visa se ha vencido. Solitarios y fracasados, los hermanos Savage viven la crisis de la edad mediana.

Jon y Wendy configuran una extraña relación pocas veces presentada en el cine: dos hermanos, varón y hembra, que no pueden relacionarse en el presente pero comparten un pasado en el que la madre abandona a la familia y el padre se hace cargo de la educación de los chicos de una forma dura y cruel. Ninguno quiere vivir con los otros pero todos tienen que hacerlo. Esos lazos familiares afloran desde el olvido y les ofrece una nueva oportunidad para reparar las piezas gastadas de sus respectivos carruseles. Esta especie de Hansel y Gretel urbana y contemporáneamente dura permite a la directora hurgar en el alma de sus dos tristes personajes para extraerles nuevas emociones y nuevas posibilidades de reconstruir sus vidas. Lo hace desde una perspectiva que contrasta el drama de sus vidas con el humor negro que se desprende de sus diálogos. Tal vez por ello La familia Savage no termina siendo una película triste como sus personajes sino esperanzadora como la idea misma de superar los miedos íntimos.

La selección de Laura Linney y Philp Symour Hoffman no pudo ser mejor. Dos intérpretes de calibre que evaden los clichés y construyen desde adentro a estos dos hermanos condenados a rescatarse. Cada mirada y cada lágrima, cada sonrisa y cada grito, son elementos expresivos que dibujan la evolución de unos personajes necesariamente complejos y a ratos contradictorios. Sobre todo porque ambos están vinculados con el teatro, la creación y el manejo de conceptos artísticos mientras pretenden apartarse de la realidad sin esperanza alguna. Con este segundo largometraje, la señora Jenkins se convierte en una realizadora importante en el panorama creativo de su país.

LA FAMILIA SAVAGE («The Savages»), EEUU, 2007. Dirección y guión: Tamara Jenkins. Producción: Ted Hope, Anne Carey y Erica Westheimer. Fotografía: Mott Hupfel. Montaje: Brian A. Kates. Música: Stephen Trask. Elenco: Laura Linney, Philip Seymour Hoffman, Philip Bosco, Cara Seymour, Peter Friedman, Gbenga Akinnagbe, Tonye Patano, Guy Boyd , David Zayas, Debra Monk. Distribución: Cines Unidos.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
Esta entrada fue publicada en 1 y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s