Héctor Concari DON LUIS BUÑUEL, 25 AÑOS

Hace 25 años murió Luis Buñuel, dejando tras de sí una retahíla de obras maestras, dramones imposibles, musicales de pésimo gusto y más de una adaptación literaria memorable, entre ellas Robinson Crusoe y Cumbres Borrascosas. Más importante— a pesar de los corsés de la producción— es que el maestro se las ingeniaba para inyectar, aun en las producciones más adocenadas, un toque de ese genio que en la primera y última etapas de su obra deslumbraría a seguidores y enfurecería a sus detractores. Tan apasionante como su obra es la peripecia de su vida y el empeño en volver una y otra vez al cine, esa pasión que había descubierto en su juventud, de la mano de la bohemia parisina, la vanguardia y el surrealismo.

Había nacido en Calanda, Aragón, y el retumbar de sus tambores invadiría en más de una ocasión sus bandas sonoras. Recibió educación de los jesuitas —esos rigurosos fabricantes de herejes— y estudió entomología antes de entrar en contacto con lo mejor de la inteligencia española de la época —García Lorca, Dalí— y luego dejarse envolver por la furia parisina de los surrealistas. Inspirado en ellos realizó sus dos primeros filmes, provocadores como una pedrada.

Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930). Las películas hilvanaban imágenes furibundas, inexplicables, que buscaban liberar la creatividad inmanente del hombre y que, por el camino, se llevaban por delante todas las ataduras morales, religiosas, de buenas costumbres, que les impedían realizarse. El precio fue caro, las películas fueron rigurosamente prohibidas por la censura de la época y don Luis comenzó una larga travesía en el desierto que lo llevaría a la España de la guerra civil (donde realizaría un documental memorable sobre Las Hurdes, la región más pobre de España) y luego, sin suerte, Estados Unidos. Finalmente recalaría en México, donde para fortuna de él y del cine, encontraría su espacio. Lenta, pacientemente el artesano se afianzó en medio de musicales imposibles (Gran Casino, con Libertad Lamarque) o dramas del tipo Una Mujer sin amor, hasta que en 1950 logra rodar un drama sobre la niñez abandonada que haría historia: Los olvidados. El film se llevó la Palma de Oro de Cannes, e hizo recordar a más de un memorioso que un joven iracundo llamado Luis Buñuel había filmado dos obras subversivas veintidós años antes. Mejor aún, más de uno descubrió los destellos surreales que habitaban el realismo falso de esa Ciudad de México poblada de mendigos ciegos y furibundos y perros que se escapaban con el alma de las personas.

A los cincuenta años, Buñuel retomaba su mejor camino y seguiría dinamitando convenciones con falsos dramas costumbristas que escondían a un mago de la ironía negra. Tanto va el cántaro a la fuente que el franquismo se atrevió a dejarlo filmar un drama religioso llamado Viridiana, que se llevaría la Palma de Oro de Cannes para gloria del Caudillo. Una gloria efímera: La película era un criminal atentado contra la Iglesia, la pacatería, la religiosidad y un cierto tipo de caridad y sería execrada por el Vaticano en un golpe maestro de propaganda y un autogol de la censura de Franco. Su mejor etapa comenzaba. En los siguientes quince años, Buñuel realizó la serie más apasionante de viñetas, historias truncas, personajes deformes que esquivaban toda categorización y que hacían delirar a sus seguidores en tanto que un Buñuel, cada vez más esquivo y más sordo se reía de sus bromas.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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