Teatro UNA CRISIS MASCULINA

Un piano, tres mesas con velas, un ambiente de bar. Asistimos a la hora del balance vital, cuando se definen los activos y los pasivos de una trayectoria, cuando el contador no puede ser sobornado y se llega el ajuste de cuentas consigo mismo. Eso es lo que hace Marco Antonio, un cincuentón caraqueño de clase media que recoge los pedazos que quedaron del impacto afectivo del divorcio y sus derivados. Se despoja de sus escudos y armaduras al amparo de un whisky de 18 años y de una atmósfera musical que le permite atrapar los recuerdos que no está dispuesto a perder. Así es Nosotros que nos quisimos tanto, nueva puesta de Armando Gotta del texto de Mariela Romero que Gustavo Rodríguez se ha apropiado sin discusión alguna. Duro impacto.

No podemos decir que se trata de un monólogo o de un unipersonal, pues Marco Antonio no está solo en el bar. Ese hombre establece un diálogo con la dueña del sitio y el pianista, quienes evocan otros tiempos cantando y tocando viejos temas del cancionero popular latinoamericano que no excluye piezas norteamericanas y francesas. Sobre todo, es un diálogo entre ese individuo con su alter ego a través de la música. Este profesor universitario que busca su homologación y aguarda impaciente su jubilación, que hace rato perdió la ilusión de cambiar el mundo y que dice haber estado en las trincheras del Mayo Francés —aunque todos sepamos que es mentira— es el mismo que conoció a su futura esposa en Londres, cuando eran becarios de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho en los muy petroleros tiempos del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Es un hombre en crisis, cuyos valores han sucumbido bajo los encantos de una muchachita de veinte años con la vana ilusión de detener el tiempo. Es un cuadro humano que se resquebraja entre whisky y whisky y entre canción y canción. Es un individuo sumido en un contexto social que no puede huir de ciertos estereotipos de la conducta masculina. Eso que llamamos machismo.

Montada hace ya unos buenos años, Nosotros que nos quisimos tanto mantiene su vigencia como lamento del macho latinoamericano, adúltero y cornudo a la vez, que prefiere vivir en una representación de la realidad más que en la realidad misma. A la hora de su estreno, la pieza se contextualizaba en una etapa crítica de la democracia venezolana y establecía cierto paralelismo entre un individuo y su entorno social y político. La crisis personal de Marco Antonio era tan válida como ahora, una década después. Si bien expresaba entonces el fracaso parcial de una generación, hoy se torna más vigente como drama íntimo que se vive en un periodo conflictivo e insatisfactorio desde el punto de vuista colectivo. Esta dimensión no se puede perder de vista en la apreciación del llanto de un hombre con mucho pasado, poco presente y escaso futuro. La metáfora no puede estar más clara.

La puesta en escena de Gotta semeja —mas no lo es— un café teatro, con su atmósfera solitaria y nostálgica que propicia los recuerdos y deja fluir las reflexiones íntimas. Tal vez en los primeros minutos el piano de Edgar Macedo se impone sobre los diálogos de Gustavo Rodríguez. La iluminación y los elementos escenográficos no cambian y se limitan a proponer un ambiente en el que se establece el desarrollo dramático de Marco Antonio. Del hombre respetable a la piltrafa afectiva, de la grata camaradería a la furia posesiva, de la certeza de un pasado a la angustia de la incertidumbre, el registro emocional es muy amplio e incluso contradictorio, como suele ser este tipo de personajes. Rodríguez posee el don de la transformación y recorre ese vasto territorio afectivo con precisión y dominio. Se dice que Mariela Romero escribió esta obra para que Rodríguez la interpretara. Lo cierto es que el actor logra comunicar una intimidad que a ratos de burla de sí mismo —la gente que abandonó el Teatro Universitario— y del contexto político actual. Pero sobre todo se apiada de Marco Antonio, lo expone de una forma amable, sin condenarlo ni pretender moraleja alguna.

En el entorno de este personaje aparecen la anónima dueña del bar —muy bolerísticamente interpretada por Gisela Guédez y su exquisita voz— y el pianista también anónimo que establece una contrapunteo con el hombre que confiesa sus penas. En este sentido, la selección musical que hizo Chuchito Sanoja se articula de manera armónica con la médula de la pieza de Romero y contribuye eficazmente a que el clima de desolación sea tan redondo y convincente.

NOSOTROS QUE NOS QUISIMOS TANTO, de Mariela Romero. Dirección: Armando Gotta. Elenco: Gustavo Rodríguez, con la voz de Elba Escobar. Arreglos musicales: Chuchito Sanoja. Con la participación de Gisela Guédez en las canciones y de Edgar Macedo en el piano. Ateneo de Caracas, Sala de Conciertos. Jueves, viernes y sábado a las 8:00 p.m. Domingo a las 6:00 p.m.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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