Alberto Rodríguez Barrera RÓMULO Y LA PATRIA GRANDE ILUMINADA

Cuando nos preguntamos por qué iban siendo difíciles los primeros años de la democracia existe la tendencia a deformar los hechos, más aún cuando son condimentados por los extraños intereses «ultrosos». Aquí cabe recordar que a través de todo nuestro proceso histórico hubo un constante batallar: la lucha de los venezolanos por elegir a sus gobiernos, por escoger a sus mandatarios, por lograr que esos mandatarios estuviesen sometidos al control del Congreso, y que no actuaran de acuerdo con el capricho de su voluntad omnímoda, sino ajustándose a normas legales. Este objetivo fue interrumpido después de elegirse y derrocarse a Rómulo Gallegos en 1948, creando el paréntesis totalitario que concluyó en 1958, año en que el ejercicio de soberanía, realizado por el pueblo de Venezuela, permitió escoger nuevamente al Presidente de la República, a los diputados, a los senadores y a los miembros de las asambleas legislativas y de los concejos municipales. El régimen constitucional quedó así finalmente asentado sobre bases democráticas.

Sin embargo y pese al Pacto de Punto Fijo, que se comprometió a crear un Gobierno de Coalición con los partidos que obtuvieron el 92% de los votos, el régimen constitucional estaba acechado por dos fuerzas que representan posiciones opuestas: la fuerza de la extrema derecha, nostalgiosa de los días en que un dictador y su camarilla se enriquecían desaforadamente a costa del patrimonio colectivo; y del otro lado, los de la extrema izquierda, quienes pretendían que en vez del régimen de derecho que buscamos y nos dimos los venezolanos, del régimen representativo que nos dimos los venezolanos, se estableciera en Venezuela un sistema de gobierno de tipo totalitario, similar a los que existían en Rusia y en Cuba.

En 1960, Venezuela vivía una realidad intrincada, una época llena de luchas sociales, de aprietos y conflictos, en cuya superación fue importante la veteranía política y la dimensión de líder del Presidente Rómulo Betancourt. No era un improvisado circunstancial. Llevaba la política en la sangre. Al fracasar la revuelta antigomecista en 1928 fue a su primer exilio, que duró seis años, hasta la muerte de Gómez. Creó el Plan de Barranquilla junto a un grupo de venezolanos insignes, luego ARDI, ORVE, PDN y Acción Democrática. Tenía más de 30 años de luchas buscando imponer la democracia en Venezuela. Vivió siempre modestamente, y como dijo Juan Bautista Rojas en su libro «Los Adecos»:

«Rómulo Betancourt es un hombre devorado por el vicio de las ideas y de los libros, quizás más fuerte en él que la pasión de mandar. Con la lectura mata el insomnio. Todavía en la madrugada está leyendo ensayos, biografías, teatro, novelas, filosofía e historia… Hablar y escribir sobre RB es como escribir y narrar la historia de Acción Democrática, de sus luchas, triunfos, y fracasos políticos. También es como introducirnos en la vida íntima, personal, de Venezuela en los últimos cuarenta años, en sus ideas políticas, en sus doctrinas, programas, partidos, hombres e instituciones».

Y amenazada como estaba la Venezuela democrática que afincaba sus pasos en la justicia social, la posición del Gobierno estaba muy definida: se defendería a la democracia con energía. Tal lo hizo con el intento de golpe derechista patrocinado por el dictador «Chapita» Trujillo y las viudas del perezjimenismo. Y ante los vergonzosos motines de Caracas realizados a finales de 1960, escenificados no por el pueblo de Caracas, sino por comandos bien organizados de los partidos extremistas cebados por Fidel Castro, la actitud del Gobierno fue igualmente enérgica y firme.

Betancourt mandó a detener en todo el territorio nacional a los líderes del Partido Comunista y del MIR, preparando a nombre del Estado venezolano una acusación ante los tribunales de justicia contra los líderes del extremismo ultraizquierdista, acusándolos del delito de pretender subvertir el orden público y de haber realizado actos agresivos y vandálicos contra personas y propiedades. Mantendría las garantías parcialmente suspendidas sin que significara una patente de corso para que las autoridades policiales pudiesen cometer atropellos y «hasta que en Venezuela se logre un clima de paz y de tranquilidad colectivas». Aclaró:

«Un gobierno por mí presidido, después de haber dedicado treinta años de mi vida a luchar por el establecimiento de un régimen permanente de libertades públicas en Venezuela, no es ni será jamás un gobierno en el cual se atropelle a la gente laboriosa y pacífica. Tampoco significará la suspensión de garantías un riesgo de que los sectores peor dotados económicamente sean explotados. Los contratos colectivos vigentes serán cumplidos. Las aspiraciones legítimas de los trabajadores de la ciudad y del campo, serán satisfechas de acuerdo con las disposiciones de la Ley del Trabajo. El Gobierno continuará procurando una mejor distribución de la riqueza nacional, para que terminen los insondables abismos entre minorías muy millonarias y mayorías muy empobrecidas; pero todo ello se hará dentro de los cauces de la ley».

Para Rómulo estaba claro que las dictaduras (de Venezuela y de países como Colombia, Perú, Argentina) incubaban extremismos, porque durante su vigencia no es posible la educación colectiva en las ideas y en los procedimientos del régimen democrático. Sabía también que donde se había vivido la dura prueba de largas dictaduras y se había entrado en democracia, enfrentar a los extremismos no era obstáculo que impidiera la realización de obras de utilidad pública en todo el territorio. Baste con decir que al Gobierno de Coalición se le acusaba de «inmovilista», obviando la intensa labor que se ejecutaba en el país, pero por ninguna parte apareció la acusación de prevaricadores ni de aprovechadores del erario, porque imponer la democracia implica vivir en casas de cristal, dejando ver cómo se maneja la hacienda pública.

En los mismos días en que se frenaba la insurrección ultraizquierdista se detuvieron a numerosos funcionarios de la Contraloría General de la Nación y del Ministerio de Obras Públicas, quienes también fueron entregados a los tribunales de justicia porque estaban realizando manejos ilícitos y lesionadores de la hacienda pública. Rómulo celebró el hecho:

«Así se ha procedido y así se seguirá procediendo. He dicho, y quiero repetirlo a los venezolanos, que yo goberné por tres años y no robé; que voy a gobernar por cinco años y que no robaré; pero tampoco voy a tolerar que nadie, al amparo de un gobierno por mí presidido, pueda ser un prevaricador, un usufructuario de porcentajes, un traficante de influencias… Este es un gobierno de manos limpias, pero es también un gobierno de obra hecha y de obra en marcha no sólo centrada en las pocas poblaciones del país con mayor número de habitantes, sino de obra dispersa en el ámbito de la República, de un extremo a otro de Venezuela».

En este sentido, Betancourt continuó sus visitas al interior del país, como la realizada a Maturín, Estado Monagas, a principios de diciembre de 1960, persistiendo «en el viejo problema» de crear, al lado de la economía petrolera, una «economía natural», agrícola y ganadera, y una economía industrial, que le diese asidero perdurable a la nación. Para ello, la dificultad básica era la falta de recursos crediticios, porque la Banca privada no daba facilidades para el desarrollo económico y porque en los largos años de la última tiranía se invertían los dineros públicos en obras espectaculares, para regocijo del ojo transeúnte del turista y para enriquecimiento ilícito de los capitostes del régimen, y sólo en muy pocos casos en obras de utilidad colectiva. Los criadores y los agricultores eran los más afectados. Durante los dos últimos años de la dictadura, en Monagas se dieron créditos por poco más de 3 millones de bolívares; 13 millones durante 1958, y pasó a 25 millones en 1959. Los créditos se extendían más allá de lo pecuario y agrícola. La construcción de viviendas por vía del Banco Obrero se complementaba con la entrega de materiales y créditos para la autoconstrucción. En cuanto a industrias, para 1960 estábamos en capacidad de autoabastecernos de azúcar, que se dejó de importar.

Monagas presenciaba la construcción de acueductos, la multiplicación de centros asistenciales, la instalación de medicaturas rurales y puestos de salud, la construcción del Hospital de Maturín, la Escuela Normal, la Escuela Técnica Industrial, la capacitación masiva de mano de obra por el INCE, la puesta en funcionamiento de casi 400 centros de alfabetización, 16 escuelas graduadas, 122 escuelas unitarias, 18 edificaciones escolares, 12 comedores escolares, 1 escuela de comercio, 1 escuela granja, 3 núcleos rurales, 50 escuelas unitarias rurales, la descentralización de la Universidad de Oriente creando en Monagas las Escuelas de Ingeniería del Petróleo, Agronomía, Veterinaria y Zootecnia, y también aquí la región se cruzaba de carreteras y vías rurales. En Maturín, Rómulo insistía en su prédica pedagógica:

«Hemos heredado una economía desarticulada. Pero llegaré (a Caracas) con nuevo ímpetu, con nuevo entusiasmo, con mayor decisión para seguirle diciendo a los venezolanos que sólo estamos atravesando dificultades transitorias en el erario público, que aun con esas dificultades transitorias nuestro presupuesto anual de gastos es más alto que el de Colombia, cuya población (14 millones) duplica a la nuestra. Estamos en capacidad y condiciones para forjar un gran país, porque disponemos de riquezas naturales extraordinarias, porque disponemos de hombres de empresa agresivos, porque disponemos en la ciudad y en el campo de trabajadores laboriosos y esforzados…»

Seis días después de las palabras anteriores, con motivo de la conmemoración del sesquicentenario de la independencia nacional, el 13 de diciembre de 1960, Betancourt presentaba con su introducción escrita la «Colección del Pensamiento Político Venezolano del Siglo XIX», lo cual nos permite adentrarnos en la objetividad de «el político venezolano cuya obra ha tenido la mayor proyección histórica en el siglo veinte» y que es «fuerza fundamental en el proceso de consolidación del sistema democrático venezolana». Escribió Rómulo:

«La gente contemplativa juzga que la historia es bruñido espejo donde el arte logra reflejar el pasado. Los eticistas ven en ella la incomparable maestra de la vida, la dama empolvada y regañona que aspira a lograr que los errores no se reiteren con la desesperante periodicidad que señalan los críticos. Los más creen que ella es un camino. Ese camino que los hombres vamos construyendo todos los días entre tropiezos y aciertos; el camino que une el ayer remoto de los días en que se proclamó la independencia y se sucedieron los hechos asombrosos de la guerra magna y esa mañana que ha de ver a la patria libre de toda ingerencia extraña; una Venezuela propia, nuestra, por la cual hemos venido luchando con insobornable tenacidad.

«A siglo y medio de la fecha inicial de la República se impone la revisión de nuestra historia, porque ello contribuye a esclarecer ciertas metas u objetivos primordiales que aspira conquistar nuestra colectividad. Esta revisión ha de llevarse a cabo con meridiana claridad y sobre la obra que realizaron los representativos. Aquí, como en casi todas nuestras cosas, encontramos una flagrante contradicción: al lado de los grandes maestros, el escalofriante porcentaje de los iletrados, aquella abandonada masa de analfabetos rumiando su ignorancia entre el desamparo y la miseria.

«Los padres de la patria no se propusieron signar en los mapas parcelamientos nacionales, cerrados lotes para el regodeo de caudillos y de castas. Quisieron, ante todo, forjar una conciencia republicana, un sentimiento democrático, fórmulas de convivencia que hicieran posible las contradicciones que encierra la lucha política. Esa conciencia, ese sentimiento, ese espíritu de convivencia procuraron afirmarlo pedagógicamente en la obra escrita que muchos de ellos legaron. Una obra en cierto modo dispersa, ya que muchos de los trabajos quedaron como perdidos en viejas colecciones periodísticas que hoy se rescatan.

«Reunir esa obra es una empresa de la cual se pueden derivar fecundas consecuencias doctrinarias y filosóficas. No se reúne o reedita por simple afán publicitario. Así como el pensamiento no puede ser mantenido en los anaqueles de las bibliotecas, tampoco puede ser objeto de propósitos exhibicionistas. El se expande por su misma fuerza eclosiva y modificándose continuamente como en los ríos de la filosofía heracliteana, sin dejar de ser el mismo pensamiento, está en un continuado e ininterrumpido fluir.

«Hay un rico filón de filosofía política, casi desconocido, en los autores venezolanos del siglo XIX que se inician en el debate doctrinario al cancelarse la sangrienta etapa de la guerra de independencia. Es un caudal de pensamiento que no podemos dejar que se arremanse en un plácido estanque para disfrute de alquimistas adocenados. Más bien ha de ser estudiado con cuidado, analizado con detenimiento. Pensamientos que en ciertos aspectos aún pueden crecer como las viejas ramazones de los samanes aragüeños. Eso no implica la resurrección de formas obsoletas. Al pasado lo encierra el tiempo y lo inhuma para siempre. La herencia del pasado vive o pervive cuando se transforma, cuando se modifica. El reloj de la historia señala horas que ni permanecen ni retornan.

«En la constante transformación de la herencia cultural reside el valor de nuestros pensadores, bien caracterizados en ese colonial Baltazar de los Reyes Marrero que rompe en nuestra Universidad Central la coyunda aristotélica, el frío muro escolástico, para darle alas al pensamiento criollo, que ensayará sus primeros y más audaces vuelos en 1810 y 1811. Aquellos pensadores nuestros de la decimonona centuria auscultaron instantes decisivos en la formulación del carácter nacional y consignaron sus diagnósticos para que nosotros cribáramos una realidad a lo largo del tiempo. En el cuenco de los surcos que áridos camellones formaron en la arrugada piel de la tierra, esos venezolanos dejaron caer simientes promisorias cuyos frutos vamos hoy recogiendo. Como en el caso del sembrador desconocido de la parábola del maestro Gallegos, la simiente que cayó al ocaso maduró por obra del tiempo en imprevisible cosecha.

«También encontramos toda una colección de frustraciones en esa obra lograda ayer por quienes calladamente laboraron en medio de dolor de la patria debilitada por el infecundo y apasionado trajín de las montoneras desorbitadas…

«Con la misma indestructible fe venezolana de siempre, con aquella que se formó en el marco de una Venezuela sujeta al freno de ominosas dictaduras, pero firme y leal al concepto democrático de quienes hicieron la patria en la gesta heroica; con la misma indeclinable fe venezolana que se acendró en horas de exilio, cuando poníamos nuestra confianza en la sostenida voluntad venezolana de no perder su destino ni su vocación continental, ofrezco a mis compatriotas en esta colección el mensaje de una Venezuela que fue y aún es testimonio objetivo de cómo sintió el dolor y la esperanza de nuestra tierra un grupo de hombres que, a través de sus luchas y de sus agonías, nunca perdió la visión de la patria grande que iluminó la obra de los libertadores.»

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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