Naibet Soto PONGAMOS QUE HABLO DE MÍ

“…Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir…”

Pongamos que hablo de Madrid

Joaquin Sabina

Corría septiembre del 72 y tras devolver un delicioso hervido de gallina, Noris Teresa dudaba que su conclusión fuese errada, por lo que salió directo al laboratorio más cercano y luego de retirar el resultado, hizo cita con el Dr. Rasquin. Los Soto Parra estaban encaminados: catorce años de matrimonio, apartamento propio, empleos estables y un par de hijos sanos. El primogénito, en tercer grado y una nena simpatiquísima, estrenando ese recurso que luego se popularizaría: la guardería.

Siete meses después, tres días antes de las fiestas patronales de Elorza, a la 1:05 p.m., a escasas cuadras de donde nació “El Libertador”, mi mamá repitió la hazaña de parir una niña de 54 centímetros con tres kilos y medio de peso. Una venezolana, criollous purus, pues mis antepasados españoles sólo se sumaron al mestizaje que tanto adoro de esta tierra. Signaron mi vida con otra práctica que –desafortunadamente- también se extendería: mezclar nombres de familiares para nombrar a un tercero de modo original, luego pues, no tengo santoral y es difícil que intuitivamente alguien escriba bien mi nombre. Desde hace mucho tiempo, son más las personas que me conocen por mi apodo –Naky– que por mi nombre.

La vida para la chiquita –o chiquito, el género es lo de menos– de una familia, es tan divertida como compleja: siempre hay alguien que te ordena, siempre alguien que te consiente. Conmigo descubrieron que la vergüenza de mi abuela Julia era verde y se la comieron los chivos, por todas las maromas que fue capaz de realizar con tal de verme sonreír. Zenaida, mi nana, no fue cosa diferente y hasta el sol de hoy no me dice qué hay para comer sino que me pregunta qué quiero. Imité hasta el cansancio las prácticas de mis hermanos y aprendí que mis llantos se atendían con celeridad.

Estimo que eso –y muchas otras cosas– estimularon mi estudio selectivo: fenomenal para las letras, pésima para la matemática, de paso, sin ningún interés por equilibrar estas aptitudes. No hubo boleta en la que mi maestra de turno no apuntase: “Naibet debe hablar menos en clase”, por lo que mis padres se inventaron un buen incentivo: la selección de un cuento en la juguetería de confianza, si mi boleta no traía ese reproche. Comencé a callar -pero en casa- mientras leía y cumplía encargos:

– Lee mucho y bien, mira que esta noche te toca dormirnos en la cama.

Voces, gestos, tempos, ritmos, morisquetas, hasta posturas me inventaba para hacer distingo de mis personajes, y aunque nunca me resultaron convincentes los ronquidos de mi papá, regularmente salía de su cuarto henchida de orgullo por la misión cumplida. Tardé un tiempo en darme cuenta de que la fórmula era al revés, padres que leían a sus hijos, pero ya todo estaba dicho, literalmente.

Trece años –desde pre kinder hasta 5to año- custodiaron las Hermanitas de los pobres mi formación, entre decenas de matas de mango, pomarrosas, cayenas y hasta pinos, así que rezo desde muy pequeña, varias veces como castigo al descubrimiento que de mí hacía alguna autoridad, encaramada sobre un árbol cuyos peligros —por altitud e ingesta excesiva de fruta— eran notorios. Me criaron bajo el designio del estudio y de los cuentos que me regalaron; pocos –por no decir ninguno- hablaban de príncipes, tanto menos azules: debe ser por eso que a Luis Carlos lo conocí entre las escaleras de una biblioteca, hablando de ong’s locales, tomando jugo de durazno, mientras el cielo se preparaba para el “Cordonazo de San Francisco”.

Trabajo con gente, formo gente; hablo mucho, leo más y escribo, entonces la vida se me hace bonita con estas cosas tan básicas, mezcladas para retarme intelectualmente. Nahir es, más que mi hermana, mi mejor amiga. Me gusta cocinar y lavar platos me relaja. Sostengo la firme creencia de que antes los crímenes se pagaban planchando ropa y no con presidio. Tomo el café negro sin azúcar. Hablo con las matas porque creo que eso estimula su crecimiento. Me encantan los colores vivos. Conversar con mi papá es siempre más determinante que leer cualquier columna de opinión en prensa. Me depilo con cera caliente y me duele. Soy diestra. Hice natación y eso ensanchó mi espalda para siempre. Adoro el chocolate, me gustan los juguetes y las caricaturas con contenido. Mis cuñados son fantásticos y agradezco mucho que mi familia haya crecido con ellos. Celo mi biblioteca más que a mi pareja. ¡Mi primer sobrino nacerá en diciembre y no quepo de tanta alegría y expectación! Me gusta bailar; el maltrato me crispa y no tolero a los intolerantes.

No me gusta madrugar, del agua clara que se sirvan otros. Soy una pasionaria, más terca que ala de sombrero viejo, o amo lo que debo hacer o no lo hago. Por amigos tengo a unos hermanos de vida, y sus presencias –así sean digitales-, me recuerdan que la vida ha sido generosa conmigo. Al fotografiar, privilegio los rostros. Ya perdí la cuenta de la fecha de mi primera dieta, pero flaca, lo que se dice flaca, jamás he sido. Nunca he gritado en un concierto y los aeropuertos me ponen de mal humor. He dejado de fumar como diez veces. Como frutas a diario, aprecio el papel al leer y en las gavetas de mi oficina tengo prácticamente un hogar. Soy una optimista compulsiva, una mujer amada, curiosamente tímida, que no lee horóscopos ni se maquilla con frecuencia; no sé que sería de mí sin jeans, zapatos de goma y los suéteres que regularmente uso amarrados a la cadera. El mar es mi elemento: allí voy cuando quiero que mis cargas se acoplen o potencien.

Creo en la ternura, en el poder de un abrazo, en el sosiego de una risa. Hablo, leo y escribo. Amo.

*http://zaperoqueando.blogspot.com

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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