Cine CAMINO A LA PERDICIÓN

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Leonardo Di Caprio y Kate Winslet representan un drama familiar

Con tan sólo cuatro largometrajes, el inglés Sam Mendes ha labrado una presencia muy particular en el panorama del cine contemporáneo. Tras haberse destacado como uno de los mejores directores de teatro del Reino Unido, incluidas sus puestas en escenas para la Real Compañía Shakespeare, debutó en el cine con American Beauty (1999), producción norteamericana independiente que alcanzó un Oscar como mejor película y otro Oscar como mejor director. Aquella mirada terrible a la cotidianidad de una familia clase media acomodada tuvo la particularidad de haber sido narrada desde la perspectiva de un muerto, quien desde el más allá contaba las vicisitudes de su esposa, sus hijos, sus vecinos. Después vinieron Camino a Perdición (2002), con el gran Paul Newman, y Jarhead (2005), sobre el drama de la guerra, hasta llegar a Sólo un sueño (“Revolutionary Road”) que le permite retornar al cine “familiar” de una forma desconcertante. Una pareja joven, en 1955, lleva la típica vida de un suburbio de Connecticut. Frank y April Wheeler parecen el matrimonio perfecto, viven en una casa hermosa, tienen un par de niños bellos y todo parece estable. Pero no son felices. Él odia su trabajo en Nueva York, pero no se atreve a abandonarlo por razones económicas. Ella ha renunciado a construir una trayectoria como actriz, la carrera que estudió en la universidad. De pronto, surge el sueño de irse a vivir a París, donde podrán vivir haciendo lo que quieren. Sólo un sueño.

Mendes sabe maneja el edificio dramático de su historia. Parte de la remembranza de una noche no muy lejana —cuando Frank y April se conocen y salta al momento en que ambos ya casados se mudan a la coqueta casa de Revolutionary Road, un barrio hermoso donde todo armoniza pero nada es lo que parece, como en American Beauty. Una pareja joven que sueña con dejarlo todo y llevarse a sus hijos a probar suerte en aquel París que florecía tras la posguerra. Que todos sus amigos y vecinos piensen que están locos constituye un giro dramático que ubica claramente el conflicto. ¿Qué es más importante? ¿Lo que quiero hacer o lo que los demás esperan que yo haga? No es casual que la única persona que les da la razón es Howard, el hijo enajenado de los Givings, sus atentos vecinos. Howard se convierte en una forma de conciencia que marca la pauta de la “enajenación aceptada”. Cada vez que lo escuchan, los Wheeler identifican los riesgos de acomodarse a la cotidianidad. La certeza de un nuevo embarazo es el elemento clave del guión que altera los planes de la pareja. Frank duda del viaje a París con un tercer hijo. April se aterra ante la posibilidad de seguir viviendo una existencia mediocre en un suburbio acomodado. El sueño se convierte en pesadilla.

El pasado teatral de Mendes no escapa de la realización de Sólo un sueño. El uso de planos generales muestran a un Frank Wheeler vestido de forma idéntica a miles de hombres como él que abandonan el tren que todos los días los  lleva de Connecticut a Manhattan, a trabajar en oficinas donde entregan sus horas y sus vidas sin involucrarse realmente con lo que hacen. Pero Mendes lo establece de una forma muy elegante y muy visual, casi sin palabras. Permite que los personajes se desarrollen, manifiesten sus insatisfacciones, transgredan sus propios límites afectivos y sexuales y establezcan nuevos registros emocionales. Lo que plantea esta adaptación de la novela de Richard Yates es que lo convencional poco tiene que ver con la esencia de dos seres humanos inteligentes y sensibles. No en balde, a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, la sociedad norteamericana fue generando un cuestionamiento del American way of life que una década después albergaría una revolución de costumbres y actitudes.

La inglesa Kate Winslet y el norteamericano Leonardo Di Caprio han evolucionado de manera firme desde que hace 11 años protagonizaran la celebérrima Titanic bajo las órdenes de James Cameron. Se aprecia la madurez interpretativa, la comprensión de sus personajes y la capacidad de expresar el conflicto que los arrastra. Especialmente porque Sólo un sueño es un drama implacable, sin salidas felices ni fáciles. En este sentido, el trabajo interpretativo es concentrado y sostenido, muy bien elaborado, con el respaldo en la línea secundaria de Michael Shannon, Kathy Bates, Richard Easton, Kathryn Hahn y David Harbour. La fotografía del británico Roger Deakins es esencial para comprender la evolución de los personajes.

Al final tenemos un drama formidable, con un final contundente y definitivo, sin cortapisas, muy a lo Shakespeare, que recoloca a Mendes en el ámbito de los directores más polémicos de la producción actual, aunque su película no posea la espectacularidad de otras en esta competencia tras el Oscar. Sólo un sueño no es espectacular. Es sólo buen cine. Come il faut.

SÓLO UN SUEÑO (”Revolutionary Road”), Estados Unidos y Reino Unido, 2008. Dirección: Sam Mendes. Guión: Justin Haythe, basado en la novela homónima de Richard Yates. Producción: Sam Mendes, Scott Rudin, Bobby Cohen, John Hart. Diseño de producción: Kristi Zea. Dirección de arte: Theresa Carriker-Thayer. Fotografía: Roger Deakins. Montaje: Tariq Anwar. Música: Thomas Newman. Elenco: Kate Winslet, Leonardo Di Caprio, Michael Shannon, Kathy Bates, Richard Easton, Kathryn Hahn y David Harbour. Distribución: Cines Unidos.

 

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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3 respuestas a Cine CAMINO A LA PERDICIÓN

  1. Yajbaria López Bermúdez dijo:

    Me gustó la película aún cuando al principio me pareció un poco lenta, en Belleza Americana estaba plasmada de manera más explicita las inconformidades y las soledades de los seres humanos. Estoy de acuerdo con que los protagonistas han avanzado y aprendido muchísimo desde titanic para acá.

  2. orlando albornoz dijo:

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  3. En el caso del filme de Mendes, que de paso, es muy teatral, el atrabajo actoral es de maravilla. Los personajes, que aun uno conoce tan a menudo ya que ha visto tantas veces a de Caprio y o la joven que lo acompañó en Titanic, Mendes logra sacarle elementos que hacen esa vida teatral convertirse en un filme que parece ser mas que la realidad.
    – La música, a pesar de que es muy parecida a la de Philip Glass, que parece haber invadido el cine, funciona de una manera muy efectiva, pues crea la sensación de círculo viciado de la cual, incluyendo los personajes, no pueden salir. Además de esa música efectista que logra el efecto de que el espectador se sienta “encerrado”, hay varias piezas del común, música latina, y de los 50 gringas, que introducen elementos de realidad. Además de la música en si, hay varias piezas en vivo que hacen que la sensación de realidad sea aun mas fuerte. En particular, la música reesfuerza la trama en el momento que la esposa de De Caprio (Kate Winslet – la real esposa de Mendes) seduce al vecino durante un baile erótico que termina en un Buick de los 50, un coito insólito en el cual parece que no pasa nada sino para el pobre vecino que le declara a su vecina, el amor que le ha tenido sin haber podido decírselo jamás. El círculo vicioso se extiende y la falta de comunicación entre los vecinos llega a su apogeo.
    – La falta de comunicación es generalizada en este filme. El aborto es parte central de lo que viven los personajes que no logran comunicarse entre ellos.
    – Un filme intimista que recuerda “La Belleza Americana”. Sin duda Mendes es parte, o al menos muy preocupado, de lo que viven los personajes, al menos en los 50, de los suburbios norteamericanos. Un filme teatral e intenso con una dirección de actores extraordinaria, una fotografía efectiva y un decorado absolutamente realista, quizás más allá de lo que sucede en la realidad. Un televisor dónde hace sus hazañas Howdy Doody, héroe de los niños gringos de esos años. Pinturas en los muros que parecen ser copias horribles de un arte “moderno” mal entendido.
    – La actuación no es solamente extraordinaria en la papeles principales, sino que los secundarios, comenzando por Kathy Bates, vendedora de casas y madre de un hijo matemático y esquizofrénico que, a pesar de las infinidad de años que ha pasado en un plantel psiquiátrico, sigue con una mente matemática y más clara que los demás. La joven secretaria que seduce y es seducida por De Caprio, es sorprendente en su cotidiana sonrisa y en miradas eróticas que comienzan en el ascensor y que terminan después de un coito si besos. No está demás que en un momento se le resbalen las manos y enseñe por un furtivo segundo, unos muy bellos senos que aparentemente no lograron apasionar al joven suburbano.
    – Una película dónde los personajes no se encuentran, no toman decisiones, no logran amarse, no cumplen sus pasiones.

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