Naky Soto TREINTA AÑOS DE SENTENCIA

naky-soto-1La venganza nunca se satisface, no se da por bien servida, no cesa; es como si permanentemente encontrara razones para multiplicarse o recrearse en las que ya posee y sigue así, reproduciéndose endógenamente, hermafrodita y destructiva. Sólo se necesita a sí misma para existir y seguir clamando con hondo cinismo lo que no estimula ni obtiene: paz. La sentencia a los comisarios tiene como uno de sus ejes la venganza. Es esta una prueba más de la avanzada de un sistema de gobierno que vende la hegemonía, fundada en el riesgo que representa el que discrepa; en su potencialidad para desestabilizar lo que supuestamente han ido construyendo los que hoy ostentan el poder.

Pero el poder no es suficiente. Haber mimetizado todas las estructuras del Estado a la voz de un solo hombre, tampoco. Hace falta más, por eso se planteó esta semana el recurso del carnet para los miembros del Psuv, otra cédula de identidad que haga más cerrada la base de datos de los que otorgarán venias sin remilgos. Este poder necesita amainar sus propias competiciones, esa medición interminable de quién obedece más y mejor; quién lleva más gente a una marcha, quién publica el aviso en prensa más rojo y con mensajes de entrega, esperando la bendición del Pop Star.

Treinta años a los comisarios. No hizo falta ni uno para que los llamados pistoleros del Llaguno, recibieran reconocimientos, medallas cívicas y políticas para sus armas no registradas y las punterías que ningún juicio probó. Si produjeron muertes sus disparos es irrelevante. Ellos estaban del otro lado, con sus pómulos llenos de labial rojo, haciendo vívido el recurso de la violencia que signó un día lóbrego, sombrío para todos los que marchamos, independientemente del lugar en el que estuvimos.

Son estos 30 años a los comisarios, la privación de libertad a Baduel, el juicio a Manuel Rosales, la revocatoria de mandato a Pérez Vivas, la reapertura del expediente en Fiscalía de Capriles Radonski, el vacío de espacios y funciones al Alcalde Mayor. O te quito a ti, o te quito lo que tienes. Pero tengo que acabar contigo. Es menos complejo que criminalizar la disidencia, es miserable, básico, cicatero: es venganza. ¿Quién celebra estos “triunfos”? ¿Quién explica estos logros revolucionarios? ¿Quién se tomará una cerveza esta noche brindando por la sentencia?

Y son muertes a diario, que en el primer trimestre del año 2009 revelan un aumento dramático de más del 30% de homicidios con respecto al año pasado; esto no convierte en estadísticas simples a cada mujer, hombre, adolescente o niña asesinados, en un porcentaje, si no en una ausencia irreparable para sus familiares, para quienes les amaron. ¿Quién celebra esto? ¿Quién posee la victoria de la violencia como sistema, de la muerte como un asunto más de nuestra cotidianidad?

Es venganza, poder y encono. Porque el miedo es un gran recurso para quien lo produce. Y del otro lado somos tantos los que nos preguntamos ¿qué hacer?, ¿cómo encararlo?, ¿ante quién denunciarlo? Y terminamos concurriendo a las dos soluciones primeras: confinarnos a nuestros mundos privados, protegiéndonos bajo el engaño de hacer tranquilos la vida en un país que hace imposible la paz, o, evaluar las posibilidades de marcharnos como ya han hecho tantos, engrosando esos flujos migratorios que durante décadas recibimos pero que jamás previmos formar. Priorizar lo privado, que de lo público se encarguen otros.

A esos otros dirigiré mis rabias, temores, críticas, porque efectivamente no hacen lo que hay que hacer, porque me resultan incompetentes, porque no representan la alternativa necesaria.

Es un juego trancado el de la venganza y el odio. Creo que, uno de los dramas mayores, es la evidencia de saber que la clase que deseas destruir, coincide –no por casualidad- con la población económicamente activa, que forma parte del sector formal de la economía, que hace posible la empresa privada, que paga servicios, impuestos, aranceles, ¡que produce! Y cómo arriesgar el recurso que me permite ser solvente y construir la vida, para dedicarme a marchar, protestar, obstaculizar aquello con lo que no estoy de acuerdo. ¿Cómo? ¡Muchos de mis amigos me lo han dicho! Muchos han tenido la cortesía de felicitar lo que hago, mi área de desarrollo, las cosas que escribo o declaro en algún medio: “nadie como tú para decirlo así, Naky”. Y me quedo suspirando, pues tiendo a imaginar a muchas y muchos, me recreo con la fuerza de más voces y mejores ánimos, sumando pues, sumando.

Mi apuesta es constructiva, por eso amo lo que hago, es mi empleo y es mi pasión, pero días como hoy me nublan. Veo los ojos de LuisCarlos, siento su mano apretando la mía, y me dice lo que no pronuncia: sí podemos. Yo también lo creo, pero no deja de exasperarme saber que la venganza nunca se satisface, y con ella al frente será imposible construir con paz, erigir la paz.

http://zaperoqueando.blogspot.com

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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