Fernando Mires LAS VENAS OCULTAS DE LA DICTADURA

fernando-mires1.“Es preciso preferir la soberanía de la ley a la de uno de los ciudadanos, y por este mismo principio, si el poder debe ponerse en mano de muchos, sólo se les debe hacer guardianes y servidores de la ley, porque si la existencia de las magistraturas es cosa indispensable, es una injusticia patente dar a una magistratura suprema a un sólo hombre, con exclusión de todos los que valen tanto como él” (Aristóteles, La Política, Espasa- Calpa, Madrid 1962, p. 111)

El citado texto es sólo uno de los muchos donde Aristóteles preveía la posibilidad de que el poder político, que en la polis era de todos los ciudadanos, cayera en manos de los tiranos. Los tiranos, para la mayoría de los filósofos griegos clásicos, eran la expresión máxima de la corrupción de la política y su aparición significaba la caída en la barbarie, que para los antiguos griegos era la vida humana en condición no política. No la civilización, tampoco la cultura, eran para los griegos alternativas a la barbarie, sino la política.

Para ser un humano civilizado bastaba a los griegos vivir en la ciudad. Para ser un humano cultural bastaba disfrutar de los bienes de la ciudad. De tal modo que los bárbaros no eran sólo quienes habitaban fuera de la polis sino, sobre todo, aquellos que con polis o sin polis no estaban en condiciones de acceder a la condición política. Luego, según los griegos de los años 400 a. C. no podían ser ciudadanos políticos ni los niños ni las mujeres, ni los esclavos ni los comerciantes, ni los artesanos, ni los ciudadanos muy pobres; tampoco los militares de profesión.

La democracia griega, como toda democracia originaria, era muy selectiva. Eso no significaba que mujeres, comerciantes, artesanos y militares, e incluso los esclavos, no pudiesen acceder a altísimas posiciones en los espacios de la economía, de la cultura, de la filosofía y de las artes; y en el hecho, así ocurrió. Sólo el terreno político les estaba vedado, y por cierto, por razones muy prácticas: la política debía ser realizada por los hombres libres de la ciudad, vale decir, por aquellos que no dependían de nadie ni de nada para formular sus opiniones en las discusiones políticas. La política era para los griegos el espacio de la libertad, libertad que era, en primera línea, libertad de opinión. Sin esa libertad las demás libertades no podían tener ningún valor.

Muchos, pero muchos siglos después, en el siglo XlX, un joven intelectual francés, admirador apasionado del milagro político de los griegos, creyó encontrar otro milagro del cual los griegos sólo habían sido sus, en el tiempo, muy lejanos visionarios. A fin de dar cuenta de ese nuevo milagro, publicó un libro en dos partes: una en 1835 y la otra en 1840. Ese libro ha pasado a ser un clásico de la teoría política de los tiempos modernos y post-modernos. Sí: me estoy refiriendo a “La Democracia en América” de Alexis de Tocqueville (1805-1859).

2.“La Democracia en América” (Editorial Orbis, Barcelona 1984) no fue un libro escrito para americanos sino para europeos. En Norteamérica creyó encontrar Tocqueville la posibilidad de una democracia profunda, la que no había tenido lugar en Europa después de la revolución francesa. De ahí pretendía Tocqueville extraer lecciones para el posterior desarrollo democrático europeo. La razón de tales preocupaciones era simple: la revolución democrática europea hubo de surgir en un medio hostil a ella. Venía de un pasado absolutista y militar o, para decirlo en un sentido griego: bárbaro. En cierto modo la revolución democrática europea nació secuestrada por su pasado no democrático. Por eso escribió Tocqueville: “Un régimen que ha vivido, durante siglos, bajo el sistema de casta y clases, no alcanza un estado social democrático más que a través de una larga serie de transformaciones más o menos penosas, con la ayuda de violentos esfuerzos y tras numerosas vicisitudes, durante las cuales los bienes, las opiniones y el poder, cambian rápidamente de lugar” (p.219). Ese ha sido también un destino latinoamericano. No fue, por cierto, el caso de la revolución norteamericana.

La idea de la democracia, llevada desde la vieja Europa a América del Norte, pudo crecer en terreno fértil, sin uso de violencia extrema, sin asesinar reyes, sin guillotinas, sin un poder absoluto que heredar, sin santas alianzas y retornos agresivos al pasado, sin alucinaciones ideológicas ni locuras apocalípticas, sin guerras con naciones vecinas, en fin, sin todo eso que ocurrió en Europa, sobre todo en la Francia de Robespierre y Napoleón.

La revolución norteamericana surgió sin ese pathos revolucionario que en el siglo XX llevaría a realizar, y nada menos que en nombre de la propia revolución, esas subversiones antidemocráticas que llevaron a los totalitarismos modernos, creadores del terror más siniestro que conoce la historia universal: el hitleriano y el estalinista. Recordemos entonces a Tocqueville cuando dijo: “Existe un país en el mundo en que la gran revolución social de que hablo parece haber casi alcanzado sus límites naturales; se ha operado de una manera sencilla y fácil o más bien se puede decir que ese país contempla los resultados de la revolución democrática que se opera entre nosotros, sin haber tenido la revolución misma” (….) “Allí pudo crecer en libertad y, avanzando con las costumbres, desarrollarse apaciblemente en las leyes” ( p. 37).

Esa fue quizás la razón que aclara por qué en los EE UU a diferencias de Europa (y de América Latina) las ideologías totalitarias nunca pudieron echar raíces profundas.

El totalitarismo del siglo XX europeo (y ruso) tuvo, en efecto, dos madres: la revolucionaria y la absolutista. Así no debe extrañar que la revolución europea haya traído consigo la restauración del absolutismo (Napoleón) y luego, su radicalización absoluta (Stalin) que eso fue, al fin y al cabo, el totalitarismo.

La revolución francesa, según Tocqueville, vino al mundo portando una doble condición. Por un lado fue antimonárquica y antiabsolutista. Por otro lado fue centralista, autoritaria y despótica. De más está decir que esa doble condición se repetiría en las revoluciones de independencia latinoamericana, con el agravante de que en ellas las revoluciones no surgirían del pueblo sino de los ejércitos. De ahí que aquello que Tocqueville escribió sobre Francia, podría ser subscrito por cualquier historiador en cualquier país latinoamericano con respecto a su propia historia nacional. La cita es algo larga, pero importante:

“La Revolución (francesa) se pronunció al mismo tiempo contra la realeza y contra las instituciones provinciales. Confundió en el mismo odio a todo lo que la había precedido, al poder absoluto y a aquello que podía templar sus rigores; fue, a la vez, republicana y centralizadora (….).Este doble carácter de la revolución francesa es un hecho del que los amigos del poder absoluto se han adueñado con el mayor cuidado. Cuándo los veis defender la centralización administrativa ¿creéis que trabajan en favor del despotismo? De ninguna manera, defienden una de las grandes conquistas de la Revolución. De esta manera, se puede ser popular y enemigo de los derechos del pueblo; servidor oculto de la tiranía y amante confesado de la libertad” (p.65)

En otras palabras: la tiranía surgió en la Nueva Europa en nombre de la revolución. En nombre de la revolución nacieron también la guillotina, el Holocausto y el Gulag. En América Latina, desde los tiempos del tirano Juan Manuel Ortiz de Rozas, pasando por los dictadores militares populistas tipo Perón, hasta llegar a Augusto Pinochet y Fidel Castro, y aún más adelante todavía, hasta Hugo Chávez, la revolución ha sido la religión preferida de casi todas las dictaduras. Prácticamente no ha habido dictador que no haya intentado justificar su mandato invocando el nombre de alguna revolución. Más aún: a diferencia de los norteamericanos que pusieron a la Constitución por sobre todas las cosas, los dictadores europeos y latinoamericanos pusieron a la Revolución por sobre toda Constitución. “El Derecho es sólo lo que la revolución necesita”, fue una de las frases famosas de Robespierre, frase que podría ser subscrita, sin ningún problema, por el Presidente venezolano Hugo Chávez.

En EE UU la revolución democrática, aunque sea paradoja decirlo, nació de constelaciones democráticas. Ello no habla a favor ni en contra de los norteamericanos. Fue, simplemente, como constató Tocqueville, un hecho objetivo, casi un golpe de suerte. La misma opinión mantuvo Hannah Arendt en su conocido libro “Sobre la Revolución” (Arendt; H. “Über die Revolution”, Piper, München 1974) La fascinación que sintió Tocqueville frente al hecho norteamericano, no lo llevó, sin embargo, a pensar que EE UU estaba llamado a jugar un lugar mesiánico en la historia. Tampoco pensó, y así lo expresó en continuas ocasiones, que la norteamericana era la sociedad perfecta. Por el contrario, en su clásico texto “La Democracia en América” se pronunció en contra de la esclavitud, la que sobrevivió muchos años a la Declaración de Independencia. Pero por otra parte, Tocqueville pudo captar agudamente el carácter progresivo de ese desarrollo democrático que alguna vez debería llevar a la abolición de la esclavitud.

La democracia norteamericana, para Toqueville, no era un modo de producción ni un sistema socioeconómico. Mucho menos podía ser una “solución final”. Era sí, y antes que nada, un orden político que, reglamentando las libertades, abría condiciones para la propia profundización de la democracia. En otras palabras: si la liberación de la esclavitud hubiese tenido lugar el mismo día en que fue declarada la independencia, no habría habido Constitución, ni democracia, ni nada parecido. El texto que establecía que “todos los seres humanos son iguales ante la Ley” no correspondía, por cierto, con la realidad inmediata, pero sí, trazó el objetivo a lograr. Jefferson no abolió la esclavitud pero subscribió las normas para que fuera alguna vez abolida. O dicho así: la revolución norteamericana creó las condiciones legales e institucionales para que la lucha por la igualdad fuera posible. Hay por lo tanto una relación de continuidad histórica entre Jefferson, Lincoln y Obama. A través de esa continuidad podemos entender el siguiente texto, clave en la percepción política de Tocqueville:

“Las voluntades de la democracia son cambiantes; sus agentes, groseros. Pero si fuera verdad que pronto no pudiera existir ningún régimen intermedio entre el imperio de la democracia y el yugo de uno solo, ¿no deberíamos más bien tender hacia el uno que someternos voluntariamente al otro? Y si hubiera que llegar, en fin, a una completa igualdad, ¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?” (p.150)

“La democracia es la peor forma de gobierno con excepción de todas las demás”, dijo una vez Winston Churchill repitiendo, en su tan propio estilo, la idea de Tocqueville.

Sin instituciones democráticas, postulaba Tocqueville, no puede existir democracia. Pero a la vez, sin ejercicio democrático las instituciones son sólo un cascarón vacío. La soberanía del pueblo es la base de toda democracia y va mucho, pero mucho más allá de la mera asistencia a periódicas elecciones. “En América”- escribía Tocqueville- “el principio de soberanía popular no está escondido o es estéril, como en ciertas naciones. Está reconocido por las costumbres, proclamado por las leyes y a juzgar por sus ventajas y sus peligros, se extiende con libertad y alcanza sin obstáculo sus últimas consecuencias” (p.40).

Ahora, para que el ejercicio de la democracia pueda ser realizado, se requiere, según Tocqueville, dos condiciones elementales. La primera es la separación irrestricta de los poderes públicos. El “poder que bloquea al poder”, según la proposición de Montesquieu que hizo suya Tocqueville, es el antídoto que impide que uno de esos poderes se erija de modo tiránico sobre los demás. Eso quiere decir que allí donde parlamento y justicia se encuentran subordinados al ejecutivo, hay dictadura. Así de simple.

La segunda condición es, a la vez, el rasgo más distintivo de la democracia norteamericana: la descentralización. Mas, no se trata sólo de la descentralización administrativa sino de la descentralización política. O para decirlo con Tocqueville: “lo que más admiro en América no son los efectos administrativos de la descentralización sino sus efectos políticos. En los Estados Unidos la patria se hace sentir por todas partes. Es un objeto de solicitud, desde la aldea hasta la Unión entera. El habitante se liga a cada uno de los intereses de su país como a los suyos propios” (p.62)

Sólo cuando ha sido asegurada la división de los poderes públicos y la descentralización política, es cuando adquieren sentido las tres libertades políticas básicas, que según Tocqueville son la libertad de asociación, la libertad de reunión y la libertad de opinión que se expresa fundamentalmente en la libertad de prensa. De esas tres libertades, la libertad de prensa la llama Tocqueville la “libertad capital”. La libertad de prensa es, en efecto, la libertad de las libertades. Pues ¿para qué reunirse y asociarse si uno no puede expresar su opinión? ¿Y de qué sirve la libertad de palabra si esa palabra no es impresa en un papel (o en una imagen televisiva, diríamos hoy) para que todos quienes quieran conocerla, la conozcan? Tocqueville lo dijo muy, pero muy claro:

“Cuanto más considero la independencia de la prensa en sus principales efectos, más alcanzo a convencerme de que, en los pueblos modernos, la independencia de la prensa es el elemento capital y, por así decir, constitutivo de la libertad. Un pueblo que quiere permanecer libre tiene derecho pues, a que se la respete a cualquier precio” (p. 85). Sin libertad de prensa, el pueblo se vuelve afónico.

3.Leer a Tocqueville en un país democrático sigue siendo un ejercicio de alta calidad intelectual. Pero leerlo en un país cuya democracia se encuentra en peligro, o simplemente, ya ha dejado de existir, puede ser, además, un acto subversivo. En la mayoría de los países europeos los principios democráticos que vio amenazados Tocqueville han terminado –sobre todo después del derribamiento del Muro de Berlín- por imponerse. En ese “tercer Occidente” que es América Latina, aunque después de muchas interrupciones, comienzan esos principios a ser realizados en la mayoría de sus naciones. Más vale tarde que nunca. No obstante, no están, ni con mucho, plenamente consolidados. Hay peligrosas amenazas que se ciernen sobre el pobre continente. A través de las venas ocultas de la dictadura sigue corriendo sangre. Hay, en ciertos países latinoamericanos, gobernantes que manifiestan un abierto desprecio a la democracia. Ese desprecio a la democracia no dejó de asombrar a Tocqueville. Los párrafos dedicados a América del Sur, fueron, desde una perspectiva política, muy duros:

“Pero, ¿en qué lugar del mundo se encuentran desiertos más fértiles, mayores ríos, riquezas más intactas y más inagotables que en América del Sur? Sin embargo, América del Sur no puede soportar la democracia (….) Y aunque no gozaran de la misma felicidad que los habitantes de los Estados Unidos, por lo menos debieran hacerse envidiar por los pueblos de Europa. Sin embargo, no hay sobre la tierra naciones más miserables que las de América del Sur” (….) Veo en otros pueblos de América las mismas condiciones de prosperidad que entre los angloamericanos, menos sus leyes y sus costumbres, y (por eso) esos pueblos son miserables” (p.141)

Sin embargo, aquello mismo que constató Tocqueville en el siglo XlX, a saber, que la democracia tiene un carácter expansivo, se está cumpliendo hoy, durante el siglo XXl, aunque con dificultades, en la por el llamada América del Sur. El camino ha sido largo, pedregoso y lleno de espinas. Mas, si Tocqueville volviera al mundo, y comparara lo que eran esas bárbaras naciones latinoamericanas del siglo XlX, con las que hoy existen, estoy seguro que no habría podido evitar una sonrisa benevolente. Aún no alcanzan, las nuestras, el nivel democrático norteamericano, que duda cabe. Pero hay que constatar que después que terminó la Guerra Fría, hay un indiscutido proceso de democratización en América Latina.

¿Que los gobiernos latinoamericanos que han surgido recientemente son en su mayoría populistas? Pero ¿es que alguien ha imaginado que los procesos de democratización han de ser prístinos y límpidos, tal como aparecen en los manuales de politología? ¿Piensa alguien que una verdadera democracia puede existir sin la incorporación a las luchas políticas de la mayoría de la población de cada país? ¿Y cómo incorporar a esas mayorías excluidas sin alteraciones, exabruptos y anormalidades populistas, incluso mesiánicas? Por una parte, es cierto, existe excesivo centralismo gubernamental en algunas naciones. Pongo como ejemplo el caso de Colombia y Ecuador. Pero a la vez sería interesante que alguien respondiera como se puede gobernar sin cierta centralización autoritaria a un país plagado de narcotraficantes, guerrillas asesinas y paramilitares como es Colombia. O como se puede salir de la profunda crisis política que acosaba a Ecuador, sin afirmar primero el poder ejecutivo, tan mal llevado a traer por las administraciones que precedieron al rígido gobierno de Rafael Correa.

¿Que están apareciendo por doquier gobiernos demagógicos de izquierda? ¿Y qué se puede esperar si en América Latina casi nunca ha habido verdaderas derechas políticas, a menos que queramos denominar como derecha a los militares, o a gobiernos de “empresarios no emprendedores”, sin tradición, cultura, ni disposición política, y sin siquiera religión ni moral, como las que cultivan los derechistas europeos? Es cierto que Evo Morales no es un gobernante al estilo suizo u holandés, pero a la vez representa a grandes masas indígenas que alguna vez debían hacerse presente en los escenarios políticos. ¿Que su ideología es la del socialismo de la edad de piedra? De acuerdo; de eso no cabe la menor duda. Pero él tomó la que tenía a su alcance, y si no tiene otra, es porque los destacados sociólogos de izquierda que hay en Latinoamérica (¡qué miseria más grande!) no fueron capaces de proveerlo con ideas diferentes. ¿Que los argentinos siguen siendo peronistas? ¿Y que otra cosa puede ser un argentino si hasta los antiperonistas son peronistas? ¿Que los chilenos son los fenicios del continente? Si, también es cierto. ¿Que Lula gobierna al país como si fuera una empresa comercial, sin moral ni principios políticos? Sí; así es. Pero Lula sólo repite el ejemplo que dieron gobernantes europeos y norteamericanos, antes de Obama. En fin, quien quiera encontrar democracias perfectas, que vaya a buscarlas a Júpiter, porque aquí, en este planeta, no las hay. Y mucho menos en Latinoamérica, donde recién están apareciendo indicios democráticos. Si la democracia fuera perfecta, la política terminaría con la democracia; y es ahí donde recién comienza. El problema es otro. El problema es –para decirlo en breve- la posibilidad del regreso de las dictaduras militares, posibilidad que ya comienza a cristalizar en la Venezuela de Chávez.

4.Aquello que constataba Tocqueville, la miseria política de los sudamericanos, no tiene nada, o sólo poco que ver con el carácter anglosajón diferente al español; ni mucho con las diferencias entre la ética protestante -adjudicada por Max Weber a los cristianos del norte europeo- y el catolicismo romano. Esas son simples explicaciones supra-históricas. Como Tocqueville no dedicó su genial obra a estudiar la situación sudamericana, no advirtió las fallas geológico-políticas que caracterizan a la historia de la democracia en la región. Se trata, efectivamente, de fallas de formación originaria. Y una de las más profundas reside en el hecho de que, a diferencias con los EE UU, el Estado latinoamericano no surgió de la Nación, sino la Nación del Estado. Peor todavía: el Estado surgió, en la mayoría de nuestras naciones, del Ejército. No fueron por tanto comunidades sociales laboriosas las que dieron origen al Estado-Nación, sino regimientos forjados entre luchas independentistas y caudillescas. Esa es la base precaria sobre la cual Latinoamérica comenzó a construir sus democracias. Y no tenemos otra.

El peligro que acosa a las democracias más precarias de América Latina -la mayoría de ellas organizadas hoy en el ALBA- no reside tanto en su modo de ser populista –que con eso hay que contar por mucho tiempo- sino en el hecho de que dichas naciones se han articulado, en condición de satélites, alrededor de un eje que menos que político es militar, y que menos que democrático es dictatorial. Me refiero al eje geopolítico formado por Chávez y los Castro al que en otra ocasión denominé “el núcleo antidemocrático de América Latina”.

En Cuba, a través de la revolución, la nación regredió a su condición originaria, a la del Estado militar, situación que se ha mantenido durante medio siglo. Dejando al lado las ideologías de legitimación, que pueden ser muchas, pienso que para entender a Fidel Castro hay que seguir la línea de Gerardo Machado (1925-1933) y Fulgencio Batista (1940-1944, y 1952-1959), línea de la cual él fue y es su continuador en el poder.

En Venezuela, a su vez, tiene lugar una regresión progresiva que ya se hace manifiesta en su forma militar dictatorial. Los mejores historiadores venezolanos, sin excepción, han percibido que, también más allá de las ideologías, hay una línea de continuidad entre las dictaduras militares de Juan Vicente Gómez (1908-1935), Marcos Pérez Jimenez (1952-1958) y Hugo Chávez (1999- ¿?). Por lo menos los tres nunca se cansaron de invocar a Bolívar. A su modo, los tres fueron bolivarianos, cada uno en su estilo. Como sucedió en Europa durante el siglo XlX, donde a través de la revolución comenzó el regreso al absolutismo, pero bajo nuevas formas, en América Latina la amenaza del retorno al pasado se ha hecho manifiesta a través de las dictaduras militares, cualquiera sea la forma o las ideologías (de izquierda o derecha) que ellas adopten. Al fin y al cabo, eso es lo menos importante. Se ha dicho, por ejemplo, que Chávez usa al Ejército como instrumento personal. Quizás ha llegado la hora de preguntarse en que medida Chávez es un instrumento del Ejército, en esa larga lucha por (re)hacerse del poder.

Escribió Karl Marx en “El 18 de Brumario de Luis Bonaparte”, que la historia se repite: una vez como tragedia, otra vez como comedia. Esa comedia, olvidó quizás decir, puede convertirse en una tragicomedia. En cualquier caso, lo que quería decir el hegeliano Marx, es que la historia intenta repetirse a sí misma, o lo que es parecido: regresar a sus orígenes. También en los EE UU, cuando el país atraviesa por serias crisis, sus políticos se remiten a esos orígenes que tan bien describiera Tocqueville. El problema es que mientras los orígenes de la nación norteamericana son constitucionales y democráticos, las de las sudamericanas son militaristas y dictatoriales. Ahí, en ese pasado, residen las venas ocultas de las dictaduras de nuestro continente. Mientras los padres de la patria norteamericana fueron, en primer lugar, políticos y filósofos, los de las patrias sudamericanas fueron valientes y carniceros combatientes. Mientras Estados Unidos sólo ha tenido que continuar sus tradiciones democráticas, las naciones latinoamericanas, para alcanzar el estadio democrático, han debido romper con su pasado, ruptura que no es posible realizar sin pasar por situaciones traumáticas como la que vive en estos momentos la ciudadanía democrática venezolana. Pero que esa no será la última experiencia de ese tipo que vivirá el continente, estoy casi seguro. El pasado siempre vuelve, escribió Freud en indirecta sintonía con Marx: a veces como sueño, otras veces como pesadilla.

Pero Freud fue más allá que Marx. El pasado que vuelve, agregaba, no es el pasado que pasó, sino otro pasado cuyo lugar de origen –esta es la paradoja– no está en el pasado, sino en el presente. En otras palabras: aquello que vuelve no es una repetición, sino una representación del pasado realizada en el presente. Extrapolando la tesis de Freud al espacio político, esa tesis significa que, para que el pasado sea pasado, y nunca más presente, hay que desalojarlo del presente, entendiendo al pasado como lo que realmente fue: pasado. Tan fácil es decirlo; tan difícil es hacerlo.

No obstante, las venas ocultas de la dictadura no yacen sólo en el pasado, sino también ocultas en el presente, aunque a veces ya convertidas en várices. En ese sentido, quisiera terminar este artículo con un enunciado y una insinuación.

El enunciado dice: en los tiempos que vivimos que son los de la globalización, la idea de la democracia también se ha globalizado, y lo ha hecho hasta el punto que muy pocas dictaduras se asumen como tales, y adoptan, o se ven obligadas a adoptar, “formas” de representación democráticas. En la mayoría de los casos se trata de dictaduras electas y electoralistas que utilizan las elecciones como medio de acceso al poder, ya sea falsificándolas (Bielorusia, Nicaragua) o manipulándolas (Zimbawe, Venezuela). En la mayoría de los casos, no acceden al poder violentamente mediante un golpe de Estado, por ejemplo, sino que realizan una toma de poderes “en cámara lenta” hasta que llega el día en que alcanzan todo el poder sin que la ciudadanía se dé cuenta como eso pudo llegar a suceder.

Y la insinuación dice: los estudiantes de ciencias sociales ya tienen un tema altamente interesante para realizar trabajos de diploma o doctorado: el de la caracterización de “las nuevas dictaduras”. Ya se han hecho algunos avances en ese sentido. Hay quienes hablan de “las dictaduras del siglo XXl”. Eduardo Galeano (nuevamente famoso) propuso hace algún tiempo el término de “democratura” para referirse a las débiles democracias que surgían después del descenso de las dictaduras del sur latinoamericano. Quizás el término para referirse a las nuevas dictaduras pueda ser entonces el de “dictacracia”. Los venezolanos, siempre imaginativos, hablan de la “dedocracia”. El término “dictaduras post-modernas”, aunque muy cursi, podría ser apropiado. Lo cierto, aunque parezca ingenuo decirlo, es que ninguna de esas “nuevas apariciones” es democrática. Por lo menos no lo son en el sentido griego, y mucho menos en el de Alexis de Tocqueville.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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3 respuestas a Fernando Mires LAS VENAS OCULTAS DE LA DICTADURA

  1. Hugo dijo:

    La vurguecía no cansa de chillar vale. Apaga Globoterror. ¿Cómo puede nuestro Supremo Comandante Chavez ser dictador si ha ganado democráticamente todas las elecciones a las cuales se a lanzado? El Comandante ES la voulntad del pueblo es lo que no terminan de entender. Compararlo con los dicatodres fasistas Gómez y Pérez Jimenez es 100% agsurdo y no se deve permitir publicar semejante burrada. Entiendan de una buena vez que la 4ta República se acabó. ¡Adelante Comandante puño e hierro! ¡Patria socialismo o muerte!

  2. maria dijo:

    Burrada es la forma en la que escribes, tu ortografia es patetica….debes haber estudiado en alguna mision….preocupate mas por eso!!!!!

  3. AREANY dijo:

    MAS BURRA ERES TU DEBES CORREGIR SIN OFENDER

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