Cine LA ÉPICA DE LA REVOLUCIÓN

Zamora 3

Ezequiel Zamora encarna la lucha contra la oligarquía de todos los tiempos

Este es un viejo sueño que Román Chalbaud por fin logró realizar. Zamora, tierra y hombres libres constituye su primer film épico, de grandes masas y con considerables  recursos de producción. Poco tiene que ver con su fallida El caracazo, ni en tanto temática ni en cuanto a desarrollo dramático. Es mucho más ambiciosa y mejor construida. Ya a  finales del siglo pasado el realizador venezolano tenía la idea de construir una gran gesta rural que reivindicara la rebelión social y política contra el dominio de una oligarquía feudal e incluso esclavista. La figura histórica de Ezequiel Zamora le permitió levantar esa visión, con la colaboración fundamental de Luis Britto García en el guión. El resultado es una obra compleja, muy bien producida, que ofrece aciertos notables pero también padece de defectos narrativos a considerar.

En 1940, una década después de la Cosiata, ya desmembrada la Gran Colombia y consolidado el poder de José Antonio Páez, surge la presencia tímida de un pulpero de Villa de Cura, ajeno a la política, que abandona la relativamente próspera vida comercial para liderar una tendencia de los liberales que seguían a Antonio Leocadio Guzmán contra el dominio de los godos mantenido a la sombra del taita Páez. Este es el punto de partida de un relato cinematográfico con forma de largometraje, por una parte, y de serie de televisión, por la otra, que ofrece una interpretación histórica y política de la lucha de clases en esta Venezuela que se arrastra desde la primera mitad del siglo XIX hasta esta primera década del siglo XX. Tierra de caudillos y traiciones, de revoluciones y acomodos, de resentimiento y oportunismo.

El Zamora de Chalbaud confecciona el símbolo del héroe popular, incorruptible y consecuente con los de abajo, cuya causa es entregada por sus propios correligionarios y cuyo destino inevitable es la muerte. No sólo porque la historia así lo indica —fue asesinado el 10 de enero de 1860, a los 43 años— sino porque el sino de los héroes así lo exige. Es un extraño Prometeo de los llanos que roba el fuego de los poderosos y es condenado y castigado por esta irreverencia pero resurge para llevar adelante su misión, aunque, a diferencia del dios de la mitología griega, Zamora sí es mortal, más parecido al Prometeo del compositor italiano contemporáneo Luigi Nono que al clásico de Esquilo. Más que un personaje histórico —que lo es— este Zamora es un icono cuya trascendencia va más allá de su tiempo. Cada revolución tiene un líder y desde 1796, con la Revolución Francesa, toda revolución es traicionada por sus conductores. La historia es elocuente, especialmente en el siglo XX y lo que va en esta nueva centuria.

Lo mejor del film de Chalbaud se encuentra en su visión del héroe a través de la comprensión de un proceso histórico. Es verdad que Zamora fue un hombre incorruptible, pero también lo es la influencia que ejerció sobre él su cuñado Gaspers, un alsaciano que se desplazaba de las ideas del socialismo utópico de los franceses Saint Simon y Fourier a las nuevas ideas contenidas en el Manifiesto Comunista de 1848 de los alemanes Marx y Engels. “Sin ideología no hay revolución” reitera Gaspers a su hermano político. Lo curioso es que frente al colectivismo del marxismo, Zamora enarbola la consigna “tierra y hombres libres”, clásica expresión del pensamiento liberal frente a la propiedad estatal. Esto en el plano del manejo de las ideas. En el terreno de la acción política, el film pone de manifiesto la naturaleza de un proceso de transición desde el feudalismo de los mantuanos —que incluso mantiene sus rasgos esclavistas— hacia un capitalismo primitivo representado por un Páez que reacomoda el concepto de propiedad —las tierras prometidas en la lucha de la Independencia— bajo el paraguas de la acumulación personal. Es decir, los personajes del film no actúan motivados por la maldad, la bondad o la patología íntima. Son seres humanos que se conducen de acuerdo con sus tiempos, ideas y circunstancias.

No obstante, es evidente que tanto en el guión como en la realización se halla una extrapolación de las luchas antioligárquicas del siglo XIX hacia nuestra realidad actual. Una primera lectura establece una identificación entre Zamora y Hugo Chávez, especialmente a través del discurso político que puede parecer genuino o  retórico de acuerdo con los tiempos y las concepciones. Pero no bastan las intenciones pues entre una figura y otra median grandes diferencias tanto en estilo como en desempeño, aunque ambos hombres estuvieron presos por sus ideas. Todo parece indicar que el líder liberal —considerado un “blanco de orilla”— nunca padeció afanes mesiánicos. En cambio, encuentro en el Páez del film una clara identificación con el Chávez de hoy: llanero pragmático, líder inteligente surgido desde abajo, socarrón cuando le conviene y personalista al extremo. Páez confiesa en un momento dado “la revolución soy yo, la república soy yo” como cuando el presidente, en la campaña para aprobar la reelección indefinida, afirmaba que “la revolución lo necesitaba”, ¿recuerdan? Otra referencia que llama la atención es cuando Páez ordena la inhabilitación de sus contendores políticos o cuando manipula las elecciones a su favor. Vaya, vaya, cosas veredes Sancho. El otro aspecto de extrapolación, que no se refiere sólo a líderes, consiste en la creación de una nueva oligarquía tras la consagración de las revoluciones que ha padecido nuestra historia feudal y precapitalista —Páez, Falcón, Guzmán Blanco, Castro, Gómez— y de los proyectos de democracia postgomecista con fechas claves: 1945, 1958, 1998. Cada reacomodo político e histórico genera su propia casta privilegiada.

Filmada con gran despliegue de recursos, la producción de la Villa del Cine adquiere tono de epopeya. Amplios planos generales, acciones de larga envergadura, una naturaleza implacable de calor y luz y conductas humanas contradictorias pero articuladas. Uno de los problemas del film reside en su doble condición de largometraje y serie de televisión. En su primera versión, Zamora, tierra y hombres libres intenta contar una historia bastante compleja que —más allá de su percepción general— se limita a ciertos momentos fundamentales de aquel período histórico que culmina con la Guerra Federal. En ese proceso histórico y narrativo se pierden algunas situaciones esenciales y el espectador puede desconcertarse con la continuidad dramática de la película. Personajes que aparecen y desaparecen y situaciones que se imponen sin mayores explicaciones. Algo que me imagino no sucederá con la serie de televisión.

Uno de los aspectos a destacar del guión se ubica en el dibujo rápido y preciso de los personajes secundarios, porque a través de ellos se expone el desarrollo de aquel período. En especial cuando se trata de José Antonio Páez, Juan Vicente González, Antonio Leocadio Guzmán, Antonio Guzmán Blanco, José Tadeo Monagas o Juan Crisóstomo Falcón, todas figuras de nuestra historia. Algo más particular sucede con los personajes femeninos como Barbarita, el amor de Páez, o de Paula Correa o de la esposa de Zamora, en la medida en que también pertenecen a la historia. Pero el personaje de Viviana, que aparece y desaparece como una brisa fresca en la vida de un hombre perseguido, y el de la chica que funciona como un ángel de la espada, le otorgan al relato un tono más fantasioso pero más acorde con el espíritu de la película.

En el terreno de las interpretaciones, el film se maneja de manera compacta, homogénea, con un reparto muy extenso. El Zamora de Alexander Solórzano no sólo es creíble sino sobre todo comprensible. El actor se sumerge en su personaje y logra expresar sus angustias, siempre en su condición de icono de una conducta política.  A su lado Gaspers se manifiesta eficientemente a través de Eric Ekvall, un actor no siempre bien aprovechado por el cine venezolano. El gran impacto actoral lo logra Julio César Mármol convertido en el propio José Antonio Páez. Socarrón, cínico, inteligente y visionario. Antonio Cuevas como el incomprendido Antonio Leocadio Guzmán. Israel Moreno como el cambiante Juan Vicente González. Asdrúbal Meléndez como el leal y combativo Rangel. Luigi Sciamanna como el implacable Antonio Guzmán Blanco. Dilia Waikkarán como la fiel Paula Correa. Antonio Delli como el ambivalente José Tadeo Monagas. José Torres como el piache, Dimas González como el extremista Espinoza, Anastasia Mazzone como la esposa de Zamora, Katiuska Huggins como el ángel de la espada y Daniela Alvarado como la misteriosa Viviana.

Me gustó mucho el tono narrativo de la película, elaborado como una epopeya en latitud cálida. La fotografía de Vitelbo Vásquez adquiere un matiz amarillento, como la luz del llano, que expresa el calor, la acción, la sangre, la pasión. El montaje de Julio García intenta —en la mayor parte con éxito— armonizar el relato del film sin contar con las oportunidades de la serie de televisión, más amplia en sus propósitos expositivos. La música de Francisco Cabrunas es grandiosa como el tono épico de film, aunque por algunos momentos el “oligarcas temblad, viva la libertad” sea demasiado evidente. La dirección de arte de Evadne Mullings cumple con sus objetivos: mostrar, ambientar, convencer sin hacerse demasiado notoria. El veterano Josué Saavedra supo manejar el sonido con tino y la banda sonora, en su conjunto, aparece equilibrada y justa.

Con Zamora, tierra y hombres libres Chalbaud regresa a lo mejor de su cine, comprometido con sus ideas políticas y estéticas. En este ambiente de polarización que hemos vivido en la última década, habrán muchos que lo acusarán de manipulador de la historia y otros proclamarán que “la oligarquía vuelve a temblar con Zamora”, lo cual suena ridículo. Lo cierto es que Román expone su punto de vista de una manera muy personal y coherente y eso es muy válido. Es su derecho y lo sabe ejercer. Lo importante es que el cine que se haga en Venezuela incremente cada vez su calidad y que el debate de las ideas no sea sustituido por consignas.

ZAMORA, TIERRA Y HOMBRES LIBRES, Venezuela, 2009. Dirección: Román Chalbaud. Guión: Luis Britto García. Producción: Thamara Bozo. Dirección de arte: Evadne Mullings, Tania Pérez. Fotografía: Vitelbo Vásquez. Efectos especiales: Jorge Farfán. Montaje: Julio García. Sonido: Josué Saavedra. Música: Francisco Cabrujas. Elenco: Alexander Solórzano, Eric Ekvall, Antonio Cuevas, Antonio Machuca, Julio César Mármol, Verónica Arellano, Israel Moreno, Dilia Waikkarán, Asdrúbal Meléndez, Gustavo Camacho, Antonio Delli, Manuel Escolano, José Torres, Dimas González, Luigi  Sciamanna, Daniela Alvarado, entre otros. Distribución: Amazonia Films.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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3 respuestas a Cine LA ÉPICA DE LA REVOLUCIÓN

  1. Alejandro dijo:

    Muy completa y aguda su critica, Sr. Molina; sobre todo, interesante su analogía entre Páez y el Pdte. Chavez. Esperaremos hasta el 02 de octubre para disfrutar de este film en las salas comerciales. Me alegro por el cine venezolano, por nuestro talento humano y técnico pero, más aún, por nuestra historia que merece ser rescatada y puesta en alto. Hasta ahora solo he visto el trailer de la película y, en las primeras de cambio, se ve estupenda… con excelentes locaciones, buen trabajo de arte, maquillaje, impecable fotografia y banda sonora.

  2. jose dijo:

    no sirven pa na da aki

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