Cine EL AMOR CONTRA LAS FUERZAS IMPERIALES

Han pasado 12 años desde el fenómeno Titanic, es decir, el mismo tiempo que tomó la preparación y producción de Avatar para arribar a su estreno mundial y para convertirse en la película más cara en la historia del cine: la bicoca de 500 millones de dólares. Dato que habría que considerar importante a la hora de comprender esta elegía de la rebelión antiimperialista ubicada en un futuro distante —pero con rasgos definitivamente contemporáneos— que marca una distancia notable con respecto a las otras obras previas de James Cameron, como Terminator, El abismo y Mentiras verdaderas. Su nueva película es un espectáculo confeccionado con la tecnología audiovisual más sorprendente, pero también con una referencia directa a la devastación del planeta, las necesidades de la investigación científica para salvarlo, la tradición invasora del ejército estadounidense y la codicia de corporaciones inescrupulosas. Y como anécdota central propone la contradicción entre “civilización” y “barbarie”, ambas entrecomilladas, con diferentes puntos de vista ante una misma circunstancia. Pero más allá, establece la victoria del amor sobre las fuerzas guerreristas.

El punto de partida dramático define el resto del film. Corre 2154, en una época en que la humanidad a llegado al borde de sí misma tras deteriorar severamente sus condiciones de vida.  Después de permanecer 6 años en una cámara criogénica, el joven marine parapléjico Jake Sully —suponemos que quedó así en combate— reemplaza a su hermano gemelo —asesinado por un delincuente— en una misión especial que arribará a un remoto planeta denominado Pandora. Allí, en un mundo mágico, viven las aguerridas tribus de los Na’vi, nativos de gran talla y estilizada figura que mantienen sus tradiciones religiosas y sus costumbres ancestrales y que viven en armonía con la naturaleza. Es decir, Cameron, desde el principio, plantea la contradicción entre dos formas de asumir la existencia. Pero va más allá. En la misión participan una unidad de investigación científica, dirigida por la doctora Grace Augustine, que intenta encontrar nuevas formas de prolongar la vida humana; una corporación energética, gerenciada por el ambicioso Parker Selfridge, que explora como negocio las fuentes alternas de energía que existen en Pandora; y un ejército de mercenarios norteamericanos, capitaneado por el coronel Quaritch, dispuesto a intervenir militarmente ese planeta. Tres tipos de intereses y tres expresiones de conductas. La misión consiste en mezclar el ADN de los humanos —como Jake— y el de los integrantes de los Na’vi para crear nuevos seres —conocidos como avatares— que se infiltren entre los nativos para lograr que desalojen su territorio. Pero, obviamente, las acciones de complican, los personajes se desarrollan y ya nada es como se había planeado. Como se aprecia, se trata de un punto de partida bastante tradicional pero también muy efectivo.

Con tales elementos dramáticos, Cameron edifica una superproducción que logra envolver al espectador no sólo con los impresionantes efectos especiales sino también, primero, con un discurso de recuperación de la vida natural para la salvación de la humanidad y, después, con la historia de amor de Jake —interpretado por el australiano Sam Worthington— y Neytiri —protagonizada por Zoe Saldana—, la valiente hija del gran jefe de los Na’vi. Lo cual, asimismo, es igual de previsible… pero no importa. El director de origen canadiense plantea vagamente su propia versión del romance entre la indígena Pocahontas y el invasor inglés John Smith, según la tradicional leyenda norteamericana, para contar el enfrentamiento entre un pueblo considerado primitivo y sus invasores supuestamente civilizados. Jake es un avatar, un intruso que, en un momento dado, cambia de bando y se integra a la vida de los Na’vi, participa de sus creencias, busca el amor de Neytiri y crea un conflicto con sus orígenes, su ejército y su patria. Este planteamiento no escapa, evidentemente, del esquema básico de Titanic —un hombre desafía el orden para obtener el amor de una mujer— pero le confiere un carácter más amplio que evita el patriotismo y enaltece la postura ética de Jake. Claro, todo esto está narrado de manera espectacular, con grandes escenas de acción en el marco de un espacio paradisíaco, matizada por la sugerente música de James Horner y la desafiante fotografía de Mauro Fiore.

El ejército intervencionista está integrado por estadounidenses, la corporación es norteamericana, la unidad de investigación también, ergo, una superproducción de EEUU delata las intenciones imperiales de su país contra un pueblo que quiere vivir en paz. ¿Recuerdan Apocalipse now, de Coppola? Más allá de la locura del coronel Kurt, prevalece la locura de una guerra que trastocó muchas creencias. La actitud del coronel Quaterich recuerda las invasiones a Guatemala, República Dominicana, Panamá o la misma Afganistán. La actitud de Selfridge evoca las estupidces cometidas en distintas crisis financieras. Pero Cameron ofrece una salida a EEUU cuando eleva la figura de una investigadora —interpretada por la gran Sigourney Weber— interesada fundamentalmente en preservar la vida de la Tierra y de Pandora, o de la aviadora Trudy Chacón —de origen latino y con el rostro de Michelle Rodríguez— que confiesa, después de rebelarse contra sus superiores, no haberse enrolado en esa misión para cometer actos sangrientos. Hay dos Estados Unidos, como siempre.

La mirada de Cameron sobre los habitantes del planeta Pandora se parece demasiado a la óptica con la que se observa «lo distinto». Usan arcos y flechas, cabalgan corceles de otro diseño, no conocen tecnologías de avanzada, son guerreros temibles, pero mantienen sus tradiciones y sus valores. Constituyen las fuerzas que enfrentarán el mayor ejército disponible. Lo curioso de su postura como creador reside en que sus alienígenas no son los Na’vi sino los terrícolas, presentados como los invasores de otro mundo. Es decir, Avatar termina siendo narrada desde la perspectiva de los Na’vi. Sobre todo con un final que cambia concepciones de forma radical. Recuerden que se trata de otro espectáculo de Cameron, igual pero distinto.

AVATAR («Avatar»), EEUU, 2009. Dirección y guión: James Cameron. Producción: James Cameron, Jon Landau. Fotografía: Mauro Fiore. Montaje: James Cameron, John Refoua y Stephen Rivkin. Diseño de producción: Rick Carter y Robert Stromberg. Música: James Horner. Elenco: Sam Worthington (Jake Sully), Zoe Saldana (Neytiri), Michelle Rodríguez (Trudy Chacon), Sigourney Weaver (Dra. Grace Augustine), Stephen Lang (Coronel Quaritch), Giovanni Ribisi (Parker Selfridge). Distribución: Fox.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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