Cine EL HOMBRE QUE TRAE MALAS NOTICIAS

Un par que busca las oportunidades... y las encuentra

Con sólo tres largometrajes en su haber, Jason Reitman (Montreal, 1977) ha construido la visión de una Norteamérica teñida de contradicciones que se manifiestan a través de personajes muy particulares en situaciones poco convencionales. En Gracias por fumar (2005) mostró a un representante de las tabacaleras de EEUU que viaja por el país para tratar de demostrar que fumar es una decisión individual y libre, que nadie debe limitar, a pesar de los estragos del tabaquismo en la salud de los ciudadanos. En Juno (2008) volvió a sumergirse en las aguas de la decisión individual gracias a una adolescente embarazada que decide entregar su bebé en adopción porque no se siente capaz de ser madre. Ahora, en Amor sin escalas (inexacto título en español para Up in the air) retoma el esquema de Gracias por fumar y muestra a un hombre que vuela de ciudad en ciudad diciéndole a otros seres humanos que han sido despedidos. «Mi trabajo es decirle a otros que ya no tienen trabajo». Es el hombre que trae malas noticias. Un poco salvaje el asunto. Los personajes principales de sus tres películas creen en sus decisiones, las defienden y hacen lo posible para llevarlas a cabo. Pero sólo el Ryan Bingham (un George Clooney que no puede despojarse de su condición de galán) de Amor sin escalas vacila sobre su propia condición. Tal vez demasiado tarde.

Up in the air comienza de forma despiadada, definiendo el empleo de su personaje central, es decir, mostrando la catadura de un hombre que ha hecho una relativa fortuna no sólo comunicándole a otros que han sido despedidos sino pontificando como el gran gurú corporativo que defiende la ausencia de compromisos afectivos y éticos en el universo de los negocios. La metáfora de la pesada mochila que ha de llenarse con las pequeñas y las grandes cosas de nuestras vidas —recuerdos y afectos, equipos y enseres, familia y amigos, etcétera— ilustra la necesidad de deslastrarse de los vínculos y las responsabilidades personales. Ryan Bingham pasa sólo 43 días al año en su apartamento. El resto lo usa en volar a Omaha, San Francisco, Miami, Detroit, Saint Louis, et alter, usando una tarjeta de American Airlines, alojándose en los Hilton, acumulando millas y disfrutando los privilegios del viajero frecuente. Bingham no tiene esposa, niños, ni siquiera una relación estable y atiende las llamadas de su hermana Kara con cierto fastidio. Su sexualidad es tan fugaz como sus visitas a las ciudades industriales de EEUU. Es un mercenario de la crisis económica que desde el año pasado ha dejado sin empleo a miles de personas en el mundo. Pero eso sí: Ryan Bingham es encantador. Tal es el personaje que Reitman expone con una mezcla de crítica ácida y comprensión humana.

Tanto en Gracias… como en Amor…, el director de origen canadiense propone una visión profundamente crítica del pensamiento corporativo y de las operaciones empresariales en la Norteamérica de la última década. La racionalización de las praxis negativas —por ejemplo, inducir a la gente a fumar, mentir para justificar una ganancia, sugerir que un despido es una oportunidad profesional, asestar un golpe a la estabilidad familiar, cosas así— obedece a la necesidad de mantener la rentabilidad, a pesar de la crisis económica. De varias maneras, el film de Reitman recuerda La corporación (2007) de Costa Gavras, pues ambas abordan el despido como situación dramática, aunque vista desde posiciones muy diferentes. En el film francés el personaje central es un despedido que incurre en el asesinato para encontrar otro empleo. En el norteamericano el protagonista es quien despide y quien gana plata despidiendo, sin ningún remordimiento. Sus “asesinatos” son laborales.

Como es fácil suponer, la alteración de una conducta de este tipo se opera en el campo afectivo, es decir, a través del vínculo emocional. Bingham se traiciona a sí mismo —por un momento se olvida del peso de la mochila— y alberga esperanzas de una relación estable con una mujer como él. Alex Goran (la sensual Vera Farmiga) le confiesa: “soy igual que tú, pero con vagina”. Aunque suene efectista, la frase es cierta. Ryan y Alex mantienen una actitud de vida orientada casi exclusivamente a los resultados de sus respectivos negocios. Viajan por toda la Unión, alquilan automóviles, se alojan en buenos hoteles, conocen todos los aeropuertos, etcétera. Un par que busca las oportunidades… y las encuentran. Sin embargo, no son iguales aunque parecen serlo. El guión de Reitmar y Sheldon Turner introduce una variación en  determinado momento de la trama que redefine la postura de Bingham. En el fondo es una treta argumental que el espectador está esperando desde la primera definición de la personalidad del hombre que deja sin trabajo a otras personas. El otro factor de cambio se plantea inicialmente en términos profesionales. Natalie Keenner (Anna Kendrick) es también un personaje que evoluciona. Innovadora y agresiva en el duro negocio de despedir personal, la chica añade un giro a la trama que le permite tomar distancia tanto en su empleo como en la afectiva. De varias maneras, ella influye en el cambio que se opera en Bingham.

La película está aderezada por un humor incisivo que cataliza la transformación de un drama de ambiente social —el desempleo, la incertidumbre ante el futuro, la crisis económica— hacia el terreno de la comedia romántica, para luego regresar indefectiblemente al campo de la dura realidad social. Tal vez por eso su título en español traiciona la esencia del film, pues Amor sin escalas sugiere una obra romántica cuando en realidad maneja contenidos mucho más terribles.

AMOR SIN ESCALAS («Up in the air»), EE UU, 2009. Dirección: Jason Reitman. Guión: Jason Reitman y Sheldon Turner, sobre la novela de Walter Kirn. Producción: Jeffrey Clifford, Daniel Dubiecki, Ivan Reitman, Jason Reitman. Fotografía: Eric Steelberg. Montaje: Dana E. Glauberman. Música: Rolfe Kent. Elenco: George Cloony, Vera Farmiga, Anna Kendrick, Jason Bateman, Sam Elliot, entre otros. Distribución: UIP.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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