Tomás Eloy Martínez RETRATO DEL ARTISTA ENMASCARADO (1982)*

Una foto de Tomás Eloy Martínez tomada hace unos tres años por su hijo Gonzalo.

Formó parte de ese grupo de periodistas que salieron de Argentina a raíz de la dictadura militar de finales de los setenta. Llegó a Venezuela en 1976 y se incorporó a la actividad noticiosa del país, junto con Rodolfo Terragno, Miguel Ángel Diez, Edgardo Silberkasten, Raúl Lotito, Dolores Valle y otros profesionales.  Martínez no vino sólo a trabajar sino a integrarse a la vida venezolana y a conocer sus expresiones culturales más significativas. Gracias a su desempeño en el Papel Literario de El Nacional se vinculó con poetas, narradores, ensayistas, artistas plásticos, cineastas. En 1978  publicó Lugar común la muerte, bajo el sello editorial Monteávila, conjunto de textos muy diversos unidos por el tema de la muerte y cuyo primer título reza Sitio y ocupación de José Antonio Ramos Sucre sobre los dos últimos días del insigne poeta y diplomático venezolano. Años después, en 1982, publicó un ensayo más amplio sobre el autor de Trizas de papel, Sobre las huellas de Humboldt, Las formas del fuego y El cielo de esmalte que se conoció como Retrato del artista enmascarado. Volverlo a leer ha sido una experiencia reveladora de la fortaleza de sus nexos con esta tierra de gracia. Los editores de Ideas de Babel consideramos que la mejor forma de rendirle homenaje se halla en compartir con ustedes uno de sus textos más hermosos, que hemos extraido del blog Ramossucreana que publica el escritor venezolano Víctor Azuaje. Disfrútenlo.   

   

Más de treinta años se tardó en saber quién era, en verdad, José Antonio Ramos Sucre. Los críticos de su época lo habían definido como un poeta cerebral, impermeable a las respiraciones de la vida y, por lo tanto, condenado a la creación de paisajes irreales o abstractos. Sus textos permitían adivinar, sin embargo, detrás de un sutil enmascaramiento, una historia de soledad, neurosis y desinteligencia con el medio.  

Los primeros biógrafos dejaron de él un retrato trivial: subrayaron su erudición pasmosa, su facilidad para el aprendizaje de los idiomas, la seriedad sacerdotal con que dictaba clases. Lo imaginaron orgulloso de su linaje, en el que asomaban héroes bondadosos —el Gran Mariscal de Ayacucho— e ilustres latinistas. Lo creyeron satisfecho de su trabajo como traductor de documentos en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Le atribuyeron quebrantos nerviosos, pero no les encontraron otra explicación que la falta de sueño.     

«Su biografía es la historia de sus innumerables estudios», apuntaría Carlos Augusto León en Las piedras mágicas. «No se puede evocar a Ramos Sucre sin pensar en su biblioteca», sentenciaría Félix Armando Núñez en el prólogo a las Obras editadas en 1956. En sus estudios, los dos confieren importancia a la imagen, misteriosa y señorial, que solía dar en los salones de los liceos: «báculo al brazo», «con aquellos ojos suyos, siempre entrejuntos», «a veces recorriendo las calles nocturnas, solo, con su caminar lento y distraído».    

Las siete cartas confiadas por Luis Yépez a Rafael Angel Insausti, en 1959, y reproducidas en la primera edición de Los aires del presagio al año siguiente, levantaron al fin «una punta del velo».   

Yépez aguardaba a Ramos Sucre en Ginebra desde fines de 1929 para ponerlo en posesión del Consulado General, que él había ejercido hasta entonces, y regresar luego a Maracay en busca de órdenes. El poeta, al principio, se aferra a Yépez para resolver problemas menudos que lo desbordan: quiere que retenga para él la casa que ocupa el Consulado, en la rue du Rhone, pero se niega a discutir el contrato. Firmará lo que Yépez le diga. Durante más de dos meses, antes de empezar su misión, permanece internado en el Instituto de Enfermedades Tropicales, Hamburgo, para curar una amebiasis que —de acuerdo con su diagnóstico personal— es la fuente de los insomnios que lo atormentan. Se siente perdido: ante los médicos y ante el dinero. Aquellos han declarado con excesivo apresuramiento que los parásitos han sido eliminados y que sólo queda en pie el agotamiento nervioso: el dinero del sueldo, por lo demás, afluye a Ginebra por vías demasiado sinuosas, y Ramos Sucre empieza a imaginar que nunca podrá atraparlo. «El director de la Oficina de Consulados, Alamo Ibarra, me prometió domiciliar mi sueldo en Ginebra y yo ignoro cuál método o formalidad debo observar para coger ese sueldo —escribe a Yépez el 13 de enero de 1930—. Yo lo necesito encarecidamente porque debo pagar mi tratamiento».         

De manera cada vez más apremiante, menos controlada, Ramos Sucre intercala en las cartas frases de desahogo. Él, que ha ocultado todo lo que era, con una voracidad casi esquizofrénica, ahora necesita encontrar, fuera de sí, un oído solidario: «Los desórdenes nerviosos, mi desesperación, no han cesado todavía. Son muy singulares y me desconciertan por completo. Los insomnios siguen siendo horribles. Si estos fenómenos no desaparecen, habré caído en la desgracia más profunda. Perdería mis facultades mentales». Era autocompasivo e hipocondríaco, pero en modo alguno trataba de suscitar compasión. Simplemente justificaba, en aquella carta a Yépez (6 de febrero, 1930), su largo alejamiento del trabajo y sus apremios económicos. Quería que, de una vez por todas, se lo juzgase como un enfermo.         

A medida que se acerca la fecha del regreso a Ginebra, los miedos de Ramos Sucre se multiplican: teme a la debilidad, a la tisis, al ruido y al frío de la ciudad, a la descortesía de la gente. Siempre ha sido un huérfano («Yo poseo el hábito del sufrimiento, pero estoy fatigado de la vida interior del asceta», escribe a Yépez el 25 de febrero de 1930), y la certidumbre de que en Ginebra carecerá de conversaciones, tradiciones y afectos —aun esporádicos— de los cuales asirse, le permite tomar conciencia de que esa orfandad es un ser vivo que no lo abandonará nunca.         

Simultáneamente, en la correspondencia a su hermano Lorenzo —que este libro [Los aires del presagio] revela por primera vez—, la autosuficiencia de Ramos Sucre estallará con todos sus soles: se esmera en recomendar a Yépez, a través de los amigos de Lorenzo, ante los núcleos del poder en Maracay. No se trata de restituir un favor con otros favores: es, simplemente, una manera de afirmar que él, pese a su desvalimiento, dispone también de resortes para ayudar y servir: que detrás de su inutilidad hay una solidaria utilidad. El huérfano —insinúa— puede ser también un padre.         

Y a la vez, instaura una rígida tiranía doméstica, según la cual todo movimiento de la familia hacia la Cultura fracasará si desdeña su guía. En ese punto es autoritario, intransigente, dogmático. Escribe pequeños manuales sobre el arte de la expresión justa, en el que abundan los verbos imperativos. Compone minuciosas instrucciones para iniciarse en el aprendizaje del inglés y del francés. Formula reglas fonéticas y explica cómo se forman los tiempos de los verbos. Ofrece cuadros de lectura que deberán conocerse de acuerdo con el orden que él ha establecido y en las versiones (generalmente francesas) que él indica. «Ocúpate dé leer primero los libros que te aconsejo —ordena— y no te dejes guiar en este punto por más nadie». Su autoridad debe ser admitida como un principio de fe.         

Poco a poco, va extendiéndola, sobre todo a través de Lorenzo. Alentado por la aceptación que suscitan sus consejos intelectuales, comienza también a dictar normas de vida: «Evita las malas compañías —escribe en 1921 al hermano casi adolescente—. Vive solo, pero sé amable». Y más tarde, en 1928: «Es necesario que vivas en paz, perfectamente disimulado, absteniéndote siempre de llamar la atención». De manera recurrente, en textos contemporáneos de sus desazones económicas, previene también a Lorenzo contra las ganancias fáciles y lo instruye en el hábito del ahorro. «No hay hombre que sepa hacer negocios en general, no hay sino especialistas. Yo te recomiendo un negocio fácil: depositar los ahorros en una caja de ahorros» (9 de abril, 1930).         

En las orillas de un clima político donde ni siquiera están permitidas las licencias del pensamiento y donde el éxito social sólo es posible a través del disimulo y de la moderación en las maneras, Ramos Sucre trata de fundar, a tientas, otra forma de poder. Las cartas al hermano van dibujando en él la tentación de imponerse a la comunidad como un Escritor: vale decir, como un justo en quien se encarna la potestad de educar, de condenar y de vaticinar. El don de profecía, que ambiciona por encima de todos los otros, es sin embargo el que se le muestra más esquivo: Ramos Sucre está demasiado sumido en el pasado como para contemplar libremente el porvenir.         

No hay otros ejemplos de escritor pleno en la Caracas de su época, otros creadores que conciban la escritura como un oficio excluyente. Su propuesta de Poder está situada casi en las antípodas de las que por entonces podían formular los intelectuales comunes, para quienes el texto era un mero camino hacia el reconocimiento público, hacia las funciones oficiales o hacia el esplendor social. El no estaba dispuesto a participar de los ritos de adulación o de las intrigas palaciegas que facilitarían su acceso hacia el otro Poder, el político y militar. Nada de eso. En una Venezuela desdeñosa de la inteligencia, Ramos Sucre quiere contemplarse a sí mismo como el dueño de un imperio cuya fuerza no es inferior a la de los señores de Maracay. En cierto modo, él también es Juan Vicente Gómez: su contrafigura, su retrato en negativo.         

Le importan poco la incomprensión y el desamor en que caen sus dos últimos libros. Tiene la certeza de la gloria, porque la gloria le está debida. Pero sabe que no servirá para modificar lo que él es ya ni para rescatar lo que pudo haber sido. Su pretensión última es sentir que la sociedad enferma, silenciosa y tiránica en la cual vive ha engendrado, por fin, un Escritor: también enfermo y aislado, también tirano. «Creo en la potencia de mi facultad lírica. Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que ni siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores» (25 de octubre, 1929).         

Los dolores a que alude se llaman Pasado. Ramos Sucre no sabe cómo suprimirlos. De algún modo son él mismo, el ser que los azares y sus miedos han ido forjando. El procedimiento que elige para valerse es de una complejidad tan innecesaria que no puede sino fracasar: primero se disfraza de otro (o de otros); luego, se aplica a borrar los estigmas del ser que fue.         

Con paciencia construye para sí una casa de soledad y frigidez: ambos atributos te permiten sentirse lúcido y no contaminado. El Mal está afuera, en las criaturas gregarias y reales que viven desorientadas por las distracciones del sexo, la política y el dinero. Los parajes que describe dentro de esa casa son llanos, sepulcrales, blancos, quiméricos. Que la vida haya desaparecido de ellos no es una privación sino una salvación. La falta de vida los purifica y ennoblece. Entonces se disfraza. Como el Baudelaire de Jean-Paul Sartre, «persigue el ideal imposible de crearse a sí mismo (…): quiere volver a empezarse, a corregirse como se corrige un cuadro o un poema».         

Esa presunción le resulta vana. Tardíamente descubre que ha invertido el orden lógico de la metamorfosis, y que ningún disfraz podrá resucitarlo mientras no sea reescrito el texto de su vida. El único camino posible para él es anular el pasado o transferir los estigmas de ese pasado a las criaturas que ha ido imaginando.    

Es entonces cuando resuelve desprenderse del padre y de la madre.       

La relación que siempre había establecido con el padre era de resentimiento: nunca pudo (nunca quiso) perdonarle la pobreza que dejó como herencia, ni el abandono a que lo sometió desde los diez años, cuando lo puso en manos de un tío eclesiástico —en Carúpano— para que lo educara. Tampoco toleró que lo relegara en la jerarquía de los afectos, y que prefiriera a Trinita, la hermana mayor. Lo que objetaba en el padre, pues, no era lo que éste había hecho sino lo que había dejado de hacer: veía en el descuido de las propiedades familiares y en la ligereza con que el padre había rehuido la responsabilidad de educarlo y de criarlo, una señal grave de pereza interior. Así, la sensación de desamparo por la que vivió embargado provino menos de ese desamparo (por otra parte real) que de la falta de una imagen viril a la cual aferrarse.         

En la relación con la madre hay continuas emanaciones de odio. Ella había inculcado en los hijos la idea de que el linaje era suficiente para justificar todas las privaciones y las represiones. Vivía, al parecer, dormida en los laureles de su tío-abuelo, el Gran Mariscal de Ayacucho, y consideraba que la ropa, la comida y los afectos cotidianos eran trivialidades propias de los seres sin abolengo.         

Pocos sentimientos son más sociales y menos innatos que el de la aristocracia. José Antonio, que envidiaba «el hogar sedante y tolerante» de los amigos de la infancia, no entendió jamás las miserias a que era sometido en nombre de las hazañas de su antepasado. Le afectó que en la casa no se comiera «’jamás’, ni aun en días de dinero» y que la madre reprimiera en él cualquier ensayo de cortejo a las «muchachas fáciles». Débil para alzarse contra un Poder tan imperioso, encontró en la escritura la única forma de venganza: en los ocho textos que consagró al heroísmo venezolano, no hay una sola mención al Gran Mariscal, a menos que se entienda como tal —en el «Laude» de La Torre de Timón, escrito para honrar la insumisión de Bolívar— este párrafo misterioso: «Para los mansos la medalla de la buena conducta; para nuestros héroes el monumento elevado y la estatua perenne». Esa omisión es también una forma de autocastigo: al desprenderse de todo vínculo con su linaje, al rechazar las ventajas de la gloria heredada, Ramos Sucre debe asumirse como lo único que no quería ser: un huérfano. Lleva a tal extremo esa ruptura con el clan familiar, que jamás menciona a la madre sino con el nombre completo, Rita Sucre. Aun en las cartas a Lorenzo, su hermano, la madre aparece siempre como una criatura lejana —aunque capaz de ejercer a distancia su tiranía—, a la cual no convienen ni los adjetivos de compasión ni los verbos de afecto.         

Sin identificación posible con un modelo femenino, Ramos Sucre adopta una conducta y un lenguaje de mero buen tono hacia la mujer. Toda mujer será un objeto deseado pero imposible. En ese deseo no habrá el menor asomo de posesión (porque poseer involucraba para él comprometerse), sino una simple necesidad de reconocimiento. Las cartas a la prima y al hermano abundan en párrafos significativos: «Yo he sido querido, admirado, compadecido por bellísimas mujeres. María del Rosario Arias (…) se asombró de mi humanidad y amenidad al conocerme» (a Lorenzo, octubre 25, 1929). «Gladys (…) debe poseer algún conocimiento de los que sirven para ganar la vida y adquirir conocimientos decorativos. Es necesario que sea un animal robusto» (a Lorenzo, abril 28, 1930. Las dos últimas palabras están subrayadas en el original). «Te ruego que no permitas la leyenda de que soy antropófago y salvaje y enemigo de la humanidad y de la mujer» (a Dolores Emilia, junio 7, 1930).         

Es un misógino, para quien hombres y mujeres son igualmente perturbadores; un solitario, que ha aprendido dolorosamente a desdeñar todo placer que esté fuera de sí mismo, porque al elegirse Escritor ha renunciado también a cualquier poder que no sea el de la escritura. Una de las explicaciones más sutiles (y nítidas) de ese aislamiento voluntario, que desembocará en una renuncia absoluta de la sexualidad y del amor, se desliza —como al pasar— en la carta a Lorenzo del 20 de marzo de 1929: «Para salvar mi sueño, me he visto en el caso de alquilar la vivienda contigua de la mía, mucho más espaciosa y mejor amueblada. De ese modo evito el peligro de su habitación por dos personas al mismo tiempo, de donde vendría el diálogo en la noche y mi enfado». Ramos Sucre teme al sonido del amor, a las evidencias del amor, a la certeza de que el amor está en los otros, pero le ha sido vedado.         

Sin embargo, persiste además en él cierta vergüenza por mostrarse socialmente como es: sólo por desesperación habla de su misoginia, su frigidez y su desafecto. En la estructura de poder que había levantado, la cortesía y la soledad eran posibles. No el desdén por el machismo. El poder político que le servía de contrafigura era ejercido por un patriarca también solitario pero prolífico, por un campesino para quien la familia era un objeto más de su gran hacienda y el sexo un patrimonio que debía ejercerse con plenitud.         

Sobrevivir sin mella en esa atmósfera le exigió una perfecta e incesante simulación. Construyó su reino a partir de un prolijo asesinato de la realidad. Nada de lo que era merecía serlo. Investigó, para salvarse, las realidades que otros habían engendrado con palabras, en los libros y en los atlas. Desconfió de la lengua que le habían enseñado y se aplicó a desentrañar las lenguas ajenas. Trató de encontrarse a sí mismo (al Ramos Sucre que él estaba recreando) en el latín y el griego, pero cuando advirtió que en ambos había demasiados ecos de las voces familiares (las sombras eruditas del padre y del tío) derivó hacia el alemán, el danés y el holandés.         

Apenas sintió que podía anclar confiadamente en su propia imaginación, se entregó al riesgo de la doble vida: por fuera, compartió la rutina de sus contemporáneos —las pensiones de Caracas, las retretas del domingo en la plaza Bolívar, el trabajo monótono de la oficina—; por dentro, organizó un planeta de mandarines y de pintores flamencos, de ánades y lobos, de jinetes ucranianos y princesas en palanquín. En ese paisaje cabían todos los tiempos: desde las cavernas del pithecantropus hasta las desmesuras de la Rusia zarista.         

Pronto, imaginación y vida entraron en conflicto. Los horizontes que había soñado empezaron a llamarlo imperiosamente. El tedio del país natal se le volvió intolerable. Para resolver la pugna, decidió viajar a los reinos ilusorios que aparecían en sus poemas. Contemplarlos de frente y sentir que eran idénticos a la torpe realidad que había dejado atrás, fue suficiente para fulminarlo. El 9 de junio de 1930 rindió las armas. Ante el feroz argumento de que la Realidad existía, su Imaginación se había quedado sin defensa.         

* Publicado por el escritor venezolano Victor Azuaje en su blog Ramossucreana cuya dirección es http://ramossucreana.com.    

   

    

 

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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