Xenay Santana HISTORIAS DEL HOSPITAL BO AI: LA MUJER DEL ABRIGO ROJO

Javier nació en Beijing y fue prematuro. Ahora tiene diez meses y para estimular su desarrollo, lo llevo al Hospital Bo Ai. Queda muy lejos de mi casa, hacia el sur, a cuarenta y cinco minutos en taxi. Aunque cueste creerlo, el Bo Ai parece ser el único centro de rehabilitación adecuado, de esta ciudad enorme. Más que un hospital es un universo. Sabíamos de su  existencia desde hacía tiempo, pero nos costó mucho que los neurólogos del bebé nos enviarán a este centro. Nunca entendimos bien el motivo. Tuvimos que insistir durante meses hasta que por fin los convencimos y fuimos remitidos. Con el tiempo, el enigma de la negativa se fue haciendo transparente. Llegar al Bo Ai, era meterse en las entrañas de la cultura china. Como eramos extranjeros, no querrían arriesgase a “perder cara” supongo que por temor a las comparaciones. Llegué al Bo Ai cansada. Era una fatiga tan profunda y pesada, que sobrepasaba los límites físicos de mi cuerpo y se instalaba en mi manera de ser y padecer.   Apenas entré, supe que no sería fácil sobrevivir al desasociego de ese lugar, caótico y mal iluminado. Que agobio tener que pasar cuatro horas diarias en ese lugar,  que me era totalmente ajeno. Pero, para mi sorpresa, el malestar inicial, se tranformó en placer cuando  apareció la mujer del abrigo rojo.

Al poco tiempo, me acostumbré a estar rodeada de hombres, mujeres y hasta de niños, desplazándose  en silla de ruedas de diferentes tamaños y modelos. Al principio, me impactaba ver a bebés con decenas de antenitas metálica, simples agujas de acupuntura, clavadas en la cabeza. Todos instalados en sillas rodantes tan pequeñas que parecían de juguete, en lugar de estar sentados en sus cochecitos. Ahora me resulta todo tan natural, que su minusvalía, quedó en un segundo plano. En el hospital ellos son lo normal, es decir gente común y corriente. Hasta soy capaz de reirme de su extravagancia, dada no por su enfermedad, sino por su normalidad tan diferente a la mía. En el Bo Ai, lo “raro” soy yo.

Como en la vida normal, allí también pasan cosas extrañas. Pero las más curiosas suceden en la Sala de Masajes. A las diez de la mañana, Javier tiene hora para el masaje, chino claro y con frecuencia alcanzo a ver a la mujer del abrigo rojo, atendida en el turno anterior. Es una fémina atractiva, coqueta, de unos cuarenta y cinco años. Tiene las cejas bien marcadas, tatuadas, como gusta a las chinas que se precian de ser femeninas. Es más alta y más gruesa que la mayoría de las mujeres de Beijing, y tiene un culo bien formado, cosa que es excepcional en toda China. Por su manera de moverse y por lo cómoda que se la ve en su cuerpo, a pesar del dolor, se nota que su aspecto físico le agrada. Se siente orgullosa de su trasero y no pierde oportunidad para hacerlo notar, ataviada con esos pantalones brillantes que, ajustados al cuerpo como un guante, resaltan la autopista de su figura monumental. Como si quisiera echarles en cara a sus paisanas que muy pocas tienen ese privilegio. Yo la veo y pienso que tan prominente trasero sólo puede ser obra de alguna mutación , un culo transgénico.

Ella no es paralítica, pero, por alguna razón que desconozco, no puede tenerse en pié sin la ayuda de su marido. Su esposo es un hombre insignificante, delgado, de baja estatura, descuidado y mal vestido, fiel a  la estética masculina china. Mi “ayí”, la niñera, dice que él tiene cara de taxista. Si no fuera por la espectacular posición conjunta que adoptan antes y después del masaje, pasaría desapercibido.

Reparé en la pareja por los comentarios mordaces y los cotilleos que se producen en la sala, cuando al terminar la sesión la mujer se incorpora con la ayuda del marido, que como puede logra ponerla de pie. Luego, él se coloca por detrás de ella y la abraza a la altura de las caderas, hasta que su pelvis queda completamente adherida a las prominentes nalgas de la mujer. Con este abrazo la mujer yergue el tronco, y toda su feminidad se crece, al tiempo que su marido se pierde en su menudez.

Cuando caminan, ella arrastra los pies, imponiendo a la marcha común, caderas contra caderas, un ritmo que termina siendo grotescamente porno, y no cala en el ambiente oscuro, opresivo y sucio del centro de rehabilitación. La circunvalación por la segunda planta provoca una juerga contagiosa general, que avergüenza, y al mismo tiempo alegra, la existencia de todos los que transitan diariamente por el pasillo largo y poco iluminado. Sobre ellos convergen los ojos curiosos de pacientes, familiares y personal hospitalario, que se giran para no perderse detalle del atrevido compás de la pareja.

La risa y murmuraciones no les son indiferentes. Ella no puede evitar su satisfacción, por saberse el centro de aquella creciente ola de interés, pero disimula con una actitud de falsa timidez, cubriendo sus labios con la punta de los dedos. Él, por el contrario, no oculta su orgullo masculino, honrado por la situación. Respira profundo, saca el pecho, levanta los hombros de naturaleza caidos. En su  cara una sonrisa altiva de macho bien acompañado. Su pequeñez reduce sus gestos a muecas que dejan ver el esfuerzo que le supone mantener erguidos los setenta kilos del cuerpo de su mujer. Cuando me di cuenta de lo que pasaba en la sala, me hizo gracia e inmediata pero discretamente, busqué la complicidad de mi ayí. Con una mirada supe que todos estabamos pensando lo mismo.

No podía explicarme por qué ella no tenía una silla de ruedas como todos los demás. No parecía tener menos dinero que el resto. Incluso podría haber conseguido un patrocinante, como habían hecho otros enfermos, que exhibían la marca de algún producto de mercado en el respaldar de la silla. Era sabido que el hospital apoyaba este tipo de gestiones. Quizás, hubieran podido alquilarla al hospital, por tres yuanes diarios, como hacían algunas madres.

Mi cansancio existencial del principio, se fue pulverizando, mientras hacía conjeturas sobre la pareja. Más los observaba, y menos comprendía el enigma de esta mujer. Tampoco podía entender el porqué de su goce mientras recibia el masaje. Los otros inválidos no parecían disfrutar y hasta parecían sentir dolor. Su rostro transmitía destellos de placer permanentes. No era una enferma típica del hospital. No estaba del todo segura, pero todo me llevaban a creer que los tortolitos se valían de no tener silla de ruedas para dar rienda suelta a una práctica morbosa. Una hábil excusa. Sin embargo, tras su cara de estar pasándoselo bien, se filtraba un ápice de amargura. Una sensación que más tarde llegó a concentrase en la parte baja de su espalda, obligándola a doblarse como quien hace una reverencia. Y ante ello, su marido respondía impulsivamente y de un salto la cogía por las caderas, en un abrazo que pretendía enderezarla, consiguiendo que los dos cuerpos quedaran adheridos.

A veces, en lugar de un sólo médico, la trataban varios masajistas conjuntamente. Esto echaban más leña al fuego de la imaginación de los presentes, para quienes la situación parecía tornarse en una orgía, en medio de la gran habitación donde otros doctores, simultáneamente, realizaban sus terapias a todo tipo de pacientes: niños, ancianos, obreros con las uñas curtidas víctimas de accidentes laborales y, algún que otro proletario vistiendo traje maoista desteñido aquejado de artritis reumatoidea.

Con el paso de los días el cuadro ganaba en erotismo. La fuerza de lo prohibido, de lo que no cabe en el polvoriento y deshojado manual de las reglas del hospital, se imponía.

Las escenas no tenían desperdicio: la mujer solía estar tendida en su lecho clínico. El Dr. Zheng la tomaba por las piernas y el Dr. Qiao, la cogía por los brazos. Ambos tiranban de ella en direcciones opuestas. Su marido, la sujetaba por la cintura tratando de mantener su precario equilibrio, y alrededor todos nosotros mirando. Como esa  técnica requiría cierto esfuerzo físico, por parte de los masajistas, se oían pujidos, gemidos, ruiditos mezclados con los suspiros largos y profundos emitidos por ella. La situación producía un estallido de risa y cuchicheos en el grupo que contemplaba ocioso la terapia. Era tan graciosa la cosa, que hasta a los doctores se les escapaban chistes y comentarios de doble sentido. Un día la mujer dijo en voz alta que lo único qué sabía decir en inglés era “I love you”. Lo decía para que yo la oyera. Trataba de explicarme en chino, a mí, la única extranjera en el hospital, que su inglés es casi inexistente. No me extraña, pensé. Claro, para que aprender más si ya sabes  justo lo suficiente,… sin duda un buen ejemplo de economía de lenguaje.

Ya habían pasado dos semanas desde que llegara la pareja a la Sala de Masajes. Ya me estaba haciendo a la idea de que ellos eran así y punto. Que su forma de moverse acompasados, no tenía más explicación que la de ser unos exhibicionistas morbosos y gozones. Cual fue mi sorpresa, cuando un día llegué y la encontré caminando normalmente por el pasillo, sin la ayuda del marido. Más atrás venía él. Me quedé sorprendida. ¡¿Cómo es posible?! ¿Cómo la han curado en tan poco tiempo? Mis sospechas estaban a punto de confirmarse: ¡Gozones! Y me fui acercando para averiguar el nuevo rumbo de su cambio de estrategia.

Así es que decidí actuar como los chinos, que no tienen ningún miramiento a la hora de averiguar algo sobre la vida ajena. Eso también era asunto mío. Que bastante información privada me habían sacado ya. De repente me daba cuenta de que la gente del hospital me había contagiado su comportamiento indiscreto, como si se tratara de la gripe del fisgoneo. Era mi turno para satisfacer toda la curiosidad acumulada durante mi estancia en el Bo Ai. En una especie de revancha cándida, ahora sería yo quien indagara sobre la vida de otros, ¡hum, que morbo!, en lugar de estar respondiendo educadamente a las preguntas curiosas de los otros: que por qué no me puse los mismos calcetines de ayer, que qué hago allí, que si es niño o niña mi bebé, que cuántos meses tiene, que por qué lo traigo a un hospital chino si se le ve normal, que si soy rica, que qué hace mi marido, qué cuánto le pago a mi ayí. No se privan de nada estos chinos.

Y corriendo me fuí a hablar con el masajista: Que la había visto caminando sin ayuda, que desde cuándo, que cómo la había curado, que si se trataba de un milagro. Y entonces supe que la mujer había ingresado al hospital con ¡lumbago! y que éste, solía mejorar con masajes, en pocos días. Resueltas todas mis intrigas. Mi imaginación había llegado demasiado lejos. Entonces, caí en cuenta de que aquel brillo en los ojos de la mujer no era una anomalía perversa. Era simplemente que no tenía como el resto de los enfermos, ese sino fatal que borra la sonrisa y ensombrece la mirada. Zài jiàn, adios. Allí van, agarrados de la mano, saliendo del hospital. ¡Claro, por un lumbago nadie se compra una silla de ruedas! Me despedí de la pareja pero sin perder de vista mi alrededor. Ellos se iban y yo me quedaba atraída por las mil y una cosa que todavía me quedaban por desentrañar en el Hospital Bo Ai.

Beijing, 23 de abril de 1999

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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