Silvia Dioverti A RAS DE CIUDAD

De piedra ha de ser la cama,  de piedra la cabecera. Antonio Aguilar 

¿Reposarse? Eso no es posible. Eso no será nunca más posible. 

Albert Camus 

Salir a la calle, patear basura, esquivar excrementos, taparse la nariz al pasar al lado de contenedores que regurgitan de podredumbre, sentirse infeliz, desprotegido, inútil. Ver los cuerpos que duermen —aunque ya esté avanzado el mediodía— sobre el cemento en el que, además de los restos humanos, queda algún pedazo de pan, un trozo de hamburguesa extraído de un pote de basura, una botella de cerveza que sirvió, ¡ah, qué delicadeza!, de urinario. Mirar el Ávila, tan pletórico aún a pesar de la sequía, y sentir que algo está mal, que algo está muy mal en esta ciudad que es uno de los asentamientos humanos mejor ubicados del planeta. Bajarse de la acera para sortear un hueco y escaparle, de justeza, a un carro que con las cornetas a todo volumen pasa vertiginoso. Quién sabe qué festeja el conductor, o de qué se evade. 

Zigzaguear tratando de evitar las manos que se tienden, el “tía, regálame algo, tengo hambre”, porque son muchas, porque están en todos lados, porque es inútil pretender tapar ese hueco negro de la miseria con una dádiva; y sin embargo dar, porque si no ya no son sólo las manos, también nos acosa el propio corazón con aquello de “me viste con hambre y no me diste de comer” del Evangelio y todo se vuelve todavía peor. Pasar por la Avenida Urdaneta y ver una mujer indígena que, con sus dos niñas, una de pecho, tiende la mano desde la precariedad de los cartones y trapos que constituyen, al menos durante el día, su hogar. Preguntarse por la noche y por el futuro —quizás noche y futuro sean en este caso sinónimos— de esas niñas, no hallar respuesta. 

Salir a la calle, sentirse agredido por la roña de una ciudad que nos amenaza y, desvergonzada, muestra sus cráteres, las pústulas de sus paredes desconchadas, muestra sus pintas, ora a favor ora en contra de algo o de alguien. Sentir que más allá de las adhesiones coyunturales lo único que esas pintas pregonan es una gran indiferencia por la muerte de una ciudad que agoniza. Mirar un edificio tomado, los bloques de arcilla que comienzan inmediatamente debajo de lo que iba a ser un helipuerto y no acertar a responderse si esos muros se levantan para oponerle una barrera al vacío o para asentar un simulacro de propiedad. 

Salir a la calle pero olvidar adónde se iba, porque la realidad ha entrado como una avalancha por los ojos y pareciera que ya no queda adónde ir, ni para qué. Recoger retazos de conversaciones que giran siempre sobre lo mismo y elaborar, ¿pero a quién le interesa?, una encuesta de uso doméstico, una de esas que no saldrán en los periódicos, preguntarnos cómo fue que llegamos hasta aquí. Abortar la conclusión, dejarla en el misterio, perder la capacidad de razonar porque una mano pequeña se nos cuelga del brazo y vuelve la pesadilla del “tengo hambre” y los ojos hundidos y la falta de fe, de esperanza. 

Regresar a la casa, a la pulcritud sostenida a fuerza de pura voluntad, al orden de los objetos que, sin embargo, no pueden defendernos de lo que pasa más allá de nuestras paredes. Sentirse infeliz por lo que se tiene —infeliz, no culpable— aunque sea poco, aunque sea nada, siempre es algo más que las camas de piedra, que el frío de las madrugadas sobre esos cuerpos abandonados por sus dueños. Recordar voces altisonantes o engoladas, falsas o sentimentaloides, promesas incumplidas de ahora y de siempre. Repasar teorías, sentir que todas cojean, y quedarse con la que menos adeptos tiene: somos una red de vasos comunicantes, si uno solo de ellos se obstruye la gangrena se instala y corrompe todo el organismo. 

Cerrar las ventanas para que no se cuelen las sirenas de las ambulancias, las sirenas de las patrullas, la peleas de dos que se sacan los ojos a punta de palabras, que descargan en el otro la rabia, la cuota de agresión que cada quien recibe cada día; ver crecer la bola de nieve, incontenible, y no tener dónde reposarse. Pensar, vagamente, que el entorno nos condiciona y alcanzar a responderse desde una lucidez incómoda que fuimos nosotros quienes construimos este entorno y que nos volveremos tan feos y hediondos como la ciudad que habitamos. No hallar respuesta para saber cómo empezó todo, pero tener, sí, la sospecha insidiosa, aplastante, de cómo va a terminar. 

Salir a la calle, pensar en Haití, sentir que aquí también todos los días tiembla. Pero no hay escala de Richter para medir las sacudidas, las convulsiones de esta ciudad. Nosotros no recibiremos la compasión del mundo, y sin embargo…  

 

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a Silvia Dioverti A RAS DE CIUDAD

  1. miguel genova dijo:

    muy bueno tu texto, cada palabra, cada sensacion las comparto todos los dias: las calles, la basura, los olores, la lucha por el orden interno, y los sismos permanentes, en la radio, en el periodico, en las cadenas, en las conversaciones con los amigos . . . . . .

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