Alicia Freilich CHOPIN JAZZISTA

Buena la ocasión del  bicentenario que Polonia extiende por todo este año, para repensar su biografía mientras se tiene el privilegio de escucharlo resucitado por Arthur  Rubinstein (alguna  lejana vez personalmente en el Teatro Municipal de Caracas) y Sergei  Rachmaninoff, desde sendos discompactos. Y en esa regreso imaginario a la traumática vida física y emocional del genio Friederick Chopin (1810-49), su figura itinerante, menuda y frágil, se torna gigantesca y sólida en una inmensa grandeza de alma.

Para 1831 estaba en Viena, en uno de sus tantos viajes de  ejecutante precoz cuando se enteró de la insurrección polaca contra los rusos, quiso volver pero lo convencieron de que su misión era la música y su país ya  no era libre. Se expatrió al sentir que el lugar donde nació era violado por bárbaros ajenos y propios y que ese cambio radical sacaba a la superficie el drama de quién es quién, por qué y para qué. Durante ese camino espinoso, breve pero intenso, que lo mantuvo corporalmente  lejos de su patria  la mitad y resto  de su  corto ciclo vital, perdió a seres amados, amigos entrañables,  padeció un dolor de exilio que se volvió maestría porque le permitió revivir con su arte la pérdida de todo su entorno primario, y al mismo tiempo transformar la sonoridad  nacional polaca en refinada, eterna música universal.

Escuchar, mirar y sentir a Chopin, hoy, ahora, provoca especial admiración en quienes conocen, así sea superficialmente,   las claves  esenciales del pianismo. Chopin no requiere que lo toquen sino que lo interpreten, o más bien que lo traduzcan  al pie de sus notas, allí radica la extrema dificultad porque no bastan  destrezas en la digitación ni la ruidosa  pulsión romántica del sentimiento patriótico, elementos básicos  que impregnaron  su obra. No, hay algo más.

Si lo calibramos con medidas modernas, fue un jazzista, aunque parezca locura siquiera asomarlo. Fusionó en perfecto balance las raíces folklóricas de Polonia (mazurcas, polonesas, polcas y cantos  campesinos corales) con los moldes  académicos de su tiempo (sonatas, estudios, baladas, preludios, valses) pero desde un sello especial. Para  su época  los compositores clásicos eran diestros en el género del “tema con variaciones” pero siempre dentro de un canon establecido. Chopin salió del riel con su inagotable yo  intimista, rebelde y transgresor, que él mismo definió  más o menos como “conservar el ritmo básico con la mano izquierda dejando libre la derecha”. Fusión esta vez de disciplina y creatividad  improvisada, porque esa  mano diestra sustituyó a la voz con sus inflexiones y giros emotivos. Y de libertad se trata porque esa lucha lo define para siempre. Su batalla  por el  derecho a ser él  mismo somatizada a fondo lo sacó tempranamente de este mundo.

Mientras la Europa ocupada o resistente a los imperialismos y otros vaivenes. cantaba himnos contra o pro de invasores, desde retumbantes conciertos del nacionalismo llevado a sus más peligrosos acordes, y su aristocracia se deleitaba en veladas elitescas de sofisticada exigencia vocal, nuestro héroe, compositor y pianista, de naturaleza reservada, melancólica, detallista y algunas veces burlona, recreaba su revolucionario pero lírico amor patrio desde las partituras originales del hombre solo y solitario siempre “extranjero” en París, Mallorca, Londres, que expresa sonoramente su más secreta y pasional intimidad. No en la barra de un bar sino aislado por voluntad propia, en pequeños recintos, privados y públicos, de audiencia socialmente abierta, eso sí, selecta, sensible y complicitada en su capacidad de compartir ese personal universo cerrado que al paso del tiempo desbordó  límites. Y por eso, doscientos años después, sigue cautivando en especial a  jóvenes ejecutantes que hacen suyos a Chopin desde diversos instrumentos con  múltiple abordaje libre y jazzy, en el sentido más equivalente de estas palabras.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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