Leonardo Rodríguez EPISODIOS BORGIANOS

Aconsejaba Borges, dando por sentada la naturaleza polémica de la señora, aprender la historia en la versión del adversario. Eso evitaría no sólo el tedio de la repetición sino nuestra transformación en personajes de ese libro de hierro que es la propaganda.

Tuve oportunidad de practicar ese acercamiento borgiano el otro día, en Madrid, con la pequeña exposición Ciudadanos. El nacimiento de la política en España. 1808-1869, compuesta de retratos al óleo, periódicos de época y cronologías comentadas.

Tal vez no hay piezas de especial valor estético pero sí documental. Muchos detalles me llamaron la atención. De entrada, el lema, ya una declaración de principios: Cómo se evolucionó de súbditos del antiguo régimen a ciudadanos comprometidos con la libertad. Según la exposición, la ciudadanía española, como la de los países hispanoamericanos, comienza en una guerra de Independencia. El enemigo era en este caso el Imperio napoleónico. Ocurre en las mismas fechas.

Lo primero que asombra es la familiaridad en las formas de representación y en el lenguaje de los próceres españoles y venezolanos. Hasta las poses y los trajes se parecen. La novela de la historia es siempre coral, pero ese coro habla en el mismo idioma. No hay casi beatos y ningún capirote en Venezuela; faltan negros en España. Pero la prosopopeya es casi idéntica. Se habla de la “heroica villa de Madrid”, del “excelentísimo ayuntamiento”, de “los mártires de la libertad española”, de “las víctimas de la causa popular”. Las paradojas no son menos similares. Un cuadro representa un alzamiento con una bandera en la que se lee “Viva la libertad”, mientras los alzados que la jalean apuntan con sus fusiles a los enemigos, también armados.

Como los mitos y el dinero, la burocracia también se hereda. Al llegar al poder los bonapartistas, Napoleón nombra a su hermano José Napoleón “rey de España y las Indias”. Entonces se hablaba de las Indias como luego se ha hablado de América Latina, Hispanoamérica e Iberoamérica, un todo indistinto e inexacto, un continente en busca de un adjetivo (el sustantivo se lo han ido quedando los gringos). Del exotismo imperial de las Indias al exotismo apoteósico de Macondo sólo hubo cien años y pico de ensimismamiento.

La nota más sugestiva, para mí, es la leyenda en el cuadro del general progresista Juan Prim, de quien se dice de forma sucinta que participó en los “conflictos coloniales”. ¿Qué tiene de extravagante esa expresión neutra, que no hace en apariencia un juicio de valor? Pues que borra lo que en nosotros ha sido subrayado desde la cuna. ¿Guerra de Independencia  o conflicto colonial? ¿Por qué no las dos cosas? ¿Por qué no, también y en ambos casos, una guerra por el poder?

En la historia, los personajes suelen ir de uniforme. El general Prim no es la excepción, pero su gesta adquiere de pronto un no del todo maléfico sesgo ficcional.  Entiendo que me he metido, sin querer queriendo, en una novela de Galdós. ¿En qué lugar de las Indias participaría el general? ¿Era progresista y defendía el Imperio para luego “traicionarlo”?

Para quien ha pasado por inefables sesiones de “cátedra bolivariana” en algún  liceo venezolano, falta algo en la versión española. También para algún lector del barroco. No hay, en las heroicas vidas reseñadas en la exposición, ni sombra del famoso desengaño español ni tampoco de nuestro ilustrado mesías criollo. En el párrafo que habla sobre los sucesos de 1824, una sola línea habla de la Independencia final de los dominios suramericanos. Así se acaba un imperio, diría alguien: en una línea.

La supresión, por supuesto, no es sólo española. Es sabido que la novela de la historia venezolana tiene una mala madre. No es Doña Bárbara sino España, tan mala que nuestro nacimiento como nación coincide con una declaración de “guerra a muerte”.

Otra nota común es la convicción de que todo cambió de forma radical. Lo monárquico-y esto es especialmente curioso en el caso peninsular- se relega a un pasado decorativo o fantasmal. Más allá de los discursos triunfantes, sin embargo, no son pocos los  indicios de su continuidad. Las dictaduras de derecha e izquierda pueden discrepar en todo menos en su imagen monolítica del poder. De este sedimento monárquico  trata un capítulo de El poder y el delirio, de Enrique Krauze. Para Krauze, Chávez es un restaurador del pasado de la “real gana”, una  versión macondiana de Fernando VII. Los nombres cambian pero las funciones quedan.

La historia puede ser un archivo, un museo y un libro que se llama historia. También, demasiadas veces, una novela. La exposición de Conde Duque, con toda su armazón documental e iconográfica, tiene algo novelesco. La historia que cuenta es tan generosa en máscaras, supresiones, omisiones y ambigüedades como en lemas, héroes, tapices patrios y oropel. No tiene una sola forma de ser contada ni, sobre todo, leída. Cuando se la lee en otra versión, a la historia se le descubre muy fácil lo que casi siempre se le niega: ironía, la menos ideológica o la más borgiana de las diosas.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a Leonardo Rodríguez EPISODIOS BORGIANOS

  1. Michael Vaisman dijo:

    Sólo la Historia miente mas que el Periodismo!

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