Silvia Dioverti COMPARTIR

El 23 de diciembre de 1935 aparece en El Universal un artículo de Enrique Bernardo Núñez en el cual el escritor anuncia una nueva sección: Norte.

(…) Es el título de un periódico que proyectábamos hace tiempo. Una flecha cuyo blanco sería el alma popular. Un sueño, uno de tantos sueños que dejan siempre su estela en la conciencia, imposibles durante tanto tiempo, particularmente en la amargura silenciosa de los úl­timos tres años, cuando teníamos la sensación de caer sin caer nunca. Pero a veces los sueños vienen a ser una realidad o llegan hasta nosotros en formas tangibles. Primer sueño. El alma de un pueblo que se revela de pronto. Lo que no fue —el proyecto que no halló apoyo de nadie— será al menos esta columna en El Universal. Comenzamos, pues, con esta segunda parte de aquella otra, «Signos en el Tiempo», publicada en este mismo diario y encaminada a igual fin.

En la primera entrega de Norte, Enrique Bernardo Núñez se propone “Orientar la opinión”, y en las siguientes desarrolla, con igual lucidez y maestría, temas como “Un problema de orden público”, “Fetichismo” “Contestación al doctor Mendoza Aguerrevere”, “Descifrar el presente”; y el 31 de diciembre, a pocos días de la muerte de Juan Vicente Gómez, despide el año —uno de esos últimos tres en los que tuvo la “sensación de caer sin caer”— con uno de sus artículos más conmovedores: “El presidente de la República”[1]. Conmovedor ahora como entonces, porque en él se trasluce ese hombre que tuvo fe en la humanidad, que con su palabra luchó por liberar el pensamiento de telarañas, que tuvo una vida poco fácil, acosada por las necesidades materiales y, sin embargo, jamás dejó de levantar su voz cuando la realidad se le hacía opresiva; escasa, a veces, la esperanza.

Conmovedor ahora, en este siglo XXI y su mundo, cuando las palabras de ese artículo suenan a fábula, a ilusión trastocada, a eso que algunos psicólogos llaman “expresión de deseo”; deseo, mas no realidad. Conmovedor porque hemos andado tanto y aprendido tan poco; porque todos, de una u otra manera, hemos traicionado su esperanza, dado al traste con aquello que él soñaba para las generaciones del futuro.

¿Era Eleazar López Contreras, a la sazón presidente encargado, ese hombre que describe EBN en su artículo? ¿O eran sus palabras una especie de consejo prudente y encubierto, un “mire usted, señor Presidente, esto es lo que quisiéramos que lograra…”? No lo sé, los historiadores tendrán sus argumentos en pro y en contra. Yo sólo me conmuevo y quiero compartirlo. Me conmuevo porque no veo ningún país similar en orden y armonía a ese que él nos muestra; no veo a nadie que se parezca a ese presidente. Hoy no existe ni lugar ni persona que encarne ese anhelo recóndito al que, con derecho, aspiramos todos los habitantes del planeta. Me conmuevo y me entristezco porque ahora ya sé que ese “espíritu militar” puede también mostrarnos el lado oscuro y terrible de su fuerza.

Tal vez la semblanza que EBN hizo del presidente haya sido —como él dice del periódico que alguna vez proyectó— sólo “un sueño, uno de tantos sueños que dejan siempre su estela en la conciencia”; pero, aunque así fuera, igual me conmueve. Por eso detengo mi decir —casi siempre atolondrado—  para dar cabida a sus palabras.  Aspiro a que la estela de su sueño siga creando, a través del tiempo y de las distintas geografías, esa consciencia que él quiso para todos nosotros.

Silvia Dioverti

NORTE

EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

La presidencia de la República es ahora un gabinete de trabajo rodeado de silencio. Si acaso el sonido de un timbre o las maquinillas de escribir se oyen en aquella soledad laboriosa. En la mesa se amontonan hermosas carpetas rojas con letreros alucinantes. El hombre que vemos allí labora sin descanso; trabaja diez y ocho horas diarias. La masa de hombres que él dirige trabaja asi­mismo de consuno con él en aquella obra: la construcción de un país. Moviliza materiales inmensos con fuerzas acumuladas largo tiempo. La labor ha sido gigantesca. Ha sido preciso desmontar el edificio y hacerlo de nuevo. Aquellas carpetas rojas apiñadas en la mesa del presidente guardan preciosos apuntes; porque allá lejos —en medio de la selva— estudian los técnicos el modo de aprovechar las caídas de agua para la electrificación del país, mientras otro grupo, a la cabeza de un verdadero ejército, se entrega a obras de saneamiento en regiones inmensas, y aquel otro -todo dentro de un mismo plan admirable- ha emprendido vastas obras de riego o comenzado la fun­dación de una colonia; la conquista de la tierra. Las banderas del campamento flotan al aire y se oyen alegres canciones. En aquella casa cuadrada donde salen y entran obreros se imprimen libros que son distribuidos rápidamente. Libros de historia, de geografía, de artes. Manuales diversos. Libros con historias maravillosas y bellas estampas para los niños y para esos otros niños mayores que son sus padres. Sobre aquellos campos verdes, perdidos de vista en el hori­zonte, pasa un bullicio de colmena. Los pueblos tan hermosos, tan nuevos, de rojos techos, surgen de las lomas, y de vez en cuando se desprende de ellos un sonido armonioso. Las calles relucen, tan limpias como los caminos que cruzan todo el país, con sombra de ár­boles. Las cosechas se apiñan en los puertos para ser llevadas en hermosos navíos blancos en cuyos mástiles ondea la bandera venezo­lana. Hay también —y surge de vez en cuando en los puertos— una fragata con velas hermosísimas que lleva por el mundo a los alumnos de la escuela naval. Y un buque de otro tipo —un crucero de guerra— que ostenta en los costados el nombre insigne de Andrés Bello. Todos aquellos obreros que trabajan en tan diversas obras tienen algo del espíritu militar —de su disciplina— porque todos han sido soldados, todos han servido en el ejército, y así los servicios públicos en las ciudades son perfectos. Tienen su cuerpo de bomberos dotados de una organización magnífica; sus laboratorios e institutos de agro­nomía dedicados a una experimentación continua e independientes de toda intención burocrática. Cuerpos destinados a la vulgarización de conocimientos. Universidades libres. Ciudades universitarias. Hospitales modelos. Hay parques inmensos con piscinas y juegos —no para éste o aquel niño— sino para todos los niños. Lindas escuelas y barrios de obreros con .jardines y parques. Escuelas al aire libre, en medio de bosques. Allí —donde antes había una cárcel— hay ahora una plaza hermosísima con la más bella fuente de la ciudad. Los obreros tienen clínicas, bancos de ahorro, campos para deportes, sa­las de fiestas. Conciertos al aire libre. Bibliotecas populares. La prensa tiene sus palacios con salas de conferencias y exposiciones y escuelas. Las alamedas se extienden pobladas de estatuas sobre las cuales caen en una fantasmagoría de otoño las hojas del verano. Ya no hay vagancia, ni mendicidad, ni alcoholismo. Como hay trabajo para todos, y la riqueza está bien distribuida y hay una recta y rápida y cabal administración de justicia, el hombre ha encontrado que tiene un fin más digno. Ya no hay aquel vacío en su vida que le inspiraba un continuo deseo de evadirse, de huir de sí mismo y le hacía cultivar la taberna y la casa de juego. Ni tampoco se di­rigen al Presidente para que les resuelva los problemas más insig­nificantes -hasta el precio de los víveres- porque a ese fin tienen sus corporaciones que vigilan aquel mecanismo y sus cámaras donde los representantes de todas las actividades consideran los proble­mas sometidos a su estudio. Y así en todo ese ritmo creador hay una armonía, un orden perfecto. Y hasta el hombre que derriba un ár­bol en la montaña realiza su labor con alegría y esperanza porque sabe que también le cabe su partecita de responsabilidad en el des­tino de todos; de la República.

El presidente se levanta para tomar un momento de descanso. El día ha sido de una recia labor. Ha estudiado unos cuantos proyectos; ha despachado con varias comisiones; ha celebrado gabinete y asisti­do a unos actos públicos. Y todavía ha de hacer algunas indicaciones; despachar con sus secretarios una voluminosa correspondencia; escri­bir un artículo para un periódico; conocer de una multitud de asun­tos y preparar el trabajo del día siguiente. Por la ventana de su gabinete entra una brisa con los aromas del valle que se pierde ver­de y florido, entre las serranías. Y sus ojos se detienen un instan­te en aquel monte indio que lleva un hermoso nombre castellano. Hay todavía allá, en la cima, una mancha de sol y las nieblas de la tar­de bajan apretadas y apresuradas hacia el valle.

Enrique Bernardo Núñez

El Universal, Caracas, 31 de diciembre de 1935


1. Todos los artículos mencionados se pueden consultar en la sección hemerográfica de la Biblioteca Nacional.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a Silvia Dioverti COMPARTIR

  1. En estas encrucijadas en donde se define el destino de una nación, a los intelectuales como EBN les toca perfilar el país soñado en una firme vocación de crear norte y conciencia. De cualquier forma sueño o realidad esta semblanza es hermosa y esclarecedora.

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