Leonardo Rodríguez MADRID: UNA DESPEDIDA

Me despido de mis amigos madrileños y pienso (no es la palabra) en la ciudad donde he vivido los últimos tres años. Un amigo dice que por cada año de residencia en un lugar, el saldo es un centímetro de raíz. ¿Qué hará con mis centímetros de raíz el nuevo inquilino? Lo mismo, me atrevo a pronosticar, que hace todo el mundo con las raíces de las casas anteriores. Convertirlas en fantasmas.

El apartamento en el que he vivido los últimos dos años (antes estuve en otro del vecindario) conserva el mismo mobiliario: todo Ikea, sus ángulos duros, sus colores tajantes, su comodidad, como el set de una película sueca de bajo presupuesto. Un cuadro con la cara de Audrey Hepburn, antes medio escondido tras la más deliciosa de las sillas de lectura, ha vuelto al sitio en que lo encontramos, presidiendo la sala que es su sala; las puertas ya vuelven a ser un poco ajenas y sin embargo ceden con una facilidad conmovedora. La escasa luz exterior hace rato me dejó de parecer un defecto. Dejo vagar mis ojos por las paredes de la sala y me doy cuenta de que las conozco y desconozco tanto como a mi sombra. Quizá no haya prueba mayor de intimidad.

La enana del segundo piso, uno de mis personajes madrileños predilectos, habla con voz rechinante. Hubo un tiempo en que se la oía sin cesar. Ahora, el silencio es cortejado por el crujido de las puertas, el metaforeo de los tacones y el tráfico escaso tras el portal. Desde mi ventana veo el zaguán que da a la calle. Durante el almuerzo (que en Madrid va de dos a cinco) y en la cena (de ocho y media a once y pico), el restaurante de la planta baja produce un zumbido discreto pero animado, como una zarzuela recatada, aunque he escuchado irrefutables merengues dominicanos salidos de la cocina. Sólo una vez, por pereza de cocinar, comí allí y no quise repetir.

Confieso no ser un fanático de la comida popular madrileña. Me parece cerril y repetitiva; en días de malhumor he creído que se trata de una herencia de posguerra. Celebro, sí, las tostas, uno de mis snacks preferidos. La tosta, pariente castellana de la pizza, es un bocado exhibicionista, entre el descaro y el desparpajo: muestra todo lo que tiene al apetito del comensal. Me gustan en particular las de bacalao, las de queso de cabra y las de jabalí. Una misma condición impúdica, aunque en tono  más comedido, tienen las barritas untadas con aceite de oliva y tomate.

Me he acostumbrado a muchas cosas de Madrid. A la cerveza, sin ir más lejos. La cerveza es por esencia igualitaria, y una cerveza barata es doblemente igualitaria. A la cerveza española la salva del populismo la ennoblecedora aunque no menos democrática compañía del vino. No conozco otro país europeo, salvo Portugal, donde el vino de calidad sea tan accesible al bolsillo de cualquiera. No tiene la sutileza del francés ni la elegancia del italiano, pero es un vino verdadero. ¿Cuántas veces no he creído encontrar alguna verdad frente a un vino español? Tal vez en la convivencia de vino y cerveza esté la clave de la casi impensable concordia peninsular. Siempre con tostas y tapas alrededor, eso sí.

Me gustan las puertas de los edificios madrileños. Las más viejas son de finales del XIX y principios del XX, una época particularmente coqueta en términos históricos, al menos de creer a las leyendas. Había quien fechaba los edificios como quien fecha un documento importante. La estética de aquellas puertas sigue marcando al Madrid actual: protectoras y corteses, con un amplio umbral propicio a los besos nocturnos y a las meadas desesperadas y también bárbaras. Madrid sigue siendo arquitectónicamente modosa: no tiene consideración con los amantes prófugos (casi no existe la institución del  hotel de paso) y tampoco con los bebedores olvidadizos. Como compensación, tiene una muy céntrica calle de prostitución, periódicos rebosantes de ofertas sexuales y un olor que imagino propio de la picaresca.

Madrid tiene un aire todavía inocente, pueblerino, infantil, sobre todo si se viene de ciudades donde la adultez se confunde con el desencanto y la vivacidad con el cinismo. En Madrid sobreviven muchos comercios ingenuos, comercios que no dan o no parecen dar dinero, todas esas almonedas regentadas por viejos atareados, los locutorios en cada calle, las tiendas de musarañas.

Digan lo que digan los nacionalistas autonómicos y los latinoamericanos resentidos, Madrid es de una casi sospechosa discreción, al punto de parecer más una capital de provincia que la antigua capital de un imperio. Es más ensimismada que arrogante; puede ser rancia, no feroz. No se siente en sus calles ni en su comida, como en Lisboa, la mano algo alucinada de sus herencias, proyectos y conquistas. Lo cual no quiere decir que sea ciudad sin huellas. Lo contrario.

En Madrid tuve lugares sagrados: el cine Verdi de Bravo Murillo, a la vuelta de la esquina; la Casa del Libro de la calle Fuencarral; los kioscos, recargado espejo de la rígida vida política española. Pero nada echaré tanto de menos como ese lujo profano que es caminar –el más machadiano de los verbos- en esta ciudad de calles largas y callejones secretos.

Por cada año de acogida, las ciudades echan al menos un centímetro de raíz en el alma de los incautos.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a Leonardo Rodríguez MADRID: UNA DESPEDIDA

  1. Miriam San Juan dijo:

    Soy caraqueña y escribo este comentario desde Madrid.
    Me gusta mucho todo lo que predicas de esta ciudad donde eché, hace unos años, mas de 20 centrimetros. Ciertamente, tiene un aire provinciano. Nada me sorprende mas que la impudicia de las señora mayores que en invierno bajan a las cafeterías con su bata de casa y sus pantuflas. Y de tando enraizarme ya no me sorprende la aspereza con que el madrileño subraya respuestas que lucen obvias, pero que no siempre lo son.
    Me encata este cielo madrileño, con frecuencia, sin nubes, invitando a la playa inexistente. Y caminar de la Puerta del Sol al Palacio de Oriente. Y llegar luego a los cines Renoir y ver alguna película española, casi siempre dura y turbulenta. Así veo a Madrid y así lo añoro antes de partir a Caracas, la ciudad que ya no existe sino en mi memoria.
    Te felicito, por todos los predicados de Madrid y porque nos llevas con tus evoacaciones al momento mismo en que los sentistes, transitando por ese pisito y sus muebles de Ikea, un pedacito, pedazote de Suecia por el mundo.

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