Trino Márquez PDVAL: LA EFICIENCIA COMUNISTA

La podredumbre descubierta en PDVAL representa una metáfora, una imagen abstracta, del desastre en el que el teniente coronel convertió al país desde hace once años. Todos los vicios, distorsiones, abusos, piratería, corruptelas y excesos cometidos por los comunistas del siglo XXI a lo largo de más de una década –dos gobiernos y algo más de los anteriores-, se condensan en esa gigantesca montaña de alimentos que la irresponsabilidad e incuria del oficialismo permitieron que se pudriera.

Los comunistas que capturaron el Poder Ejecutivo no creen en la descentralización. Allí tienen los resultados. Puerto Cabello, que a partir de 1990 —cuando su administración y gerencia pasaron a manos del estado Carabobo— fue un modelo de eficiencia, en claro contraste con lo que era antes de que se produjera la transferencia. Durante un largo período ese puerto funcionó de forma eficiente. Superó las perversiones que los sindicatos y la desidia del gobierno central habían propiciado. Con la descentralización el puerto se modernizó, se introdujeron técnicas de gerencia profesional, las aduanas les dieron réditos importantes a la gobernación y al estado Carabobo en su conjunto. Este éxito no lo toleró el comandante. Su voracidad insaciable lo llevó a recentralizar el servicio y a volver a la situación anterior a la del 90. Los efectos están a la vista: Puerto Cabello se convirtió otra vez en un trapiche; las antiguas depravaciones retornaron, pero repotenciadas. La trama de complicidades entre las autoridades de PDVAL y los funcionarios encargados de supervisar el funcionamiento del puerto, constituyen la razón del inmenso fraude perpetrado contra la nación.

Los comunistas no creen en la división del trabajo. La cuestionan por ser, supuestamente, un instrumento del capital y la burguesía para alienar al ser humano y recortarle su capacidad creadora. Se creyeron el cuento de Marx en los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844 y en la Ideología Alemana. Según esta fábula, el hombre puede ser cazador en la mañana, obrero industrial en la tarde y filósofo en la noche. Tal utopía no la materializaron ni siquiera los atenienses. Según esa quimérica manera de ver el mundo, el Estado está obligado a ocuparse de lo humano y lo divino. Esto rige, por supuesto, para la principal empresa del país, PDVSA (ahora llamada con el ridículo nombre de la Nueva PDVSA Socialista, como si el negocio petrolero —el más importante y globalizado del planeta— pudiese socializarse). Además, ahora andan con el cuento de que en las empresas comunales no habrá división del trabajo, las jerarquía desaparecerán y todos los trabajadores serán iguales. Tantos serán los equilibrios, que dejarán de producir hasta jabón y pasta dental, como ocurrió en la China de Mao y en Cuba.

Coherentes con ese principio, la empresa petrolera —además de extraer crudo, refinarlo, venderlo y cobrar por ello— debe dedicarse  a diseñar y ejecutar programas sociales, entre ellos, comprar alimentos y distribuirlos. Los efectos de semejante disparate pueden palparse. Convertir PDVSA en un pulpo que se apodera y controla todo ha tenido consecuencias letales. La nación perdió centenas de millones de dólares en importar alimentos descompuestos y medicinas vencidas, al tiempo que el holding redujo casi a cero su capacidad de invertir, repontenciar los pozos que se han ido secando y explorar y explotar áreas no tradicionales donde cuesta más caro hallar el crudo. El gobierno acabó con una empresa exitosa convirtiéndola en un bacalao burocrático e incompetente, que costará mucho tiempo y dinero recuperar. Se producen y venden menos barriles de petróleo, pero se derrocha y desperdicia más el dinero de los venezolanos. A pesar de haber creado MERCAL, se embarcaron en una aventura comercial irresponsable. No respetan ni siquiera las áreas especializadas que ellos mismos crean.

Los comunistas, por la misma razón que atacan la división del trabajo, descalifican la gerencia profesional. Todo lo que suene a tecnocracia y a meritocracia les provoca repulsa, les resulta odioso. Los resultados saltan a la vista. Los improvisados y toderos que se empotraron en la administración pública —muchos de los cuales no saben distinguir entre una lámina de aluminio y un barril de crudo, o entre una caraota y una yuca— acabaron con la gerencia profesional en los organismos públicos y en las empresas del Estado. PDVSA se encuentra en la ruina financiera y es un caos gerencial. No cuenta con recursos para pagarles a sus proveedores y contratistas, ni con el personal capaz de sacarla del bache en la que Chávez y Ramírez la hundieron. El Intevep desapareció. En la misma situación se encuentran las empresas de Guayana, el Metro de Caracas y la Electricidad de Caracas. La aniquilación de estas empresas se lleva a cabo en nombre de la participación obrera, la “horizontalidad” en las relaciones laborales y de todas esas añagazas con las que el izquierdismo y el populismo les mienten a los ingenuos.

Los comunistas son eficaces en el arte de la demagogia. Lo lamentable es que estas dotes las demuestran a costa de la ruina de toda la nación. Eficiencia y comunismo son términos que se repelen. Pudreval está allí para demostrar cuan exitosos son los comunistas destruyendo un país.

@tmarquezc

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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