Trino Márquez LA COMUNA COMUNISTA

El giro del comandante hacia la izquierda radical —no sabemos si por alguna repentina convicción maoísta, o por el hecho de que ha tenido que aliarse, con la energía de un mastodonte, al grupo comunista procubano más ortodoxo, liderado por Elías Jagua y el Centro Internacional Miranda— lo han colocado en el terreno del comunismo marxista, esta vez sí sin ambigüedades de ningún género. Ahora propone un conjunto de leyes a las que podríamos llamar el combo comunista: Ley del Poder Popular, Ley de Contraloría Social, Ley de Planificación Pública y Popular, Ley para el Fomento y Desarrollo de la Economía Popular y Ley de las Comunas. A partir de estos adefesios jurídicos pretende “esbaratar” (Aristóbulo dixit) el Estado burgués e imponer un régimen de corte marxista, envuelto en el celofán de la democracia directa y protagónica de las masas. Pura demagogia, porque lo que en realidad busca es construir un Estado descomunal frente a una sociedad débil y fragmentada

Un paso importante en el camino hacia el comunismo es la Ley de las Comunas, esperpento con pretensiones jurídicas que convierte a la “Comuna” en la célula fundamental del “Estado Comunal” (Comunista) (Art.4), y sienta sus bases y principios a partir de los ensayos adelantados por la Comuna de París (1871) y, posteriormente, por los experimentos liderados por bolcheviques, moístas, cheguevaristas y polpotianos.

La Ley, aprobada en primera discusión en diciembre pasado, refleja una clara vocación hegemónica, sectaria y excluyente, opuesta a la Constitución. En su exposición de motivos y en varios artículos, por ejemplo el primero, se señala que la “Comuna es una entidad local socialista” y que su objetivo consiste en construir una sociedad y un Estado socialistas. En sentido estricto, se trata de una sociedad y un Estado marxista, es decir, comunista. Esto, por varias razones.

En el texto se elimina la propiedad privada, tanto de los medios de producción como del patrimonio individual; la propiedad de los medios se transfiere a una entelequia, la comuna, y pasa a ser “social” o “comunal”. A la propiedad personal se le despoja de un atributo esencial, la disponibilidad del bien (digamos, un inmueble,  no puede gravarse, ni enajenarse, ni dejarse en herencia) con lo cual el beneficiario tiene el derecho de posesión o de uso, pero no el de propiedad, lo mismo que los siervos de la gleba en el feudalismo o que los miembros que vivían bajo el comunismo primitivo o el despotismo oriental. El verdadero y único dueño de todo es el Estado.

Se busca demoler la sociedad abierta, tal existe en una democracia, con el fin de construir una sociedad cuartelaria, monacal, enclaustrada en “comunas”, donde el que no sea comunista será espiado, segregado y excluido. Ese humilde cristiano deja de ser ciudadano para transformarse en un paria, como ocurría en la URSS y en todos los países de Europa oriental, y sucede en Cuba, con quienes no forman parte de la “revolución” o del “partido”.  Con esa ley, para tener derechos hay que ser comunista, de lo contrario no existes. En el caso que nos ocupa, quien no sea comunista, por ejemplo,  no tendrá acceso a los recursos del Banco Comunal. Se “empoderarán” sólo aquellos individuos que se acojan a las directrices del Parlamento Comunal (PC) (Art. 21-24), del Consejo de Cumplimiento (CC), su órgano ejecutivo, (Art. 25-28) y de la Comisión Coordinadora, órgano operativo del CC  (Art. 29). Grupos como los clubes deportivos, las asociaciones de ecologistas, de música o de cine, simplemente no son mencionados. La infinita variedad de agrupaciones y organizaciones civiles que surgen en las sociedades urbanas complejas, no aparece por ningún lado. Hay que suponer que existirán solo si son aprobadas por el PC y se encuentran bajo la mirada atenta de los numerosos comités que la ley prevé. La libertad de agrupación resulta riesgosa.

En nombre del autogobierno y la participación directa, otra añagaza del comunismo marxista, el voto directo, universal y secreto, intrínseco a toda democracia, queda abolido en la Comuna. El ejercicio libre del sufragio es sustituido por el asambleísmo y el voto en las asambleas. ¡A levantar las manos! El comisario sabrá por quién vota Sutanejo y Perencejo. El sufragio libre es muy peligroso, ¿verdad, Tibisay?

La ley presenta muchos otros rasgos comunistas. Dejémoslo hasta aquí. Con lo dicho hay suficientes motivos para luchar contra la posibilidad de que cristalice.

@tmarquezc

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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