Verónica Cróquer Márquez EL REFLEJO EN EL ESPEJO

Sophie era una niña de trece años, tenía el cabello negro como el carbón, era liso y suave como la seda. Sus ojos color aceituna, grandes y casi redondos; su piel era suave y blanca por no estar en contacto con la luz del sol. Su boca era carnosa y muy roja como una cereza madura y jugosa. Era algo baja para su edad. Usaba siempre vestidos muy lindos y de colores extraños. Vivía en una casa grande que quedaba algo aislada del pueblo, a unos diez minutos caminando, había sido una casa muy hermosa en sus mejores tiempos, le perteneció a varias generaciones de su familia y ya estaba un poco deteriorada. Tenía un jardín bastante grande pero para nada mantenido, la entrada era alta y hermosa, la fachada en algún momento fue blanca, ahora está gris y pelada. El techo era de tejas negras pero ahora están llenas de musgo o algo parecido. Las ventanas eran grandes, la mayoría no tenían vidrios, porque algunos niños para molestar a Sophie le lanzaban piedras, su tía se enfurecía, pero los niños no le prestaban atención.

Los padres de Sophie murieron cuando ella estaba pequeña, en el pueblo dicen que tan solo tenía tres años. Su tía Florencia, a la cual Sophie no le simpatizaba en lo absoluto —era evidente—, quedó encargada de ella y, para decir la verdad, Florencia no le prestaba mucha atención a Sophie, sólo la regañaba y le decía que era una buena para nada. Tal vez te estás preguntando como sé estas cosas sobre Sophie. Bueno, todo empezó una tarde de julio en la que estábamos dos amigas y yo paseando y explorando por el camino de tierra que llevaba a la casa del terror —así le llamaban los del pueblo a la casa donde vivía Sophie, yo no entendía por qué, pero ese día lo comprendí— cuando de pronto escuchamos unos gritos. Eran gritos de rabia, con odio y ofensas. No voy a negar que mis dos amigas y yo nos asustamos un montón, pero decidimos acercarnos para escuchar mejor lo que pasaba dentro de la casa del terror y nos escondimos entre unas plantas del jardín. Aunque un poco lejos, se veía bien que pasaba y se escuchaba perfecto:

—¡Niña incompetente! ¿Me vas a decir que no sabías que tenías que lavar el piso y los platos? ¡Claro que lo sabías tonta, sabías perfectamente los mandados del día de hoy! Yo me paso el día entero trabajando para traer dinero y comida a la casa y ¿tú me pagas con esto? ¡Inútil!

—Ya. Por favor tía Florencia, discúlpeme, hoy no me he sentido bien. He estado indispuesta y débil ¡debe entender!

—¡No, yo no debo entender nada! Tú, niña mugrosa, tienes que cumplir con lo que te he mandado. ¡¿Entiendes?!

Vimos como su tía, al tiempo que decía eso, la tomaba por un brazo y la halaba de un lado al otro.

—¡Basta, deje de insultarme y maltratarme! ¡Me está lastimando!

En ese momento, justo antes de que la tía pudiera responder con algún otro insulto, Sophie saco un cuchillo. Era enorme, por lo menos así lo vi yo, mis amigas por el contrario dicen que era de un tamaño normal. Yo me asuste mucho, pero me quedé ahí para ver que sucedía, seguimos mirando y escuchando.

—¿Sophie, querida, que intentas hacer con ese cuchillo? —La tía soltó una risa de susto.

—Todo ha sido una confusión, yo no te he insultado muñequita. Vamos Sophie, entrégamelo, ¿si? —Le dijo a Sophie con voz temblorosa y con cara de susto.

Sophie empezó a gritar cosas que no entendíamos, de verdad no comprendía que le pasaba. “Se volvió loca” pensé.

—¡Suéltame, suéltame ya o te mato! —le decía Sophie a su tía, era lo único que podíamos comprender entre el miedo, la impresión y la distancia.

La tía se notaba bastante confundida y asustada, la soltó y se sentó en una de las sillas del comedor —creo que estaba en shock— no se movía, no hablaba, tenía la mirada fija en un solo lugar; mientras que Sophie parecía no entender lo que había ocurrido. Nosotras tres algo asustadas y sin querer saber como terminaría todo, decidimos irnos, ya era tarde. Salimos del montón de plantas muy silenciosamente y prometimos no contarle a nadie sobre esto.

Camino a mi casa no dejé de pensar ni un momento en Sophie y en su tía gritando. Decidí entonces, que a la mañana siguiente iría a ver a Sophie antes de ir al colegio. Sophie no iba al colegio, tenía una profesora que le daba clases en su casa.

Ese martes me levanté mas temprano, me bañé, me vestí, desayuné y salí apurada por el camino de tierra para ver a Sophie antes de que su profesora llegara.

Cuando crucé el jardín sentí una sensación extraña, como si algo sobrenatural estuviese invadiendo mi cuerpo. La puerta se abrió, me asusté muchísimo al ver que la tía de Sophie salía por ella, tenía una cara aterradora, realmente ¡parecía un monstruo! “De cerca sí que es horrible”, pensé mientras me escondía entre unas matas. Creo que la tía se dio cuenta de que estaba allí escondida, pero no le importó.

Al acercarme a la puerta escuché a Sophie, iba a tocar el timbre pero…dijo algo, algo que realmente me impresionó:

—¿Cómo podría matarla, te has vuelto loca?

¿Matar? ¿Matar a quien? Me pregunté. Alguien, no sabría decirte quién… respondió:

—¡¿LOCA?! Loca está ella, Sophie, cómo dejas que te maltrate de esa manera ¿Ah? Si tan sólo pudiera salir de aquí, te juro que esa Florencia estaría tres metros bajo tierra. Piénsalo Sophie, si la matas te librarás de ella.

¿Salir de dónde? ¿Quién era esa otra niña que hablaba con Sophie? Me pregunté.

Seguí escuchando:

—No puedo. —dijo Sophie sollozando. —¡Es demasiado para mi! Tú eres la mala, yo no lo soy.

Unas carcajadas retumbaron en la casa.

—¿Mala yo? No, no, no, no, somos lo mismo Sophie. Lo sabes perfectamente, tú y yo… ¡somos una! Sonaron mas carcajadas, eran de esas que aterrorizan a cualquiera, llenas de maldad y odio. Se escuchaba el llanto de Sophie.

Vi la hora y era tarde para el colegio, corrí fuera de esa casa, estaba tan confundida.

—¿Será que tiene una hermana? o ¿es ella misma y habla sola? ¿Por qué una lloraba y la otra reía? ¿Qué había detrás de esa puerta? ¿Por qué no la abrí o por qué no toqué el timbre?

Me hacía tantas preguntas. Para ninguna había una respuesta.

Cuando salí del colegio, fui de nuevo a buscar a Sophie. Esta vez, toque el timbre. Las piernas me temblaban, las manos me sudaban, sentí que me iba a desmayar. Se abrió la puerta y esta vez era ella:

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

Me sentí incomoda porque no me recibió como yo esperaba, o ¿como yo quería? Un poco molesta le contesté:

—Hola, vivo por aquí cerca y decidí venir porque he escuchado “rumores” sobre ti…

Sophie me interrumpió.

—Ah, sí, ¡claro! Pasa, mi tía aun no ha llegado.

En el pasillo de la entrada justo a la derecha había un hermoso espejo con el borde de plata, debajo una hermosa mesa de madera con un horrible florero. A la izquierda un pequeño armario para los abrigos y zapatos de invierno. Debo decir que se veía muy bien con la mesita. El interior de la casa era muy hermoso, estaba cuidado y limpio, nada que ver con la fachada. Seguimos por el pasillo y a la derecha estaba la sala, hermosa y limpia, los muebles eran de cuero marrón y hacían juego con una alfombra —que la verdad me pareció fea— de piel de oso. A la izquierda estaba el comedor, todo de madera también, la mesa era larga y las sillas muy sencillas. Seguimos por el pasillo y a la izquierda, estaban las escaleras que llevan a las habitaciones y los baños. Al final del pasillo estaba la cocina, era amplia, linda y tenía mucha luz, había un comedor mas pequeño. Allí ocurrió la pelea ente Sophie y su tía el día anterior.

Cuando estábamos entrando en la cocina, se escuchó la puerta. Sophie asustada y desesperada me pidió que me escondiera, que si su tía me veía allí se iba a enojar mucho. Me sacó por la puerta de la cocina y me dijo:

—¿Puedes volver mañana un poco mas temprano?

Yo asentí y corrí hacia el camino de tierra.

El miércoles en la mañana hice lo mismo, fui al colegio y al salir corrí para llegar mas temprano a casa de Sophie. Me abrió, esta vez más amable y fuimos a la cocina. Buscamos unas galletas y nos pusimos a hablar sobre nuestras vidas.

Mi mamá y yo vivimos solas porque mi papá nos dejó cuando yo estaba muy pequeña. No nos ha ido mal, la verdad, pero a veces mi mamá se siente sola y lo extraña. Le conté que me gusta pintar y que soy muy buena en matemáticas, que tengo dos amigas que han sido muy buenas conmigo y las quiero como sé que ellas a mi. Creo que es hora que tengan una idea de como soy, ¿no? Bueno comencemos, me llamo Natasha, tengo trece años al igual que ella, mi cabello es castaño claro al igual que mis ojos. Mi piel es blanca, pero no tanto como la de Sophie. Mis labios son delicados y delgados y considero que tengo un buen tamaño para mi edad. No me gustan los vestidos, prefiero usar pantalones o shorts de colores alegres y lindos, con alguna camiseta bonita y fresca. Le conté todo eso a Sophie, ella me escucho atenta y curiosa, quería saber más pero yo también quería saber más sobre ella, además de lo obvio. Para comenzar a conocerla le pregunté sobre sus padres, aunque ya yo sabía por los chismosos del pueblo que habían muerto.

—Mis padres murieron cuando yo tenía tres años, la versión de mi tía es que iban de viaje a visitar a unos amigos que se iban a casar y tuvieron un accidente de tránsito en el que murieron ellos y la familia que iba en el otro auto. Por mi parte, pienso que ella los mató.

—¿Qué? ¿Por qué piensas eso Sophie? Le pregunté.

—Porque mi tía siempre ha sido una persona muy mala y mal intencionada, mis papás tenían mucho dinero y Florencia los envidiaba y quería tener todo lo que ellos tenían, entonces pienso que ella le hizo algo al carro para ocasionar el accidente.

No podía creer lo que Sophie me estaba contando, era algo realmente loco, se necesitaba envidiar y odiar mucho a una persona como para pensar o… hacer, algo tan descabellado.

Sophie continuó: —Después que informaron la muerte de mis padres, ella logró quedarse con todo lo que debería pertenecerme, es mi tutora y por lo tanto debe encargarse de todo el dinero y la casa, ya sabes. Mi tía se gastó todo el dinero que dejaron mis padres para mí y que tanto esfuerzo les había costado, tuvo que ponerse a trabajar y allí fue cuando todo empeoró.

Sabía lo de la herencia también. En el pueblo comentaban mucho esa posibilidad de que Florencia había matado a los padres de Sophie por el dinero y la casa, pero contado por la misma Sophie sonaba… tan real. Ella tenía una expresión de odio y en sus ojos pude observar las ansias de venganza. Por un momento me dio miedo, sentí escalofríos y la piel se me erizó.

Fue cuando me dijo:

—Sabes Natasha, siento odio por ella, a veces me dan ganas de desaparecerla —hizo una pausa, en sus ojos permanecían el odio y las ganas de venganza. —¡De matarla!

—¿Matarla? ¿Cómo podrías desear eso, te has vuelto loca?

Me asusté tanto, sentí el miedo correr por mi cuerpo, su odio penetrar en mí como si yo fuese parte de ella, parte de su venganza. Por un momento me perdí en sus sentimientos de maldad y rencor, en ese instante sentí lo que ella sentía y el dolor que había vivido tantos años. Ella se quedó ahí, sentada, pensativa, parecía que era otra, parecía que nunca me hubiese dicho eso, que nunca sintió odio… parecía feliz. Yo me quedé observándola, y cuando por fin iba a  decirle algo… se escuchó la puerta.

—¡Sophie, Sophie! —susurré. Ella no reaccionaba, de sus ojos brotaron lágrimas, no entendí que estaba pasando con ella, me costó dejarla ahí pero tenía que irme.

Antes de salir, le dije al oído: —Sophie, cuídate mucho. Mañana vendré a la misma hora.

Huí por la puerta de la cocina para que su tía no descubriera que nos veíamos. Corrí tan rápido como pude, como nunca antes. El miedo seguía en mí, aún lo sentía correr por mi cuerpo.

Al fin llegué a casa, sana y salva, pero con tantas preguntas y… con ese miedo, que en el fondo sabía, no se iría jamás. Me sentí cómplice, que debía ayudarla a salir de ahí.

A la mañana siguiente, al igual que los dos días anteriores fui a verla. Esperé que su tía saliera, me acerqué y… de nuevo escuché, escuché gritos:

—¡NOOOO! ¡Tienes que dejarme en paz, yo no puedo hacer lo que me pides! ¡Estás loca!

Mi miedo iba creciendo cada segundo. Abrí la puerta y la vi ahí, al lado de la mesita de madera sentada agarrando sus rodillas, llorando como nunca antes había visto a nadie llorar —ni siquiera a mamá por papá, y mira que lloró bastante, eh. Sentí su angustia, su tristeza, su dolor, sus miedos. Me agaché y la abracé con amor, ella también lo hizo. Cuando se calmó un poco, le pedí que me explicara todo, era la segunda vez que venía y la escuchaba gritar… y ella estaba sola. No hubo respuesta.

—¿Quieres que me quede hoy contigo? Le pregunté.

—No, tú tienes que ir al colegio y mi profesora debe estar por llegar. Pero… ¿puedes volver en la tarde?

—Sí Sophie, vuelvo a la misma hora de siempre.

Me fui al colegio y como le prometí volví al salir. Cuando estaba llegando, en el camino de tierra, vi a lo lejos que se acercaba el carro de su tía, pero no podía irme a mi casa sin antes hablar con Sophie. Fue entonces cuando decidí arriesgarme. Florencia entró y como de costumbre se escucharon gritos e insultos, yo crucé el gran jardín y con cuidado para no hacer ruido, entré por la puerta de la cocina. Por suerte ellas estaban en la sala y no podían verme. Le dejé una pista a Sophie, coloqué la cajita de las galletas en el centro de la mesa —sabía que ella entendería— y me escondí arriba en su cuarto o al menos creo que era de ella. Era realmente hermoso, tenía una pared pintada de rosa claro, la pared de enfrente estaba cubierta por un espejo. Su cama parecía de princesa, las sábanas eran del mismo rosado de la pared, un balcón con una vista hermosa, se veía el pueblo hacia la derecha y el bosque hacia la izquierda. Era bastante extraño, tenía unas escaleras de piedra que daban a la parte de atrás del jardín justo al lado de la puerta de la cocina por donde yo siempre escapaba. Y en el techo había un dibujo muy curioso.

Dejé de escuchar los gritos. Las escaleras sonaron, me asusté. Sólo podía pensar en que Sophie tenía que entrar a la cocina, porque si no nunca se daría cuenta de que la estaba esperando. Estuve un rato detrás de su cama sentada, esperé, esperé y esperé. Se escucharon nuevamente las escaleras y supe que era ella, abrió la puerta y luego la cerró con llave.

—¿Estás ahí, Natasha?

Su voz tenía un tono de alegría, le respondí:

—Sí, aquí estoy. Que bueno que entendiste mi señal.

Ella, sonriendo, me hizo señas para que me sentara con ella en la cama. Hablamos un buen rato sobre muchas otras cosas que nos habían pasado.

Me dio curiosidad saber, y le pregunté: —Oye Sophie, ¿por qué esa pared es un espejo?

Su cara se transformó, estaba asustada, un poco asombrada también.

—Bueno… es que… yo tengo un secreto. Nadie lo sabe, y la verdad no se si deba contártelo.

Mi curiosidad aumentó mucho más. Le dije que jamás la delataría, que podía confiar en mí. No la convencí, pero prometió que en su momento, me lo revelaría.

Continuamos nuestra conversación y cuando ya empezaba a ocultarse el sol, le dije que tenía que marcharme.

—Natasha, debes bajar por las escaleras del balcón, es más seguro, así mi tía no podrá verte.

—Sí Sophie, entonces… ¿nos vemos mañana?

Asintió, nos despedimos y me fui.

Estuvimos viéndonos todos los días durante dos años, nos hicimos las mejores amigas, nos contábamos todo, bueno… casi todo. Aún no sabía cuál era su secreto, pero la última vez que hablamos me prometió que me contaría el día de su cumpleaños número quince, que era en una semana.

Nunca nos descubrieron. Mi mamá trabajaba hasta tarde, a veces llegaba a las dos de la mañana. Pero su tía si estuvo apunto de descubrirnos en varias ocasiones porque a veces llegaba más temprano y yo todavía estaba allá con ella. No nos importaba, ya no le teníamos miedo, yo me escapaba o por la cocina o por las escaleras del balcón.

Hoy cuando llegué de casa de Sophie, para mi sorpresa… Mamá había llegado.

—¿Dónde estabas tú, Natasha? ¿Por qué estás llegando a esta hora si saliste del colegio a las dos?

Mi mamá se veía furiosa, no podía decirle nada sobre Sophie pero entonces… ¿qué le iba a decir? Me quedé callada un momento y luego le dije:

—Mamá tranquila, te prometo que te explicaré, pero ahora no puedo.

—¿Cómo que no puedes? ¡Necesito una explicación ya!

No sabía qué hacer, ni qué decir. Me tenía entre la espada y la pared.

—Es que tengo una amiga, nos hemos estado viendo desde hace dos años, somos mejores amigas mamá. Yo sé todo sobre ella y ella sabe todo sobre mí.

—Y ¿por qué no la conozco, cuál es el misterio? ¿Cómo se llama?

Noté que mi mamá estaba más calmada, aunque sabía que se iba a alterar mucho cuando le dijera quien era mi amiga misteriosa.

—No la conoces porque su tía no la deja salir. Es Sophie, mamá, la de la casa del terror.

Su cara cambió por completo, estaba realmente molesta, pude sentir que tenía miedo.

—¡¿Qué, qué?! Natasha, ¿te volviste loca tú también? ¿Cómo puedes ser amiga de esa niña?

Cuando iba a darle una explicación y a contarle la historia, me gritó: —¡Te prohíbo que vuelvas a esa casa, y estás castigada! Hoy me despidieron del trabajo, mientras busco uno, te tendré vigilada. Tienes que llegar a las tres de la tarde como máximo. Ya te lo advertí, no te acerques más a esa loca.

—¡No mamá, por favor! déjame contarte todo. Ella no está loca…

Me interrumpió: —¡Ya te dije!

Me fui a mi cuarto, arreglé unas almohadas en la cama para que mi mamá creyera que estaba dormida y salí por la ventana. Necesitaba decirle esto a Sophie. Corrí hasta la casa del terror y subí las escaleras hasta su balcón. Abrí un poco la puerta y me asomé, iba a entrar pero escuche:

—No puedes contarle, nadie debe saber nuestro secreto.

—¿Cómo que no? Yo confío en ella, sé que si le cuento no dirá nada.

—¡Que tonta eres! Crees que después de saber todo… ¿seguirá siendo tu amiga?

Escuché la misma risa malvada de la primera vez, era imposible olvidarla. Fue cuando vi el espejo, Sophie caminaba a lo largo del cuarto, pero al voltear, ella estaba sentada en el borde de su cama. ¿Cómo podía ser esto posible? ¿Qué estaba pasando? Entré a la habitación: —¿Sophie?

Ella sabía lo que yo había visto, y me dijo: —Este es mi secreto Natasha, ya lo sabes.

Aún yo no comprendía bien y ella me explicó: —Mi reflejo en el espejo me habla, es como si fuera otra persona, pero a la vez soy yo misma. A veces, cuando digo cosas como “quiero matar a mi tía” es ella, la mala… no yo. Sé que es complicado de entender, pero mi reflejo es mi otro yo, no sé si me entiendes.

Pensé un poco y luego le respondí: -Sí, claro que entiendo. Entonces ¿todos dicen que estás loca sólo porque tu reflejo habla contigo?

—No Natasha, nadie sabe sobre esto. La gente dice que estoy loca porque no salgo nunca de aquí.

Le conté que mi mamá me había prohibido verla, ella entendió, nos despedimos. En el fondo sabíamos que sería la última vez que nos íbamos a ver.

Volví lo más rápido que pude a mi casa y entré de la misma manera que salí.

Al despertar, mi mamá estaba aún molesta y me dijo: —Natasha, decidí que yo voy a buscarte todas las tardes al colegio y vendremos juntas caminando. Alístate que también te acompañaré.

Me sentí tan mal, jamás iba a ver a Sophie… mi mamá no lo permitiría.

Pasaron los meses y cada día que pasábamos por el frente de la casa del terror, miraba hacia la puerta… tenía la esperanza de que Sophie se asomara para saludarme —así fuera de lejos— pero eso nunca pasó. Volví a salir con mis antiguas amigas y les conté la razón por la cual me había alejado, me disculparon y volvimos a ser las de antes —pero yo extrañaba hablar con Sophie, mi mejor amiga.

Un día, después de casi un año sin saber de ella, les dije a mis amigas que fuéramos a curiosear por aquel camino de tierra, como hacía tanto tiempo.

No se escuchaba nada, estaba todo tan callado y tranquilo, el carro de la tía tenía tierra y estaba lleno de hojas, tenía tiempo sin usarlo —se notaba—, parecía que ya no vivía nadie ahí.

—¿Por qué no entramos? Les dije a mis amigas.

—¡¿Qué, estas loca?! No podemos entrar. —Me dijo una de ellas.

—Sí, ¿cómo podríamos entrar así en esa casa? estás loca, Natasha. —Me dijo la otra.

—No, yo conozco perfectamente esa casa, nada podría pasarnos. ¡Vamos!

Las convencí y entramos por la puerta de atrás, como era mi costumbre. Ellas se impresionaron con lo hermosa que era la casa del terror en su interior. Por mi parte la noté bastante sucia y descuidada. Caminamos con cuidado para no hacer ruido, por si estaba la tía, y no nos escuchara.

Pronto nos dimos cuenta de que no había nadie ahí. Subí las escaleras y entré en el cuarto de Florencia, aún con cuidado. No había nadie, luego en el cuarto de Sophie, vacío. Pero vi algo, una carta:

“Querida Natasha, fuiste mi única amiga y realmente confié en ti, si lees esto es porque intentaste volver a verme, tal vez nunca lo leas pero debo decirte lo que hice. Luego de saber que ya no te vería más, hablé con mi tía, le pregunté que había pasado con mis padres y le dije que necesitaba la verdad. Me contó que lo del viaje del carro —como ya lo sabía— era mentira, que ella me había dicho eso porque la verdad me dolería muchísimo y que ella no permitiría que yo viviera con eso durante toda mi vida. Al principio no le creí, pero luego comprendí que ella no me estaba mintiendo. Lloró mucho, casi no podía hablar, me pidió perdón por todo el daño que me causo y por haberse gastado la herencia que mis padres habían dejado para mí. Me contó que ella también había sufrido mucho y que me guardaba rencor por lo que hice…

Estaba en suspenso, ya quería terminar de leer la carta para saber la verdad pero entraron mis amigas y la escondí. Tenían una cara de terror estaban asustadas, sentían miedo, no podían hablar.

—¿Qué les pasó, por qué tienen esas caras? —pregunté.

—Natasha tienes que ver algo. Ven. —me dijeron.

No se los voy a negar, me asustaron. Bajamos las escaleras y me llevaron a la entrada. Allí estaba, acostada, inmóvil; sus ojos estaban cerrados, su piel estaba más blanca que de costumbre, su cabello peinado, limpio y arreglado y un vestido blanco, era muy hermoso. Tenía un pedazo del espejo con borde de plata en su mano derecha y de la izquierda había salido un mar rojo de sangre. Era Sophie, estaba muerta. Grité con todas mis fuerzas y de mis ojos brotaron cristalinas lágrimas de dolor y tristeza. Tenía que salir de allí, no podía con el dolor, mi mejor amiga, estaba muerta.

Mis amigas me llevaron de vuelta a casa, se quedaron conmigo acompañándome hasta que me calmé. Luego les conté todo lo que Sophie y yo habíamos hablado durante nuestros dos años de amistad. Me escucharon atentas, les leí la carta, así continúa:

…Florencia me confesó que mis padres no murieron cuando yo tenía tres años sino a mis seis años de edad y, con una cara de dolor, con ojos apagados y mirando hacia abajo, me dijo “Sophie, tú los mataste”.

No podía creerlo, lloré tanto Natasha. ¿Cómo era esto posible? ¿Cómo una niña de seis años podía matar a las dos personas que le dieron la vida y quienes más la amaron? Era imposible para mí creer esto. Entonces, me miré en el espejo y ella confesó. Mi reflejo dijo “sí, los matamos Sophie”.

Traté de vivir con la culpa, con ese sentimiento tan horrible que es la culpa. Pero ya no puedo más amiga, no puedo vivir sabiendo la verdad. Mi tía me abandonó, ya mi profesora no viene, estoy sola.

Me hubiese gustado despedirme de una mejor manera, contarte todo personalmente, pero no, no puedo más. Te quise mucho, amiga, nunca lo olvides. Prometo cuidarte y guiarte por el camino correcto siempre.

Cuídate mucho, Natasha, espero algún día nos encontremos. Con amor, Sophie”.

Mis amigas me abrazaron. Después de eso fuimos más unidas, le conté todo a mi mamá, me comprendió y se disculpó conmigo, se dio cuenta de que había cometido un error. La relación con ella también mejoró mucho. Mi vida no estaba tan mal como pensé que estaría después de ver a Sophie ahí sin vida.

Pasaron los años, todo marchaba muy bien conmigo, sentía que de verdad ella estaba cumpliendo su promesa, me cuidaba y me guiaba. Por las noches siempre le hablaba, la sentía ahí, ella era mi ángel guardián.

FIN

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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