Felipe Valdivieso Cox ALGUNAS IDEAS SOBRE “ACTOS INDECENTES”

Desde el 16 de julio viene presentándose con gran éxito en Escena 8 la obra teatral del venezolano Moisés Kaufman Actos Indecentes, sobre los tres juicios en 1895 del escritor irlandés Oscar Wilde. Lo que sigue es un repaso compositivo de algunos elementos de evaluación de la obra referidos exclusivamente a lo formal, quedando para alguna oportunidad posterior el análisis de los temas de fondo explícitos e implícitos, así como los mensajes y matices involucrados, que son muchos, complejos e interesantes. Entonces:

Puesta en escena y escenografía: muy sencilla —minimalista—, sólo los elementos necesarios para la expresión eficaz de lo que se quiere decir. Con lo básico se da cuenta claramente de la época, lugar, situación. Aplica también esta valoración para el vestuario. El elemento luz amerita ser particularmente resaltado ya que crea las atmósferas requeridas para cada segmento dramático, subraya emociones y focaliza la atención del público en personajes, momentos, espacios, según se necesite. Es lenguaje teatral común pero bien usado. Realmente agrega valor y demuestra solvencia de dirección y equipo. Los elementos música y sonido, además de apropiados a los fines de cada segmento de trama, son muy notables porque en ocasiones opera como adjetivo que califica o acentúa el momento dramático, mientras que en otros el sonido pasa a ser la acción, el hecho, el sustantivo, lo que define qué sucede en escena.

La historia: relatada de manera tan clara que no hay forma de perderse. Se infiere un deseo muy fuerte del creador de que el público siga el relato y capte sus significados evidentes y los no tanto.

Los Personajes y las actuaciones: recreados en la mente del director de manera cercana a lo que pudo ser una parte de la realidad y representados por los actores con sorprendente naturalidad y verosimilitud, sin excesos. El perfilado que hace Kaufman y la personificación que escenifica Javier Vidal como Oscar Wilde impactan y transmiten con intensidad pero también con mesura las motivaciones y el arco dramático del personaje. Parecido aplica al personaje sir Alfred Douglas —joven amante de Wilde— y de quien lo personifica, Juan Carlos Alarcón. También son destacadas las actuaciones de Rolando Padilla y Fernando Yvosky en sus dobles papeles de Carson y Narrador; Clarke y Narrador, respectivamente. Los otros cuatro jóvenes actores que se desdoblan sucesivamente en hasta cinco personajes cumplen contundentemente con sus funciones dramáticas, generando a la vez gran diversión y aprobación del público. Mínimo cambio de una prenda de vestir —ejemplo un sombrero, un paraguas, unos lentes, etc.—transmiten de modo eficaz los roles que se van asumiendo. Un caso es especial: el actor  Karl Hoffman representa a tres personajes sucesivos, uno de ellos el Marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred. Por diseño del creador y director, se perfila su carácter como irascible, violento, enajenado. El trabajo actoral de mantenerse largo rato en silencio, crispado emocional y físicamente requiere de gran disciplina y auto control, y Hoffmann lo logra, seguramente a un alto precio de fatiga. Algunos personajes fueron creados con la naturalidad como característica sobresaliente —casos Wilde, Alfred, abogados—; otros fueron dibujados y actuados con carga algo más intensa —no exagerada— como el caso de los jóvenes que atestiguan en contra de Wilde en el segundo acto, o el de la reina Victoria. El único caso extremo es el de Queensberry, ya mencionado.

Otros elementos teatrales: el lenguaje utilizado en toda la obra es de altísimo nivel literario, tanto en las citas de textos de Wilde como en parlamentos creados por el Director. Las voces de prácticamente todos los actores se benefician de la técnica de “respiración completa” utilizando toda la capacidad pulmonar desde la zona baja del tórax lo que produce voces de gran fuerza y alcance, pudiendo transmitir inflexiones con claridad. Se destaca también el uso muy agradable de coreografías en que varios actores realizan una acción a la vez o en secuencia. Es de resaltar también que las fuentes documentales que alimentan los textos son identificadas repetidamente en la obra, y son perfectamente verificables. Otro elemento a ser apreciado es el cambio de tiempo histórico y de lenguaje que hace quien representa a sir Alfred: ahora dialoga y sufre con Wilde la tormentosa relación; ahora explica desde el hoy el significado de una acción o situación; ahora regresa al tiempo y espacio de los hechos dramáticos. Muy notable el diseño o creación de ese juego temporal y muy destacable su implementación actoral. Al principio del segundo acto hay un segmento ubicado en el hoy, donde un caricaturesco experto dialoga con un no menos caricaturizado y divertido entrevistador sobre el significado de algunos aspectos del juicio, de la conducta de Wilde, etc., lo que aporta al público lo que sería la visión del director. Otro recurso interesante que por conocido no deja de ser eficaz a la comunicación entre actores y público, es que con frecuencia éstos se dirigen al público como si aquél fuera el Jurado del juicio.

En fin, Lo que se ha descrito aquí de manera compositiva, fraccionada, tiene un elemento integrador: su creador y director. Todo lo bueno apreciado hasta aquí, y mucho más es de serle reconocido a Moisés Kaufman en primer lugar y al codirector, Michel Hausmann.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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