Cine LA VIDA NO VALE NADA

La violencia urbana en un país como Venezuela suele tener raíces estructurales relacionadas con la pobreza, la deserción escolar, el desempleo y la necesidad de supervivencia. Se convierte en una realidad concreta, cotidiana y casi familiar que genera conductas, actitudes y hasta una cultura de la muerte. No extraña entonces que esa violencia haya devenido en el punto de partida de las películas venezolanas más taquilleras de las últimas cuatro décadas. Es un tema recurrente que adquiere nueva expresión en La hora cero, film de acción construido sobre el azar como motor de las situaciones dramáticas, por una parte, y las condiciones objetivas del barrio y el delito como soporte social, por la otra. El debut en el campo del largometraje de Diego Velasco pone el énfasis en el hallazgo de un rasgo compasivo en medio de la deshumanización de la urbe a través de una historia que no pretende ofrecer explicaciones sobre la violencia sino simplemente narrar un drama en el que todo se complica hasta una resolución inevitable.

La Hora Cero observa la desesperación de La Parca, asesino por encargo y líder de una banda criminal que toma el control de una clínica privada para salvar la vida de Ladydi, la mujer que ama, abaleada en una operación de sicariato. En ese espacio donde convergen criminales, médicos, enfermeras, pacientes y policías se desarrolla una trama marcada por las conductas de los secuestradores y la necesidad de supervivencia de los secuestrados. Esta historia recuerda la situación dramática de Tarde perros (Sidney Lumet, 1975), esa mezcla de drama y humor negro en la que un jovencísimo Al Pacino asalta un banco y toma rehenes para defender su amor. Sobre un caso real, Lumet acentuó el drama íntimo de su personaje central y lo llevó a sus últimas consecuencias.

La película venezolana es mucho más dura en su propuesta trágica, fundamentada en la necesidad de controlar la situación de la clínica. Afuera están los policías y los medios de comunicación, al acecho. Adentro están los sicarios, los médicos que deben garantizar la vida de Ladydi, los trabajadores del centro hospitalario, los otros pacientes, los otros médicos, una periodista y su camarógrafo y hasta una ex miss Venezuela que aguarda una operación estética. La Parca no sólo debe exigir la recuperación de la mujer que ama sino también debe mantener el control de su propia banda. Cada hora las cosas se complican más y cada cual quiere su propia solución. El guión recurre constantemente a situaciones que rozan lo inverosímil y se permite dar un giro no esperado en la situación de Ladydi, no desprovisto de ironía. ¿Quién la mandó a matar? ¿Por qué? ¿Quién la ejecutó? ¿Con cuáles consecuencias?

La narración de Velasco es trepidante, incansable y por momentos sorprendente. Prioriza la acción como eje operativo de la historia pero echa mano de cierta ironía y hasta de un humor trágico para matizar la dureza de su planteamiento. Sus personajes representan una tipología específica. Así como La Parca —interpretado por al artista del hip hop Zapata 666— responde a las características del sicario jefe, el doctor Cova —protagonizado por el siempre eficiente Erich Wildpret— expone los rasgos del médico joven y frustrado que no le queda más remedio que trabajar en el precario sistema de salud venezolano. De la misma forma, la Verónica que elabora Marisa Román se inserta en la representación clásica de la periodista de televisión en busca del “tubazo” y Albi de Abreu hace lo suyo como el camarógrafo Jesús que se permite algunas licencias personales. Un poco más allá, Alejandro Furth le da vida al experimentado comisario Peña, en busca de una oportunidad para entrar, mientras Steve Wilcox se comporta como el inspector Gringo, seducido por la oportunidad de los 15 minutos de fama. Así se arma este rompecabezas de muy variados personajes. Cada cual tiene un lugar dentro de la trama y cumple una función particular.

El film de Velasco fue desarrollado como un drama de acción que cumple con los cánones del género, tanto en sus muy cuidados valores de producción como en la concepción del drama. En determinados momentos uno siente que el realizador priorizó la acción sobre la reflexión pero en conjunto el film ofrece distintas versiones del mismo drama, con especial énfasis en La Parca,con un cierto tono crítico hacia el amarillismo periodístico, los laberintos personales del poder político y los arquetipos de los venezolanos. Su historia podrían transcurrir en cualquier urbe latinoamericana sin alterar sus contenidos. No hay intentos de sociologizar sobre la pobreza como fuente del delito sino más bien un intento de comprender las conductas humanas en situaciones límites.

Al equipo venezolano de La hora cero se sumó la cooperación de profesionales de otros países como la colombiana Carolina Paiz, coguionista con Velasco y productora con Rodolfo Cova, el productor ejecutivo español Sergio Agüero, el director de fotografía colombiano Luis Otero Prada y el diseñador de producción argentino Marcelo Pont Vergés. Entre los valores de producción a destacar se encuentran el dinámico montaje de Otto Scheuren, la música de Freddy Shenfield y Gabriel Velasco, la supervisión musical de José Luis Pardo y Luis Lange, el sonido de Jesús Guevara y Frank Rojas y los efectos especiales de Alberto Hadyar y Jesús Márquez. Todos ellos contribuyen a elaborar un empaque de calidad internacional a una historia que expone la dimensión humana de un drama criminal cada vez más común en nuestras vidas.

LA HORA CERO, Venezuela, 2010. Dirección: Diego Velasco. Guión: Diego Velasco y Carolina Paiz. Producción: Carolina Paiz y Rodolfo Cova. Producción Ejecutiva: Sergio Agüero. Dirección de Fotografía: Luis Otero Prada. Diseño de Producción: Marcelo Pont Vergés. Vestuario: Patricia Busquets. Diseño de Sonido: Jesús Guevara. Sonido: Frank Rojas. Música: Freddy Shenfield y Gabriel Velasco. Efectos especiales: Alberto Hadyar y Jesús Márquez. Montaje: Otto Scheuren. Elenco: Zapata 666, Amanda Key, Laureano Olivarez, Erich Wildpret, Marisa Román, Albi de Abreu, Alejandro Furth, Steve Wilcox, Rolando Padilla, Beatriz Vázquez y Ana María Simon, entre otros. Distribución: Cinematográfica Blancica.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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