Leonardo Rodríguez VERAS, BURLAS Y MARAVILLAS DE JOSÉ BERGAMÍN

Cuenta Lezama Lima en sus diarios que ante los sarcasmos de Juan Ramón Jiménez (entonces en La Habana) sobre José Bergamín, él salía en su defensa con el siguiente repertorio argumental: “pero Unamuno, las incorrecciones necesarias, las repeticiones de palabras de Claudel, la perforación filológica de los vocablos, y luego otra vez Unamuno”. Ante las malignas insistencias de Juan Ramón, el poeta cubano apuntaba: “No lo contradigo, pero sigo pensando que Bergamín es un grandísimo escritor”.

Comparto el entusiasmo de Lezama: Bergamín (1895-1983) es uno de los grandes de la lengua. Cosa nada banal, si se piensa un poco. Pero Bergamín es también un maestro del disparate creador, y ésas ya son palabras mayores. Si no me creen a mí, pregúntenle a Savater. Si no le creen a Savater (y es mala señal), pregúntenle a Vila-Matas, tan anti-Bergamín en casi todo, salvo en la gracia.

Qué gracia la de Bergamín: junta de pensamiento y poesía más disparate. Pedro Salinas, que lo quiso bien, llegó a referirse a su “esquelético chiste metafísico”. Y es eso: casi todos sus temas (el arte, el amor, la muerte, España, los toros, la política) son esenciales o trágicos o metafísicos. Como quien dice, eternos. Su estilo es una mezcla justísima de metáforas y humor.  Es ese estilo agudísimo y jugoso el que perfora (burla, trastoca, reinventa) los vocablos, en su caso tan vastos como íntimos. Nadie lo retrata mejor que su propio aforismo, en sabrosa parodia orteguiana: “Yo soy yo y mi sombra y mi esqueleto. Tres personas distintas y un solo fantasma verdadero”.

En una época en que la principal fantasía literaria es la obesidad, exalta leer a este flaco vocacional de sonrisa —a veces carcajada— barroca. Sus libros (en el 2004 Siruela editó en un solo volumen La importancia del demonio y La decadencia del analfabetismo) no son de vitrina ni de salón, tampoco de aula de clases: más bien parecen esos zorros algo contemplativos que se esconden entre volúmenes tan necesarios como aves de corral. No extraña que Lezama, gordo y alado, ejerciera de abogado literario a su favor.

En confianza, nada cuesta abordarlo como a un Cioran enmascarado de devoto. Una diferencia: Cioran es un demoledor de ilusiones, Bergamín fue un estrujador de las grandes palabras. La mayoría de las veces, les sacó jugos. Otras, es cierto, se dejó llevar por ellas. Bergamín fue tan vivo y radical en su fe como en sus opiniones políticas. Tal vez la poetización de la política, en su caso siempre maniquea pero no por ello menos irónica, lo llevó a derroteros sin salida, a equivocados y dolorosos disparates. Uno, que tiende a pensar que el republicanismo español es una grave función con héroes fugaces y víctimas eternas, encuentra que puede ser divertido. Bergamín fue estalinista por conveniencia, dogmatismo y candor; esperaba que los soviéticos, aprovechando el impulso redentor de la segunda guerra mundial, liberaran a España de la “Cruzada” franquista. Años después, de regreso de su exilio, se adhirió al nacionalismo vasco cuando en España asomaba la Transición con Rey interpuesto. Una Monarquía en la que el Rey no reinara le parecía un chiste franquista con consentimiento comunista (fue razón de disenso con su amigo Rafael Alberti). Bergamín no se mostró dispuesto a aceptar semejante “confusión reinante” y poco antes de morir, con suculenta incorrección, con incorregible intransigencia, con amargura, dijo: “Aquí debería haber otra guerra civil. Las cosas estarían más claras”.

(En julio de 1931, en pleno advenimiento republicano, Jorge Guillén le escribía a Pedro Salinas: “Su adhesión a la política es en él una debilidad y no una fuerza. Por consiguiente digna de la mejor simpatía”.)

A quien piense que el catolicismo español es sólo baba, suspiros y sangre, le sorprenderá encontrarse con su ingenio, su imaginación e independencia. A mí me divierten en serio sus especulaciones, más bien dramatizaciones teológicas. Hay en Bergamín un teólogo picaresco y un burlador devoto. Dios teatral el suyo, siempre compartiendo escenario, tela y página con el Demonio, de “naturaleza aérea o airada”. Suma poética, más que teológica. Suma polémica también, de espadachín quevediano. Espada de ingenio que en plena guerra civil, lo llevó a criticar a los pobres diablos de la jerarquía católica por apoyar el franquismo. Y es que su maniqueísmo intelectual no tiene nada de caprichoso y sí mucho de humorístico. No en vano asoció el hábito clerical con el traje del torero y el disfraz del payaso.

Bergamín es por cierto un estupendo retratista del Demonio y de sus criaturas del aire y de la ira. El Diablo bergaminiano es doble, que no ambiguo (nada en Bergamín lo es). Uno tiene como atributo la malicia, el otro el Mal. El pecado original del Diablo malo, que no malicioso, es no creer en la gracia, es decir no creer en Dios. Es a ese Diablo literalmente desgraciado (les digo que es divertido) al que pidió ver cara a cara, como lo vieron Velázquez y Goya, “pintores del demonio”. El otro diablo, más divino y también humano, no es sino un espíritu burlón. De él trata, dice, la picaresca. Pero si el Diablo es doble, Dios es único. Acaso a esa falta de medida se deba su falta de malicia, para Bergamín, el pecado original de Dios. “Yo prefiero decir mis veras entre burlas”, aclaraba.

Hay un Bergamín hispanoamericano o que al menos escribió en Hispanoamérica. En México, en Caracas (donde enseñó en la Universidad Central y publicó decenas de artículos en El Nacional de Picón Salas) y luego en Montevideo se sintió en una España de las antípodas. Por algo se refirió, ya en Uruguay, a los “paraísos infernales americanos”. Es cierto, casi no se nota en su escritura, poco confesional, aunque llegó a decir —y hablaba una de las voces menos adocenadas del exilio republicano— que un americano de lengua española —como un español— que reniega de su españolidad no pierde su alma, la enmudece. Una palabra que Bergamín nunca negó. Y es que —como dijo Ida Vitale— fue un “viudo vitalicio” —de vida, no de Vitale— de una España ensimismada, enfurecida, barroca, picaresca y devota a la que sería redundante llamar imaginaria.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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