Letras EL DESTINO DE TRES HOMBRES

Tres hombres, tres experiencias y tres semblanzas del dolor. El primero, Liev Davídovich Bronstein, mejor  conocido como Trotski, protagonizó de manera decisiva uno de los procesos de cambio social y político más significativos del siglo XX, pieza clave del debate de las ideas políticas de su tiempo y víctima de la sangrienta revolución que ayudó a crear y que enlutó las almas de millones de seguidores y adversarios. El segundo, Ramón Mercader, apodado también Jacques Mornard, pasó a la historia como el comunista español que asesinó a Trotski el 20 de agosto de 1940, en Coyoacán, México, por órdenes directas de Iosef Stalin, luego de lo cual devino en otra víctima del mismo sueño transformado en pesadilla. Finalmente, Iván Cárdenas Maturell, un casi anónimo escritor cubano que sobrevive en los albores del siglo XXI, tras la muerte por cáncer óseo (“probablemente provocada por la polineuritis avitaminosa destapada en los años más duros de la crisis de los noventa”) de su esposa Ana, y que acepta  el desafío personal de escribir la historia de un viejo que comparte sus recuerdos sobre una época ya ida. Historia nunca escrita… por miedo. Esos tres personajes conforman los sendos hilos narrativos cruzados en  El hombre que amaba a los perros, la más reciente y ambiciosa novela de Leonardo Padura, quien, en un revelador Réquiem, se instala bajo la identidad de Daniel, amigo de Iván, como el velado cuarto personaje que teje la telaraña de una tragedia en busca de su final.

Creo que no sería justo arrinconar esta extensa y absorbente narración del escritor cubano en las esquinas engañosas de la novela histórica. Padura no pretendió reconstruir las trayectorias de dos personajes reales —Trotski y Mercader— que ya han sido objeto de biografías. Prefirió comprender sus afectividades y motivaciones personales en medio de los vaivenes de los procesos sociales. Para entrelazar al asesino con el asesinado —más allá de la contundencia de los hechos— se valió de un tercer personaje —pareciera ser también real, sólo Padura lo sabe— para construir la geografía sangrienta de la revolución bolchevique. Cada uno de estos hombres dibuja su destino —en la URSS, en España, en México, en Cuba, donde quiera— signado por la muerte y la persecución. Y uno no puede dejar de recordar La segunda muerte de Ramón Mercader (1969), novela del madrileño Jorge Semprún, disidente del Partido Comunista español, guionista celebrado de Alain Resnais y Costa Gavras y posteriormente ministro de Cultura de Felipe González,  y El asesinato de Trotski (1972), film del recordado Joseph Losey, protagonizado por Richard Burton y Alain Delon.

La personalidad arrolladora de Liev Davídovich Bronstein se manifiesta en la novela a partir de su destierro en 1929, tras haber sido expulsado del Partido Comunista en 1927 y deportado a Kazajistán en 1928. El revolucionario de origen judío derivó en un huésped incómodo en el México de Lázaro Cárdenas, en especial luego de la publicación de La revolución permanente (1930) e Historia de la Revolución Rusa (1932), en abierto desafío a la hegemonía estalinista. En ese período —que concluye con su muerte en 1940— surgen las angustias, deseos y contradicciones de un hombre acosado por sus enemigos pero sobre todo por sus propios errores. El Trotski de Padura es un ser angustiado por su fracaso político, por el destino terrible de sus hijos, por la insatisfacción de su esposa Natalia, por las señales de la traición entre sus filas, por su adulterio absurdo con Frida, por las rivalidades de sus propios fantasmas. Era el hombre que aguardaba a la muerte. Tenía 61 años cuando el piolet de Mercader se hundió en su cráneo.

En cambio, según Padura y otros autores, la vida de Mercader estuvo desprovista de fulgor y plena de dolor. Hijo de una aristócrata comunista nacida en Cuba y asentada en España, con quien mantuvo una relación de amor y odio, participó en la Guerra Civil y se convirtió en agente del Kremlin reclutado por su propia madre. Su misión condenaba a Trostki pero también a él mismo. Vivió los horrores de la contienda fraticida y asumió su dogma trágico. Pero también vivió la farsa del espionaje y la doble —o triple— personalidad. Ramón Mercadaer devenido en Jacques Mornard y transformado en Frank Jacson logró introducirse en los círculos más cercanos de Liev Davídovich Bronstein.  El soldado republicano convertido en agente de Stalin, primero, y en señorito indiferente, después, trazó la trayectoria del militante, el espía y el asesino. Tenía 25 años cuando mató al creador del Ejército Rojo, luego de traicionar su confianza. Fue condenado a prisión por veinte años en México y en 1960 viajó a Moscú, donde su condición de héroe del proletariado estaba en peligro. Años después emigró a La Habana, una ciudad con aún pocos años de revolución, donde murió en 1978, en medio del silencio y la indiferencia. Amaba a Ix y Dax, sus dos galgos rusos.

Un año antes, en esa misma Cuba dependiente de la Unión Soviética, comenzaron las angustias de Iván Cárdenas Maturell cuando conoció al misterioso hombre que paseaba por la playa con sus hermosos canes y le hablaba sobre un tal Ramón Mercader de vida tormentosa. Pero la novela se inicia con él, en 2004, con las palabras “descansa en paz” ante el ataúd de su esposa Ana, la mujer que le reclamó no haber escrito la historia que conocía desde hacía 27 años. Sus recuerdos constituyen la crónica de sus miedos, sus secretos, sus frustraciones, sus mediocridades, en un país donde aún pervive el comunismo, donde —en ese entonces, 2004— el primer secretario del Partido era el mismo, así como era el mismo el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior. Un país donde el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros era el mismo. En ese universo de coerciones, un hombre halla su destino y entreteje las historias personales de una víctima y su verdugo para construir su gran obra, la ineludible, y para encontrar al único lector posible.

Con una maestría sorprendente, el autor de novelas reveladoras como Vientos de cuaresma (1994) y Máscaras (1997) —mis preferidas—, se libera de su célebre personaje Mario Conde y abandona momentáneamente el género policial —que tanto prestigio le ha valido— para sumergirse en las aguas de un drama con ambientes y personajes históricos observados con una perspectiva muy personal desde los tiempos que corren en Cuba. Ciertamente Mercader murió en La Habana aunque la inmensa mayoría de los cubanos ignoraban su presencia. Antes había muerto en Coyoacán el objeto de sus desvelos. Y después hallaría la muerte quien habría de plasmar esas historias. Detrás de cada uno de estos hombres se halla la tragedia de una utopía devastadora, poco a poco desmontada por un escritor y periodista cubano capaz de ofrecer una visión de 360 grados desde la perspectiva de su isla. ¿Qué significó el sueño comunista para la humanidad del siglo XX y, en algunos puntos del planeta, aún hoy? Las referencias al llamado período especial cubano se remontan también a las miserias de la vida moscovita a principios de los sesenta. Mucho dolor, mucha decepción, mucho cinismo. La mentira como política, la traición como práctica aceptada, la muerte como consecuencia.

Obra ambiciosa y madura de Padura, plantea un giro en su trayectoria —aunque conserva lo mejor de sus rasgos literarios— y se arriesga con una trama desbordada en sus alcances y significaciones. Las 573 páginas de El hombre que amaba a los perros parecen insuficientes para contener esta narración extraordinaria que mezcla ficción con historia para entender lo que sucedió con la gran utopía del siglo XX y, en especial, para comprender la realidad de un país que aún la padece. Como podemos padecerla nosotros.

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS. Leonardo Padura, Tusquets Editores, Colección Ardanzas, Barcelona, 2009.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
Esta entrada fue publicada en 1 y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s