Trino Márquez TRAGEDIA Y MISERIA

Cuando los países se ven sometidos a grandes tragedias naturales normalmente se abre un período de tregua en el que los bandos en disputa acuerdan cesar las hostilidades para que la sociedad pueda abocarse a la atención de los problemas provocados por ese episodio. Los gobiernos llaman a la unidad nacional, al diálogo, a la concertación nacional. Se reúnen voluntades y se agrupan esfuerzos para atenuar el costo  de las desdichas.

En 1967, cuando ocurrió el terremoto, el gobierno de entonces convocó al sector privado para que participara en la reconstrucción de las zonas destruidas o afectadas. La nación se solidarizó con los caraqueños. Al poco tiempo, Caracas y el litoral central mostraban el mismo rostro que antes del sismo. Cuando los mineros chilenos quedaron sepultados por millones de toneladas de tierra, el presidente Sebastián Piñera llamó a todos los chilenos a contribuir con el rescate de esos trabajadores hundidos en las entrañas del planeta. La nación sureña se compactó. El mundo se unió al esfuerzo del país austral. Esta conjunción entre el Gobierno, el pueblo y la ayuda internacional logró el milagro de la salvación que todo el orbe pudo ver. El Presidente y el Gobierno fueron amplios para aceptar la ayuda internacional y generosos a la hora de reconocer los esfuerzos de todos los sectores nacionales. Ejemplos como estos abundan.

El régimen presidido por el teniente coronel actúa en sentido opuesto a lo que la responsabilidad y la sensatez recomiendan. Ya desde la hecatombe de Vargas pudo apreciarse el sectarismo y la prepotencia criminal del grupo de resentidos que pocos meses antes había llegado al poder. Ninguna convocatoria a la unidad nacional se produjo en medio de semejante tragedia. Ninguna solicitud de ayuda a los Estados Unidos o a otros países democráticos y modernos que con su apoyo habrían aliviado la penuria de los damnificados. Recordemos el trasatlántico norteamericano equipado con médicos, enfermeras, medicinas y hospitales ambulantes, al que le impidieron anclar en La Guaira.

Ahora se repite la historia, pero de forma aún más bufa y agresiva. Las lluvias que han inundado gran parte del territorio nacional vuelven a servir para mostrar el talante autoritario, irresponsable y arrogante del régimen. En vez de unir la nación, el comandante lo que hace es fomentar la división, el enfrentamiento y la polarización con los sectores que disienten de su proyecto comunista. No propicia ningún armisticio, ninguna tregua, que  permita compactar los venezolanos en torno al objetivo de auxiliar las víctimas de los torrenciales aguaceros y propiciar su pronta reinserción en la vida normal. Las medidas que adopta reflejan la prepotencia del caporal que hace valer su autoridad por sobre cualquier plan racional que involucre la cooperación de los distintos agentes afectados por un fenómeno natural.

En medio de las enormes privaciones que padecen las miles de familias afectadas por los aguaceros, el caudillo no se le ocurre nada mejor que pelear con los gobernadores y alcaldes de la oposición, agredir a la Iglesia Católica, embestir contra el sector privado, aplicar medidas populistas que crean mayor incertidumbre y angustia entre la población, utilizar al Poder Judicial para castigar a los diputados electos de la oposición, ordenarle a la Asamblea Nacional que apruebe leyes contrarias a la Constitución e introducir de forma subrepticia la reforma rechazada el 2-D. Un trance que tendría que servir para la concordia, el reconocimiento del otro, la concertación entre los diversos sectores nacionales, y para que el Ejecutivo Nacional y el Presidente de la República actúen como rectores de la vida nacional, Hugo Chávez lo utiliza para fracturar aún más la nación.

El drama ocasionado por las lluvias debería mostrar las bondades de la descentralización y la capacidad de concertación entre el Gobierno Nacional y los gobiernos regionales y locales. Sin embargo, esto no es posible porque Chávez torpedea cualquier intento de unidad y respaldo mutuo. Su obsesión con el 2012 lo lleva a convertir a Antonio Ledezma, Enrique Capriles, Pablo Pérez y César Pérez Vivas en enemigos a los cuales hay que aniquilar. De este comportamiento insensato y criminal quienes salen más perjudicados son los humildes venezolanos que han sido azotados por la inclemencia de la Naturaleza. Estos compatriotas con castigados, además, por la miseria de un gobernante heredero de la tradición autocrática comunista.

El país no sabe cuál de las tragedias es peor, si la ocasionada por las lluvias o la desatada por este gobierno miserable.

@tmaquezc

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
Esta entrada fue publicada en 1 y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s