Cine HISTORIA DE UNA HERMOSA REVANCHA

La idea medular que atraviesa —de principio a fin— El gran concierto define un planteamiento ineludible: los regímenes mueren pero el arte permanece, los gobernantes pasan pero los artistas quedan. La historia es implacable en ese sentido. Un cineasta como Radu Mihaileanu lo supo en carne propia hace tres décadas y lo expresa ahora perfectamente en una película que disfruta la condición de ser producto comercial con altos valores culturales. Rumano de origen judío, se asiló en 1980 en Francia huyendo del represivo gobierno de Nicolae Ceauşescu, inserto en la órbita soviética. Hay que recordar que el sanguinario dictador fue ejecutado por su pueblo el día de Navidad de 1989. Meses antes había caído el Muro de Berlín y dos años más tarde la URSS habría de desmoronarse inexorablemente. En cambio, en Rumanía, Alemania o la Unión Soviética sobrevivieron o resurgieron sus artistas. Como el ficticio Andrei Filipov, conductor de la orquesta del teatro Bolshoi de Moscú que —treinta años después de su destitución y degradación por la cultura oficial como “enemigo del pueblo” por no haber expulsado a sus músicos judíos—  cumple el sueño de su vida: reunir a los músicos de su vieja orquesta para interpretar el Concierto de violín y orquesta en Re mayor Op. 35, de Tchaikovsky, en el teatro Châtelet de París. Es la historia de una hermosa revancha.

El otro respaldo conceptual de este drama con ropaje de comedia se halla en el valor de la mentira como herramienta para descubrir la verdad. La historia comienza en la Rusia actual con una situación equívoca para definir tanto la vocación musical de Andrei Filipov como su frustración. El rumbo de la trama marcha sobre los rieles de otras mentiras. Los exiguos miembros del casi inexistente Partido Comunista necesitan contratar extras para celebrar una concentración dominical. Los destituidos ejecutantes del Bolshoi se reúnen para tocar sin instrumentos en el sindicato de músicos. El propio Bolshoi sustenta su mediocre vida actual sobre la base de su antiguo prestigio. Los viejos funcionarios de la URSS han devenido en los nuevos burócratas de una Rusia que ha despachado el socialismo para insertarse en el capitalismo pero sin construir su democracia. El mismo Filipov arma una gran mentira para viajar a París y para descubrir una verdad a Anne-Marie Jacques, la joven y excelsa violinista francesa que tanto admira. Y la farsa más grande: ninguna orquesta puede ejecutar un concierto sin haber ensayado. Todo es mentira, pero en cada “ficción” interesada subyace la verdad de un país y su gente. Menuda tarea para un realizador.

Este cuarto largometraje de Mihaileanu —autor de Traidor (1993), El tren de la vida (1998) Vete y vive (2005), todos con personajes judíos— recurre no sólo a las mentiras oficiales sino también a los estereotipos más enraizados para expresar el terrible drama de la gente de a pie. Los rusos son unos salvajes bebedores de vodka, los judíos sólo saben ocuparse de los negocios, los gitanos son pícaros y ladrones, los franceses son exquisitos y menosprecian al resto del mundo, los comunistas son unos bichos terribles pero también tienen corazón, etcétera. Tales claves devienen en mofa de ciertas percepciones para trabajar exitosamente como comedia un relato inverosímil desde la perspectiva del drama. Sólo como comedia podemos seguir los desaguisados de un conjunto de personajes situados al extremo de la pobreza y la ansiedad. Y sólo como comedia este realizador —con cincuenta años cuando estrenó El gran concierto— puede ser tan efectivamente crítico del socialismo soviético como de la actual mafia gobernante rusa. Un país que sigue dominado por la mentira pero que sus seres humanos develan sus verdades cada día.

El guión y la dirección de Mihaileanu enfatizan la cooperación y la solidaridad como instrumentos para la comprensión entre los personajes. Existe un objetivo intangible detrás del concierto en el Châtelet que va más allá de los aplausos y el reconocimiento. Se trata del rescate del increíble talento de una violinista judía condenada al frío de Siberia gracias a su pasión por Tchaikovsky y a su búsqueda de la armonía perfecta. El cineasa rumano se vale de la compleja personalidad de Filipov, un hombre no judío que sobrevive en la mediocridad. Es un antiguo conductor de orquesta que se rescaya a sí mismo como un director de los hombres y las mujeres integrados a esa orquesta. Encarna un proyecto, una idea, una utopía posible. Lidera un acto de liberación postergado por tres décadas. Tras él van Sasha, Iván, Víctor, Irina y todos los viejos integrantes de este Bolshoi de mentira pero también de verdad.

Con un cuadro interpretativo ruso y francés de primer orden —Alexei Guskov como Andrei Philpov, Mélanie Laurent como Anne-Marie Jacquet, Dimitri Nazarov como Sacha Grossman, Valeri Barinov como Iván Gavrielid, Miou-Miou como Guylène, François Berléand como Olivier, Anna Kamenkova como Irina— la película se conecta con las emociones del público y logra una identificación casi inmediata, estimulando su risa, generando su solidaridad, hasta un final realmente emocionante. Pocas veces el título y el final de una película han tenido tanta coherencia. Como diría el gran guionista francés Jean-Claude Carriére: se trata de un final sorprendente pero inevitable.

EL GRAN CONCIERTO (Le Concert), Francia, Italia, Rumania, Bélgica y Rusia, 2009. Dirección: Radu Mihaileanu. Guión: Radu Mihaileanu, con la colaboración de Matthew Robbins y Alain-Michael Blanc, sobre un argumento de Héctor Cabello Reyes y Thierry Degrandi. Producción: Alain Attal. Fotografía: Laurent Dailland. Montaje: Ludovic Troch. Música: Armand Amar. Director de Arte: Christian Niculescu y Stanislas Reydellet. Elenco: Alexei Guskov, Mélanie Laurent, Dimitri Nazarov, Valeri Barinov, Miou-Miou, François Berléand, Anna Kamenkova. Distribución:Cinematográfica Blancica.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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