Carmen Beatriz Fernández DEL DUDOSO ENCANTO DE LAS ENCUESTAS

El valor predictivo de las encuestas no sólo depende de la calidad de las mismas, sino más bien, y fundamentalmente, del entorno y de su estabilidad. Cuando hay turbulencia, las predicciones son difíciles de hacer. Las encuestas no son películas: son más bien fotografías, que señalan lo que sucede en un momento en particular. Sin embargo, si colocamos un montón de “fotografías” sucesivas, una tras otra, es posible percibir cierto movimiento, y confiar en que detectamos tendencias. Y es común pensar que a partir de las tendencias podemos predecir.

Hasta aquí vamos bien. Asumamos que las encuestas están bien hechas, que no hay fallas de muestreo, ni en el cuestionario, y los entrevistadores hicieron su papel perfectamente bien. En escenarios estables, las tendencias se mantienen, es relativamente fácil y seguro hacer proyecciones: se trazan dos puntos, a partir de dos momentos particulares (o fotos), los puntos se unen y obtenemos una raya, cuando prolongamos esa raya hallamos tendencia y predecimos.

Sin embargo en situaciones de inestabilidad político-electoral la situación puede cambiar sustancialmente, y con frecuencia lo hace. Porque lo que no dice la encuesta es cuándo hay un giro notable, un punto de inflexión positivo o negativo, un golpe de timón que hace que la tendencia que venía se quiebre y arroje cambios significativos, en tiempos muy breves. Y eso suele pasar en situaciones inestables. Aquí es donde las encuestas comienzan a perder utilidad como instrumentos que facilitan la predicción. En ocasiones los giros o los puntos de inflexión son totalmente impredecibles en sí mismos, y dependen de mínimos factores, cuya ocurrencia desencadena una serie de eventos de consecuencias significativas: una cuña o spot publicitario de alto impacto, o un acto simbólico impresionante, pueden cambiar significativamente la decisión de voto y revertir tendencias.

Existen muchos ejemplos de estas situaciones: en su magistral libro autobiográfico Como pez en el agua, Mario Vargas Llosa narra cómo el grotesco spot de un monito meón en enero de 1989, a tres meses de la primera vuelta presidencial, cuando Vargas estaba por encima del 50% en las preferencias electorales, en sólo dos días de transmisión marcó un notorio y negativo punto de inflexión en la campaña de Vargas. Otro ejemplo interesante se dió en el debate presidencial en Polonia entre Walessa, que iba ganando, y Aleksander, que iba perdiendo. Al final del debate Aleksander se acerca a brindarle su mano a Walessa y éste, orgullosa y prepotentemente rechaza su amistosa oferta. Se dice que este pequeño acto simbólico a una semana escasa de la elección, visto desde sus pantallas por millones de electores, hizo perder cinco puntos a Walessa, y ganar la elección a Aleksander.

Pequeños e impredecibles eventos pueden tener consecuencias enormes durante una campaña electoral, especialmente si ésta ocurre en períodos de inestabilidad. La inestabilidad induce a pensar que la turbulencia electoral debe ser abordada con cambios en nuestros paradigmas de medición e interpretación de la opinión pública: ya los eventos no pueden predecirse bajo la misma óptica de años atrás. Quizás el basamento teórico que mejor aborda la predictibilidad en sistemas inestables es la Teoría del Caos. Esta teoría nos explica que lo improbable ocurre con frecuencia, y cuando ocurre genera consecuencias importantes. Las pequeñas diferencias iniciales pueden convertirse en arrolladoras diferencias en los resultados. Es lo que los teóricos llamaron “el efecto mariposa” o la noción de que una mariposa que vuela en el Amazonas puede afectar el sistema de tormentas sobre Nueva York, un mes después.

Al igual que ocurre con las sutiles alas de una mariposa, pequeñas diferencias metodológicas entre encuestadoras podrían no generar grandes diferencias cuando estamos midiendo propiedades estables, pero sí las hacen cuando medimos propiedades inestables. Es la formalización de lo que a veces se llama un toque de buena o mala suerte durante la campaña. El aporte que en este sentido la Teoría del Caos hace a los encuestadores que actúan como consultores políticos es: sean rigurosos y formales, pero también sean humildes con sus capacidades de predicción…

Este artículo es parte del libro de la autora ¿Cómo ganar una elección?

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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2 respuestas a Carmen Beatriz Fernández DEL DUDOSO ENCANTO DE LAS ENCUESTAS

  1. Eric Ekvall dijo:

    Lo que se puede concluir de este artículo es el extremo riesgo que conlleva el presumir hacer predicciones basadas en encuestas de opinión pública. De hecho, los encuestadores más profesionales y éticos se niegan siempre a predecir quién ganará o quién perderá una elección. Como bien expresa la autora, una encuesta no es sino, como dicen en inglés, a snapshot in time, una instantánea tomada en el tiempo.

    Quizás más significativo para nuestros lectores venezolanos sería un breve análisis del entorno político actual y cómo influye sobre la predisposición o no del encuestado para confiar, como en tiempos anteriores, en la supuesta neutralidad del encuestador. O en pocos palabras, responder a una pregunta fundamental: ¿pueden tomarse en serio resultados de una encuesta hecha en un entorno socio-político como el nuestro?

    Si no tomamos en cuenta que sí existe un llamado factor miedo que influye en las respuestas de los encuestados e inclina ineluctiblemente la balanza de los resultados a favor del gobierno o del candidato del partido del gobierno estamos simplemente viviendo en un estado de negación, y ese estado de negación influirá en nuestra capacidad para entender la verdadera composición política del país que habitamos.

    En 2006 la campaña de Manuel Rosales contrató a una de las empresas encuestadoras más prestigiosas del mundo, Penn Schoen & Berland, para que le hiciera las mediciones de opinión pública que servirían de guía y soporte en la elaboración de una estrategia comunicacional y para medir el progreso de la campaña. Quien se ocupó personalmente de ejecutar el proyecto era Doug Schoen, con más de 35 años de experiencia armando encuestas a nivel mundial para una variada gama de clientes, en su mayoría candidatos políticos, dentro de un muy variada espectro de entornos políticos y sociales, desde sociedades abiertas hasta en países con regímenes autocráticos muy represivos. Yo conozco a Doug y su socio Mark Penn desde casi 30 años, cuando nuestros respectivos candidatos estuvieron compitiendo para ser presidente de Bolivia. Ambos conocen bien a Venezuela, habiendo trabajado aquí también en los últimos 20 años. Son inteligentes, sagaces, y — muy importante — nunca subestiman la inteligencia del votante.

    Doug me confió en agosto del 2006 que no creía que en Venezuela las condiciones estaban dadas para que una encuesta tradicional, hecha en la puerta o en el hogar del encuestado, diera resultados confiables. “Aquí todo el mundo cree que su teléfono está pinchado, además voceros del gobierno se jactan abiertamente en los medios de que suelen interceptar los emails y llamadas telefónicas de la gente. No creo que este clima de represión el encuestado va a responder con sinceridad a nuestras preguntas.”

    Pero siendo un empìrico, metódico y poco dado a la improvisación, Doug decidió diseñar dos encuestas distintas, con trabajo de campo simultáneo, para comprobar la veracidad de su hipótesis.

    Encuesta A era tradicional: 1.200 entrevistas en hogares, un cuestionario de unas 20 preguntas, todo administrado dentro de una muestra científicamente diseñada según las normas que rigen un trabajo serio, como hacen muchas otros encuestadores confiables como Alfredo Keller, Oscar Schemel, Datanálisis, y unos cuantos más. Para Encuesta B, Schoen diseñó también una muestra, pero esta vez no de hogares repartidos por el país de manera demográficamente representativa, como en la Encuesta A, sino enfocándose en 200 zonas o lugares públicos (plazas, esquinas, paradas de transporte público, centros comerciales, etc) a nivel nacional. Ahí se colocaron 200 encuestadores profesionales, cada uno encargado de elicitar una entrevista a 10 personas, con la particularidad de que ninguno de los entrevistados tendría que contestar las preguntas del encuestador, sino que tenía que llenar por sí solo el cuestionario y luego plegar la hoja y depositarla en un sobre abierto ubicado en el morral del encuestador.

    Las dos encuestas se hicieron el mismo día, un domingo 27 de agosto, con la misma série de preguntas. La gran diferencia entre las dos era que una garantizaba el anonimato total del encuestado, la otra — de hogares — no.

    Cuando se procesaron los datos los resultados de la encuesta de hogares mostraba un claro sesgo, de 9 puntos, a favor de Chávez, en detrimento de la candidatura de Rosales. Donde en la encuesta de hogares había un margen a favor de Chavez de 27 puntos, en la encuesta anónima la diferencia era solo de 18 puntos.

    Ocho semanas después, a finales de octubre, se empleó la misma metodología para la última encuesta de PS&B, y los resultados arrojaron la misma conclusión: había una diferencia exacta de 9 puntos entre los resultados de la encuesta de hogares y la encuesta auto-adminsitrada por el encuestado en lugares públicos. Esta vez la ventaja real de Chávez sobre Morales había disminuido a 9 puntos, aunque la encuesta tradicional mostraba una ventaja de 18 puntos. De hecho, la mayoría de las encuestas serias que fueron publicadas en aquel momento daba una ventaja similar a Chávez, de entre 20 y 25 puntos, con un porcentaje de indecisos que rondaba 10 puntos.

    Así que dentro de las altas esferas del comando de Rosales se sabía que a seis semanas de las elecciones Manuel tenía que subir su intención de voto por un promedio de 1,5 puntos por semana para poder empatar con Chávez (por supuesto, descontando la posibilidad de un fraude, cosa que, como vimos, sucedió).

    Schoen, quien siempre se abstiene de pronosticar sobre resultados electorales, hizo lo que la Sra Beatriz Fernánedez hubiera hecho si hubiera estado aesorando a Rosales en circunstancias similares: midió la curva ascendente de la intención de voto de Rosales: calculó que si la tendencia siguiera igual, los dos candidatos iban hacia un empate técnico el día de las elecciones, el 3 dicembre. Pero si la campaña de Rosales lograra encender el entusiasmo del público en el último mes y prendiera fuego, él pudiera ganarle a Chavez por unos cuantos puntos.

    Y así lo explicó a la muy reducida plana mayor de la campaña, que incluía a Rosales, Omar Barboza, Teodoro Petkoff y un puño de políticos y asesores del candidato. (Para los entendidos, no es un misterio, pero muchos se habrán preguntado porqué, con estos datos en mano, a pocas semanas de las eleccuiones algunos altos personeros del comando de Rosales ya estaban regando la especie de que la ventaja de Chávez era demasiada grande, y que Rosales no tenía ninguna posibilidad de hanar. Pero esto es tema para otro análisis.)

    En fin, como recordaremos, la campaña de Rosales empezó a coger mucha fuerza a partir de “la Avalancha”, la gran marcha de Catia a Petare, a inicios de octubre, y creció con mucha energía hasta la última semana de noviembre. Y el 3 de diciembre las cifras del CNE daba la victoria a Chávez, con 27 puntos sobre Rosales.

    Hay dos tabúes en la Venezuela de hoy: hablar de fraude electoral, y cuestionar la confiabilidad de las encuestas hechas por las llamadas encuestadoras “serias.”

    Si Schoen evaluaba la dimensión del factor miedo en 10 puntos en 2006, cuán grande será hoy, cinco años después? ¿Cómo pueden las encuestadoras seguir asegurándonos que sus resultados son confiables, cuando ya se sabe, empíricamente, que no reflejan de manera razonablemente precisa las verdaderas opiniones del público? ¿Será que los venezolanos siguen aguantando fraude tras fraude, como han hecho desde el RR del 2004, porque las encuestas han tenido la tendencia de avalar los resultados del CNE? ¿Existe alguna relación entre estos dos hechos? ¿Habrá alguna relación entre el hecho que los principales voceros de la oposición niegan enérgicamente la existencia de un fraude electoral de proporciones sistémicas desde 2004 (ampliamente documentado y comprobado por estudios sofisticados — M.M Febres Cordero et al — publicados en presitigiosas revistas académicas), y la renuencia de nuestra casta profesional de encuestadores a adoptar metodologías inovadoras de medición de opición pública, más aptas para un país donde rige una cuasi-dictadura?

    Estas sonm las preguntas que el público debería hacerse. Y son las preguntas que deberían encontrar eco dentro del gremio de asesores profesionales que guían los destinos e influencian las opiniones de nuestra clase política.

  2. No habia visto este interesantisimo comentario de Eric Eckval, versado y admirado profesional de estas lides electorales. Muy enriquecedora la anecdota del experimento de Penn reflejando la existencia de un margen para un voto oculto, gracias por compartirla!. No comparto la tesis del fraude masivo y sistemico, por distintas razones y evidencias empiricas, aunque si creo que hay espacio para una “espiral del silencio” como la llamo Noelle-Nauman.

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