Fernando Mires EL SEXO Y EL PODER*

Antes que nada una aclaración: la sexualidad de Silvio Berlusconi no me interesa en absoluto.

La sexualidad no es un tema político. Sólo es político cuando su práctica, en cualquiera de sus múltiples formas, se ha convertido en un problema de la polis (en este caso, de la nación como polis) O dicho de modo algo vulgar: Berlusconi podría tener sexo con una bicicleta si así le place pues —creo— no hay ninguna ley que lo prohíba Y si Berlusconi tuvo relaciones con una joven menor de edad (edad que varía a lo largo de los diversos países) es un tema judicial y no político, y deberá ser juzgado, si así corresponde, por la justicia italiana, amonestado por la Iglesia y tal vez, ajusticiado por las feministas. Todo eso podría tener consecuencias políticas. O podría no tenerlas. En ninguna de esas situaciones la sexualidad de Berlusconi es, de por sí, un tema político.

Luego, lo que interesa en este artículo es el tema de la trasgresión de lo público por lo privado, algo tan grave como la trasgresión de lo privado por lo público.

He de explicarme mejor: la razón por la cual me interesa escribir este artículo es porque el caso Berlusconi marca la división entre el mundo público, al cual pertenece la política, y el mundo privado, al cual pertenece la sexualidad. Esa división ha sido transgredida por Berlusconi, y lo ha sido no porque sus prácticas sexuales se han convertido en cosa pública -eso es más bien un dudoso mérito de la indagación periodística- sino porque él puso, en algunos momentos, el poder político al servicio de su mundo privado, en este caso, la sexualidad, la que por más de alguna razón es la más privada de las esferas privadas. Por supuesto, todos, Berlusconi también, tenemos derecho a vivir nuestro mundo privado, y la violación de lo privado por lo público ha de ser denostada con suma intransigencia. Pero en el caso Berlusconi ocurre exactamente al revés pues aquí estamos frente a una abierta violación de lo público por lo privado.

Entendemos la idea del “mundo privado” en sus dos acepciones. Una, porque es propio, íntimo, interno. Otra, porque priva, y lo que más priva lo privado es lo público (lo ostentable, lo demostrable, lo imponente) En este sentido la falta de Berlusconi es similar a quien usa el poder político para ponerlo al servicio de sus amigos, de sus familiares, de su fama, o de su peculio.

El gran problema es que Berlusconi, considerado —sin ninguna razón— un político maquiavélico, ha traicionado nada menos que al espíritu de Maquiavelo en el país de Maquiavelo. O dicho en otras palabras: ha traicionado el significado y el sentido de la política que para Maquiavelo —quien retomó parte de la tradición grecolatina— es una actividad específica que proviene de la guerra y del comercio pero a la vez muy diferente a la guerra y el comercio.

Tres son, siguiendo a Maquiavelo, los principios fundamentales del hacer político: Primero, la política no puede ser separada del tema del poder. Segundo, el poder es lucha por el poder. Tercero, esa lucha es librada por seres humanos radicalmente imperfectos quienes para conseguir, conservar y aumentar su poder deben recurrir a medios reñidos con la moral privada y, en cualquier caso, con la religiosa. Eso no significa que la política debe ser inmoral o amoral, como se adjudica de mal modo a Maquiavelo. Significa que así como hay una moral específicamente religiosa, una moral específicamente sexual, una moral específicamente militar, etc., hay, además, una moral específicamente política. Y no hay inmoralidad política más grande que la de subordinar lo político a lo no político, sea lo no político económico, religioso, militar, y en este caso, sexual.

La política maquiavélica, al igual que la de los antiguos griegos, tiene como objetivo la gobernancia de las ciudades. Pero no es la gobernancia en sí, o como institución, lo que preocupaba a Maquiavelo —ese será un tema de los filósofos contractualistas postmaquiavélicos— sino la persona del gobernante, en este caso, El Príncipe, quien para ser un buen gobernante debía reunir determinadas cualidades. Cualidades políticas pero no morales, ni mucho menos domésticas (económicas, familiares y sexuales).

Dícese incluso que el modelo político-humano de Maquiavelo era César Borgia, personaje que en su moral privada, incluyendo la sexual, haría sonrojar hasta a un Berlusconi. Sin embargo, eso no importaba nada a Maquiavelo. En ese sentido Maquiavelo diferenciaba muy bien entre las virtudes políticas y otro tipo de virtudes que pueden ser muy encomiables, pero no políticas. Acerca de las virtudes que debe portar el príncipe maquiavélico se ha escrito demasiado y casi no hay nadie que no las conozca (entre otras, ser cruel, o amable cuando llega el momento, o inescrupuloso y sobre todo hábil para elegir colaboradores adecuados).

De la misma manera, es muy conocida la diferencia que hacía Maquiavelo entre aquellos príncipes que obtienen el poder por su fortuna y quienes lo obtienen por sus virtudes (en ese punto es dogmáticamente aristotélico). Lo que no siempre ha sido percibido es la connotación dual que otorga Maquiavelo a la noción de fortuna, tema que trata acuciosamente el filósofo a partir del capítulo XXV de El Príncipe.

Por una parte, Maquiavelo se refiere a la fortuna que proviene del azar. Pero por otra, se refiere a la fortuna económica. En ambos casos la fortuna no es para él virtud política. Por el contrario. Quienes llegan al poder por fortuna (cualquiera de las dos) son más susceptibles de perderlo que quienes conquistan el poder con sus virtudes políticas. En ese sentido Berlusconi parece ser un personaje más bien híbrido. Ha llegado a ocupar el cargo de Primer Ministro gracias a algunas innegables cualidades políticas maquiavélicas. Pero, por otro lado, no se puede negar que la fortuna económica de Berlusconi, el control medial que ejerce gracias a esa fortuna, sus relaciones económicas mafiosas, y sobre todo la propiedad sobre el A. C. Milán en un país donde el fútbol es religión nacional, en fin, una larga suma de factores no políticos, incluso antipolíticos, han sido determinantes en su ascendente carrera política.

No obstante, César Borgia también era un hombre afortunado en el sentido maquiavélico. Su fortuna superaba a la de Berlusconi, sin duda. Mas eso no contradice la posición de Maquiavelo; pues el nunca escribió que la fortuna, en sus dos acepciones, era de por sí negativa. Alguien –de acuerdo a Maquiavelo- puede obtener el poder por fortuna (herencia, por ejemplo) pero también puede conservarlo y aumentarlo gracias a sus virtudes políticas. O como se dice hoy: “la suerte no basta; hay que ayudarla”.

Puede incluso que César Borgia –eran otros tiempos- haya puesto su mundo privado al servicio de sus objetivos políticos. Pero jamás puso la política al servicio de sus objetivos privados. No así Berlusconi, quien protegió delitos de sus amantes gracias al poder que otorga el cargo político que representa. Ese, y no otro, es el delito político de Berlusconi.

Desde luego, nadie está pensando aquí en la política como una práctica purificada de cualquier elemento no político. Para los antiguos griegos, por ejemplo, cualquier roce entre lo económico y lo político corrompía las virtudes políticas. En cambio, afirmar hoy día que la política no tiene nada que ver con la economía sería absurdo. La política, queramos o no, ha llegado a ser un espacio de proyecciones múltiples y entre ellas hay que incluir a las eróticas e incluso a las sexuales.

Hay candidatos o candidatas que han ganado elecciones gracias a su apostura física. Hay también políticos que suelen condimentar su profesión con toques eróticos. Kissinger, por ejemplo, gustaba invitar a cenar a las actrices de Hollywood, aunque hay quien dice que nunca fue más allá del postre. Las aventuras de los hermanos Kennedy resaltaban en lugar de menguar el carisma de ambos. Todavía se cuentan anécdotas acerca de las “cientos” de amantes de Mitterand. Hay otros que hacen correr historias con modelos y cantantes en aras de su popularidad medial. No olvidar tampoco a Clinton. O a Putin, narcisista radical, quien gusta posar semidesnudo, mostrando los bíceps que le crecieron durante sus tiempos en la KGB. A veces el erotismo linda con la pornografía política. En un país latinoamericano tenemos el caso —que ya figura en los anales del mal gusto universal— de un presidente que ante millones de televidentes anunciaba a su esposa que esa noche le iba a dar “lo suyo”.

La sexualidad anda dando vuelta por todas partes menos en la cama, decía Foucault, y no hay nada ni nadie que la detenga. Forma parte de la vida cotidiana y es la sal de la vida. Sin embargo, aún hoy, en medio de una globalización que parece deslimitar todo, la política tiene límites que no deben ni pueden ser franqueados. Y el límite de todo límite es subordinar la política a lo que no tiene nada que ver con la política. Y no hablamos sólo de la sexualidad. Usar la política en aras de objetivos económicos, o militares, o incluso ideológicos, significa prostituir el sentido íntimo de la política, sentido que no es otro que la lucha por el poder político. Del político, y no de otro.

* Publicado e E-lecciones.net.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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