Cine LA DEMENCIA DE UN MITO GLOBALIZADO

Desde su estreno en el pasado festival de Cannes la serie de televisión francesa Carlos ha gozado de un prestigio que se expande por los países donde se estrena. Originalmente constó de tres partes con más de cinco horas de emisión pero su éxito la condujo a convertirse en film para salas de cine con una duración de 165 minutos. Además ha atraído la atención del mundo hacia dos venezolanos destacados aunque distintos. De un lado, Ilich Ramírez Sánchez, del otro Edgar Ramírez. Un terrorista que paga cadena perpetua en Francia y un actor que despunta en el cine internacional. Se apellidan igual, ambos son tachirenses y hablan con fluidez varios idiomas. Los une la figura de un mito globalizado.

A veinte años del derrumbe de la URSS y de la disolución de su área de influencia, la mitología del luchador romántico enfrentado al capitalismo y el imperialismo ha cobrado un nuevo cuerpo de reflexión a través de las visiones de cineastas de todo el mundo. No son miradas homogéneas, afortunadamente. La última década ha recogido la necesidad de comprender el porqué de una militancia que trastocó sus ideales de justicia en actos de violencia e incluso criminales. ¿Cómo se puede matar en nombre de la humanidad? Es una pregunta que involucra a las FARC, ETA, las Brigadas Rojas, Sendero Luminoso, la banda Baader-Meinhof y organizaciones similares. Pero existen los luchadores “buenos” y  los luchadores “malos”.

Por ejemplo, el brasileño Walter Salles —autor de la magnífica Estación central— manifestó su nostalgia por cierto sueño latinoamericanista representado por Ernesto Guevara en Diarios de motocicleta, en 2004. Por la otra, el norteamericano Steven Soderbergh cumplió su empeño de producir su visión del mismo personaje en los dos capítulos de Che, el argentino y Che, guerrilla, ambas de 2008. Dos realizadores de prestigio seducidos por un mito ideológico sin ofrecer un aporte crítico, más bien con una fascinación nostálgica. Pareciera un pecado cuestionar al Che, a pesar de las evidencias de su crueldad y su autoritarismo. Prevalece, en cambio, la famosa imagen del cadáver de Guevara en Bolivia. De hecho, el doble film de Soderbergh recuerda la última escena de La hora de los hornos, documental del argentino Fernando Solanas que a finales de los sesenta derivó en la exaltación del socialismo y el peronismo sin prever su tragedia histórica.

Desde otra perspectiva, el alemán Uli Edel presentó en 2008 su Der Baader Meinhof Complex, también conocida como RAF Facción del Ejército Rojo, reconstrucción muy crítica de las acciones de la banda liderada por Andreas Baader y Ulrike Meinhof que a finales de los sesenta perpetró atentados terroristas. Koji Wakamatsu —uno de los más importantes cineastas nipones— propuso una mirada aún más crítica en Ejército Rojo Unido, sobre las milicias de extrema izquierda  dirigidas por Tsuneo Mori  y Hiroko Nagata en el Japón de principios de los sesenta. Con todo, la pieza más significativa se encuentra en Buenos días, noche, del maestro italiano Marco Bellocchio, revisión amarga de las Brigadas Rojas y del secuestro y asesinato de Aldo Moro en 1978.

El Carlos de Assayas se ubica más en este último campo de análisis. Es una obra notable no sólo por la calidad de sus valores de producción y la habilidad narrativa con las cuales aborda tres tormentosas décadas en la vida de Ramírez Sánchez sino por su coherencia expositiva y su tono casi documental. El director francés  toma posición ante el personaje, define su megalomanía y su demencia, pero no incurre en el panfleto. Prefiere reconstruir con rigor periodístico e histórico esa trayectoria sangrienta y la expresa por la vía de la ficción.

Ambientada en Londres, París, Frankfurt, Viena y Beirut y hablada en inglés, francés, español, alemán, árabe, ruso y húngaro, Carlos se convierte en una producción genuinamente global que aborda un drama también terriblemente global. El terrorismo borra fronteras y el primer decenio del siglo XXI ha sido pródigo en víctimas y locura. Una demencia que marcó el siglo aquel 11 de septiembre de 2001. En este marco de locura y muerte, Ilich Ramírez es hoy una referencia que culminará su vida como el símbolo de la muerte.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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