Pablo Gamba LA VOZ CONSTITUCIONAL

El discurso del rey (The King’s Speech, 2010) relata una historia sobre la monarquía en tiempos de transición. “En el pasado todo lo que tenía que hacer un rey era verse respetable en uniforme y no caerse del caballo”, dice Jorge V, rey de Inglaterra y de la cuarta parte de la humanidad, interpretado por Michael Gambon. Pero todo cambió con la radio: “Ahora tenemos que invadir las casas de la gente y congraciarnos con ella. Esta familia ha sido reducida al rango más bajo de las criaturas. Nos hemos convertido en actores”.

El filme escrito por David Seidler y dirigido por Tom Hooper es el relato de cómo un príncipe tartamudo, encarnado por Colin Firth, llegó a convertirse en la voz que requería la nueva forma de representación de la autoridad simbólica de la corona. Lo hizo además en el comienzo de la guerra contra el monstruo totalitarista que amenazaba al mundo gritando a las masas a través del micrófono y en las pantallas de cine: Adolfo Hitler. Lo calificaba para ello su bajo perfil en comparación con el heredero del trono, Eduardo VIII, envuelto en el escándalo del noviazgo con una plebeya estadounidense casada y divorciada de su anterior marido, que recibía regularmente flores del embajador del Tercer Reich en Gran Bretaña. Ser menos proclive que su hermano a llamar la atención de los medios de esa manera es lo que paradójicamente convertía al duque de York en el rey mediático ideal.

Lo esencial de la historia se desarrolla en el consultorio de Lionel Logue (Geoffrey Rush), un terapista del lenguaje y actor fracasado venido de Australia sin título de doctor. Con un currículo en el que la única credencial son los resultados se convierte en el último recurso de Elizabeth, la duquesa de York (Helena Bonham Carter), para sanar la voz de su marido. No deja de percibirse un aire alegórico en la asociación que hace el “especialista” entre el tartamudeo y los métodos a los que se recurrió para darle al niño zurdo y de malas piernas el porte requerido para impresionar en uniforme y no rodar de la bestia al suelo, como antes se exigía. Su tarea es corregir las secuelas psicológicas de esa ortopedia y otros traumas de infancia, para soltar el nudo de la lengua que impide que el espíritu de la monarquía se manifieste y pueda infundir valor a los súbditos en los nuevos tiempos de la radio.

Es un exorcismo del pasado más que una cura médica lo que ocurre en el consultorio de paredes simbólicamente “decoradas” con los que parecen jirones de numerosas capas de papel tapiz arrancadas. Desatascar la voz del personaje de Firth, que representa con aguda verosimilitud su padecimiento, subrayado por primeros planos en granangular que deforman su rostro, es una tarea que comienza con corte abrupto de las fórmulas de tratamiento entre personas de tan diverso rango. “Prefiero Lionel”, dice el doctor que no es doctor, y se dirige al su alteza real como lo hace su familia: “Bertie”. Hacia el final le confiesa que cuando lo llamaron en Australia, como último recurso también, para tratar a los soldados que habían vuelto sin voz de la guerra, confiando en que un actor sabe lo que es hablar, después de darles tratamiento físico descubrió lo que necesitaban: “Supe que tenía que ir a más a lo profundo. Esos muchachos estaban bloqueados para gritar de terror. Mi trabajo fue darles fe en su propia voz y hacerles saber que un amigo los estaba escuchando”.

Pero no es una voz en la que aflore la experiencia personal la que Lionel libera en Bertie. La expresión de las emociones logra abrirse paso furiosamente en el consultorio y tiernamente en la intimidad del hogar, a pesar de las trabas de la lengua. Lo que enmudece al futuro Jorge VI es el uso oficial de la palabra, y lo que le arranca el terapista es apenas lo necesario para que el recién coronado rey pueda pronunciar el discurso que necesita la nación para plantarse unida frente a la barbarie de los nazis, a los que acaba de declararles la guerra.

El drama personal queda escondido en la cabina de transmisión, a diferencia del discurso de abdicación de Eduardo VIII, en el que no falta la referencia a la mujer por cuyo amor renunció al trono. La articulación mecánica de Jorge VI es además la antítesis de los ladridos del führer. La voz carente de atributos del monarca constitucional encarna así en la radio el ideal del estado en la que la autoridad del rey está sometida a la ley y que ha de funcionar con la neutralidad que se atribuye a una máquina para servir a todos los súbditos, incluso en las colonias. Lo intuía su padre, Jorge V: “Dejemos que el micrófono haga su trabajo”.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a Pablo Gamba LA VOZ CONSTITUCIONAL

  1. Roger Sanchez dijo:

    Interesante la forma en que narra la historia, he visto la pelicula hace algunas semanas atras y la verdad me gusto mucho la forma en que Colin interpreta su personaje, bastante atractivo fue tambien la manera en que se tomo el tema aristocratico y su tartamudez, sin embargo creo que hubo una escena donde el ganador del Oscar no convencio, tal vez porque es ingles y sea algo más dificil mostrar lagrimas en la escena, por lo que trata de cubrir el rostro con la mano, creo que eso no funciono mucho, sin embargo sigue siendo una de mis peliculas favoritas del 2010.

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