Naibet Soto Parra UNA MAMI DEL METRO

En Caracas son las 5 de la tarde. En el Metro deben ser como las seis. Los tiempos de espera son agónicos, pero los poros se alegran con ese cálido proceso que les lleva abrirse con menos pudor del necesario, y dependiendo de tu cantidad de grasa corporal, exhiben líquidos incontrolables, una especie de llanto general que una vez iniciado no hay forma de detener. La esperanza de corregir tan perverso efecto dentro del vagón se ha disipado hace años, sólo queda pelear por un espacio en el cual iniciar un viaje que nadie sabe cuánto durará. Lo de la pelea es cabal, o aprendes a bracear, a compartir tu espacio vital, y a bañarte de otros sudores, en esa suerte de brindis sin salud, donde aprecias el uso de desodorante y los mejores alientos que cualquier jornada laboral legue en las bocas de quienes se atropellan junto a ti, contigo, o pierdes.

Curiosamente el vagón se abre con decencia, bajan unos cuántos dejando espacio para nosotros, y un soplo mediano me avisa que quizás entre las servilletas que llevo en mano y las rendijas que quedan sobre mí puedo contener el progreso de mi sudoración. Soy su telón, lamentablemente contengo su vista del resto de los ocupantes masculinos, no lo intuyó, lo sé, porque para mí no son esas miradas, demasiada lascivia concentrada en mi cabello corto, mis pecas y mi sobrepeso, qué va, eso es con otra, pero hasta que no lleguemos a Chacaito y se baje medio mundo, no podremos reordenarnos, así que el público intenta jugar con el breve reflejo que de sus formas hacen los vidrios de las puertas, depositarias de parte de su humanidad.

Se cumple la regla, nos vamos rodando con el flujo que desaloja el tren, y quedamos una al lado de la otra, con un par de agarraderas libres y bien puestas, para las que yo tengo mejor estatura, al comprobarlo hago un canje y le dejo el sitio más cercano a las sillas, de modo que allí sí pueda sujetarse. Me sonríe y le devuelvo el gesto, y en simultáneo, conforme vuelvo a pasar el pequeño pañuelo de papel sobre mi rostro ella bate la melena, negra, desordenada, en capas, digna también de espacio. Su primera frase conmigo es: “para unos rabos como los nuestros hace falta espacio, ¿verdad?”. Vuelvo a reír, amén de la diferencia de pesos, asumo que ella utiliza un jean una talla menor a la que le permitiría ahorrarse unas cuántas varices con el paso del tiempo, más aún si le sumamos los tacones de aguja que complejizan su tránsito. No tiene implantes mamarios, son unos pechos discretos, quizás un 32B, pero bajo el efecto de un buen push up, cualquiera luce más de lo que tiene. Ella lo hace. El escote del pedazo de tela que funge de blusa es muy exagerado, el maquillaje de sus ojos también, unas cuantas capas de máscara en las pestañas que le obligan a moverse juntas, como si fuesen un cuarteto de pequeños abanicos sujetos a los párpados.

Las uñas sí son falsas. Me dan escalofrío. No puedo entender cómo cuernos se friega un plato o se marcan teclas de un celular con semejantes aplicaciones en las puntas de los dedos. Tiene un diseño extraño, son manchas de tigre pero en dorado y negro, ¿trabajarán con lupa quienes pintan en esos espacios tan pequeños?, ¿serán calcomanías? Ella nota mi mirada, le explico mi duda y la resuelve rápido: mi prima dejó de secar pelo para poner y pintar uñas, y gana bien con eso, a mí no me cobra, pero a las demás sí les cobra bien, es que no te creas esa máquina para secarlas y el resto de los materiales son muy caros, esto se hace con pinceles especiales, afirma mientras se señala una manchita felina.

Paramos en Plaza Venezuela y baja mucha más gente y luego se suben otros, ella guarda posición, uno de los nuevos viajeros logra llegar detrás de nosotras y sin ánimo alguno de discreción, se acomoda el morral a un lado para voltearse y tener el primer plano de ella. Yesenia con ye y ese, me dice. Naky con ka, le digo. Tiene 32 años y una hija de 17, que parió demasiado joven y a la que ha educado para que no cometa el mismo error. Viven en Caricuao, así que haremos juntas el recorrido, yo me quedaré en Antímano, y ella me adelanta que se me notaba lo de la universidad. Me da risa otra vez, pero ella muy seria insiste en que eso se nota, cuando la gente ha estudiado, más aún una mujer.

Estudiar es como hacer el amor. Quien te diga que disfrutó cuando empezó a hacerlo, te miente. Yo juraba que eso era acostarte, abrir las piernas, que él se moviera un ratico, se quejara, se sacudiera y San Seacabó. Muchas veces rogaba que fuese más rápido, porque eso era muy incómodo, porque en lo que se quedara rendido entonces yo podría ver televisión y bañarme con agua calientica, y tú sabes, que si me comprara una cosa al salir, una comida o un dulce. Así me preñó. Y mi mamá se arrechó como nunca. Eso es ahora que las dejan vivir en la casa, pero a mí me mandaron para casa de él, y yo no aguanté ni tres meses lavándole la ropa a todo el mundo y cocinando y fregando y no mi amor, con mi barriga me fui, a Yaguaraparo, a la casa de mi abuela, con ella terminé el embarazo y parí y le dejé a la niña con cinco meses y me vine a Caracas otra vez. Empecé a trabajar de cajera en un automercado, pero quería estudiar y con ese horario era imposible.

Detiene su relato y se asoma en mi libreta a ver qué estaba escribiendo. Abrió sus ojos ampliamente y revisó parte de lo que había escrito, le gustó mi letra y se sorprendió que anotara tan rápido. Me preguntó a dónde iba a parar todo su cuento. Resumo esta historia de escribir y publicar, y ante la evidencia de lo complicado que sería hablar de blogs, prefirió seguir con el suyo.

A mí me gusta ser la protagonista, así que anota, Narky, ¿es Narky, no? -no la corrijo-; me cambié de trabajo y saqué el bachillerato por parasistema en Plaza Venezuela. Viajaba cada tres semanas por la niña, era muy largo el viaje pero no me la podía traer todavía, la gente de Responsables de Venezuela -una línea de autobuses- ya me conocía. Entonces me metí en la Academia Americana. Y allí si le cogí amor a estudiar. A tirar todavía no, pero a estudiar sí. Saqué tres cursos y después de cambiarme de trabajo -ganado siempre más-, pensé que ya estaba bueno, porque vivía en una pensión por La Candelaria arriba y la casa era buena y había gente muy decente ahí. Me metí en el Iutirla, hice “Publicidad y Mercadeo” y aprendí muchísimo y cuando ya estaba en el segundo semestre me traje a la niña. Se llama Yesica, también con ye. Me la traje, ella ya iba para 2do nivel, y me ordené. Tuve unos novios, pero siempre lo mismo, tú sabes, una charla, mucha conquista, una cena, un paseo por ahí y enseguida querían cama. Yo me dejé porque a veces me hacía falta, yo no sé a ti, pero a mí me hace falta -ríe con vergüenza-.

Cada vez que mueve el pelo huele a algo mejor que el champú o el acondicionador, debe ser que también se perfuma la melena. Nos bajamos en Capitolio y había demasiada gente, tuvimos que esperar a que se despejaran un poco las escaleras, porque el gentío para subirse a las mecánicas siempre es tan grande que no dejan espacio para acceder a las fijas.

El pasillo fue muy divertido, tuve que cambiar mi propio paso por consideración a sus zapatos y tongoneo. Es fantástico el poder que emana por saberse deseada, se mueve mejor, se bate el pelo, mira de soslayo, y en algún momento retoma su conversa conmigo. Le aclaro que estoy casada, haciendo un postgrado, que trabajo en una ONG y que me gusta lo que hago. Me pregunta el sueldo y se carcajea: “¡No me jodas, toda esa inteligencia pa’ ganar esa miseria!”. Le explico qué es lo que hacemos y me pide que en lo que vuelva a abrir un curso le avise, para ella o para la niña, que ella es muy responsable y seguro iría. Reivindicada en las miradas de todos, me habla del momento en el que decidió dejar de ser un hueco donde un tipo mete su cosa, cuando decidió ser amada de verdad, probar con la ternura, presentarle a su hija a la segunda salida y entonces medir si era bueno lo que el tipo quería con ella. Fue un proveedor de materiales de su anterior empleo y la relación duró poco más de un año, que fue buenísimo me confirma, pero como él no se decidía sobre qué pasaría después lo mando pa’l coño, porque así, sin futuro, no se puede vivir. Ella quiere casarse alguna vez. Le resumí mis mejores relatos de la boda, y se rió sabroso con lo del maquillaje, que al no ser a prueba de agua me dejó como un mapache. Le expliqué que ese es el animalito de Candy Candy, y cuando compredió las manchas me acarició la cara. Me dijo que era muy bonita pero tenía que echarme una pinturita, porque tener marido no es garantía, que igualito por estas cosas se puede ir con otra, una como ella.

Este vagón sí tenía aire acondicionado, uno muy potente de hecho, y además del consabido efecto de piel de gallina, el alzamiento de pezones terminó de privar a los nuevos observadores. Sin discreción, nuevamente. Su niña se gradúa este año de bachiller en el colegio San Agustín. Ella quiere que estudie en la universidad católica, porque le queda muy cerca y es muy buena. La propia Yesenia está haciendo un curso de inglés en el CVA, y sábado a sábado va a clases pero repasa sus lecciones todas las noches después de acomodar la casa. Paga un buen alquiler, y el dinero le está alcanzando, con sacrificios, pero le alcanza. Está enamorada.

– Él llegó hace como dos meses a la oficina y está buenísimo. Es un moreno alto y tiene unos dientes como si hubiese usado aparatos -ortodoncia-. Habla muy bien y siempre me ve pero no me dice nada, yo creo que es tímido o que yo le doy miedo. Un día de estos soy yo la que le va invitar algo, a mí no me gusta esperar mucho, y si espero más se me va a pasar la vaina y yo creo que este sí puede ser. Él sabe de Yesica porque tengo la foto de ella en mi escritorio, a lo mejor se cree que es mi hermana, menos mal que salió a mí y no al mamarracho del papá al que por cierto no vi nunca pero nunca más. Cuando me gradué de TSU ya las cosas estaban muy bien con mi mamá y mis hermanos, y ellos mi hicieron una fiestica, cómo la gocé. Pasé medio día en la peluquería, pagué hasta por el maquillaje, quería ser la reina que fui. El vestido me lo compré en el centro, y es de tafetán rojo, ¡muchacha, parecía una diabla!, ¡era la más bella de todas! Los usuarios en el vagón afirman sin darse cuenta, creo que en consideración a su belleza presente, y a la notable fantasía de imaginársela forrada en rojo, un Ferrari sexual, una “revolucionaria” que exhala deseo. Le añade un detalle que me aguó los ojos: le gusta estudiar con Yesica porque así vuelve a aprender, ella tiene su propio cuaderno de tareas.

Veo la autopista a través de las pequeñas ventanas en el túnel y entonces sé que estamos llegando a mi estación, cierro la libreta y volvemos a sonreírnos. Me pide que le avise cuándo escriba esto, dice rápido su complicada dirección de Hotmail y aunque trato de hacer memoria para no volver a sacar el bolígrafo, subiendo las escaleras me enredé, de todos modos anoté las 10 opciones que se me ocurrieron en el momento.

Es una mami, que huele bien, que baila cuando camina, que sabe de sus destrezas, que estudia incansablemente, que ha tenido empleos ascendentes y vive con la ilusión de apoyar a su hija para que su destino sea diferente. No es bella pero sí guapísima, podría ser común pero se esfuerza en sus diferencias, amplía sus competencias. Es imposible que no se mueva bien en tacones con todo lo que ha sorteado hasta ahora para hacer lo que hace. Para hacerlo bien.

Estudiar es como hacer el amor, me dijo. Ahora voy a por el orgasmo de mi tesis, pero antes probaré todas las opciones que anoté, a ver si este relato, le llega.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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