Trino Márquez LA VENGANZA CONTRA LAS UNIVERSIDADES

Desde siempre se ha sabido que los regímenes autoritarios no se llevan bien con las universidades ni centros educativos donde se ejerce el juicio crítico. Las universidades autónomas les resultan demasiado incómodas y hasta insoportables a los autócratas. ¿Qué es eso de que un grupo de profesores y estudiantes anden por allí mostrando su desacuerdo con los proyectos redentores o con los padres fundadores de nuevas repúblicas y sociedades?

El proyecto totalitario chavista ha intentado apropiarse de las universidades autónomas por diferentes vías. En esta búsqueda han ensayado la vía electoral, las tomas violentas de recintos y la creación de universidades bolivarianas, satélites del Gobierno. Todos los intentos han fracasado. Como esa gente es tozuda, desde hace algunos años decidieron asfixiar financieramente a las universidades autónomas para intentar someterlas a ese adefesio llamado el Primer Plan Socialista de la Nación, 2007-2013, inscrito en la tradición de los planes quinquenales del camarada Stalin y del comandante Fidel.

El último presupuesto universitario —que incluyó un modesto aumento de sueldos y mejoras reivindicativas para los profesores, empleados, estudiantes y obreros— fue el de 2008. A partir de esa fecha los presupuestos han sido reconducidos. Durante los últimos tres años y pico que las universidades han tenido la misma asignación financiera, la inflación ha superado cómodamente el 100%. Además, se les ha restringido toda posibilidad de obtener ingresos propios mediante convenios internacionales, investigaciones para empresas privadas, donaciones de organismos internacionales y otros mecanismos. El propósito de este asedio es claro: lograr que las universidades nacionales se conviertan en capillas donde se le rinda culto al proceso y, en especial, a su máximo guía espiritual. Las universidades deben actuar —según la antigua jerga comunista— como “correas de transmisión” de la revolución bolivariana. De su seno debe desaparecer toda visión crítica, todo pensamiento independiente y cuestionador que choque con los postulados de la ortodoxia revolucionaria.

La natural rebeldía de los universitarios, que no fueron doblegados ni siquiera por Juan Vicente Gómez, la estamos pagando caro. La venganza del teniente coronel ha sido implacable. Las ha flagelado por una zona donde el látigo castiga más duro: el estómago. Los sueldos de todos los universitarios se han volatilizado. Una gran cantidad de docentes a Tiempo Completo y Dedicación Exclusiva de los primeros escalafones —Instructores y Asistentes— ganan en términos netos menos del sueldo mínimo, pero deben haber cursado estudios de cuarto nivel y estar actualizados en sus respectivas áreas de conocimiento. Los recursos para la investigación, la compra de equipos, la reposición de cargos, los aumentos por reclasificación o ascenso en el escalafón del personal administrativo o docente, quedaron pulverizados por la inflación. El chavismo ha convertido a las universidades en grandes liceos anacrónicos y pedestres.

En el siglo XX los bolcheviques inauguraron esta tradición de someter las universidades a las órdenes de Partido y del Estado. En la era de Lenin y, luego de Stalin, en esas casas de estudio desapareció todo vestigio de independencia. Las disciplinas —desde la Sociología y la Historia, hasta las Matemáticas y la Medicina— tenían que estudiarse a partir de los cánones de la visión marxista del mundo. Había que establecer cómo en cada uno de los campos del saber actuaban las leyes de la dialéctica y el marxismo-leninismo-stalinismo. Los jóvenes universitarios soviéticos tenían que superar la “ciencia burguesa” para alcanzar ese desiderátum que es la “ciencia proletaria”. Fueron tantos los disparates que se cometieron tras esa búsqueda quimérica, que a los jerarcas del Partido no les quedó más remedio que seguir los protocolos de todo saber científico: observación, experimento, inducción, deducción, establecimiento de leyes a partir de la comparación y la demostración. Claro, la nomenclatura —que nunca mordió ese anzuelo— siempre mantuvo universidades serias donde al menos las ciencias duras se estudiaban de acuerdo con el método experimental. Nada de bobadas dialécticas, ni de ideologías tontas. En la universidad Lomonosov de Moscú se impartía mucha ciencia y poco gamelote.

La huelga de hambre de los estudiantes y profesores a las puertas del edificio donde funciona el PNUD adquiere proporciones épicas y una resonancia cada vez mayor. El heroísmo constituye un ingrediente esencial de la lucha contra este régimen fraudulento, que —a pesar de nadar en la abundancia— prefiere regalarle dinero a la dictadura milenaria y oprobiosa de los hermanos Castro, o a un mandatario corrupto como Daniel Ortega, antes que entregarles a las universidades autónomas los recursos necesarios para que cumplan su misión: ser las casas donde se vencen las sombras.

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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