Cine LAS PERFECCIÓN ENAJENADA

Natalie Portman encarna el drama de Odette al tratar de convertirse en Odile.

Una bailarina enfrenta el gran reto de su vida. A Nina Sayers la espera el doble papel de Odette y Odile en El lago de los cisnes, cuya partitura fue compuesta por Tchaikovsky entre 1875 y 1876 para ilustrar la lucha entre el Bien y el Mal, al musicalizar la batalla entre el cisne blanco y el cisne negro. Su obsesión por la perfección le permite dominar el primero. Su inseguridad y baja autoestima le impide controlar al segundo. Esta premisa dramática constituye la médula de El cine negro, la aplaudida película de Darren Aronofsky que ha permitido el lucimiento interpretativo de Natalie Portman, una actriz israelí que debutó en 1994, con apenas trece años, en Léon, el profesional, del francés Luc Besson. Una intérprete que ha crecido en la pantalla ante los ojos del mundo y reciente ganadora del Oscar por este trabajo. El sustento de su impresionante actuación se halla en las  trampas tendidas por la obsesión de alcanzar la perfección y en su capacidad para expresar su angustia. Pero también en la obsesiva manera de tratar algunos temas del director neoyorquino, especialmente el referido a los perdedores. Algo así como la fascinación de la derrota.

Aronofsky es tan obsesivo como sus personajes. Se encuentra atado a un tipo de trama y a una definición de personajes que van y vienen de un film a otro, aunque parezcan muy distintos. Debutó en 1998 con Pi, film en blanco y negro de bajo presupuesto sobre la perturbación de un matemático sobre el control del universo. Luego presentó la inquietrante y discutida Réquiem por un sueño (2000) en torno a una joven pareja que se hunde en el infierno de la droga en una sociedad poseída por el consumismo. Más tarde falló notablemente con La fuente de la vida (2006) y se levantó con gloria gracias a y a la muy intensa El luchador (2008), con un Mickey Rourke resurgiendo de sus cenizas como actor. Y ahora Aronofsky corona su breve pero fructífera carrera con El cisne negro (2010), elegida para inaugurar el Festival de Venecia del año pasado y propulsora de sus postulaciones como mejor director ante los premios de la Academia Británica, los Globos de Oro y el Oscar.

Entre El luchadorEl cisne negro, a pesar de sus diferencias, surgen similitudes importantes. Entre el maduro y rudo hombre que contra toda indicación intenta regresar al cuadrilátero aunque sabe que está condenado y la joven y grácil bailarina que necesita  triunfar en un muy competido ballet, se establecen los lazos de la obsesión. La obstinación de Randy Robinson es tan grande como la de la bailarina angustiada por el triunfo. Detrás de las perturbaciones de uno y otra se halla el campo minado de la afectividad, tanto en el espacio de la relación filial como en el terreno de la relación amorosa. Tan distintos y tan parecidos.

En el caso de Nina, esta manía se convierte en una perturbación de su vida. De la delicadeza de la danza a la brutalidad de la autoagresión sólo media un paso. Ella enfrenta un doble reto: bailar ambos personajes de El lago de los cisnes bajo la imposición de Thomas, el autoritario y manipulador coreógrafo francés de una compañía de ballet neoyorquina. Por otra parte, Nina pretende demostrarle a su madre Erica —una bailarina que no pudo desarrollar su carrera por su maternidad— que sí puede llevar adelante su afán perfeccionista. Debe luchar contra las manipulaciones de Thomas —interpretado adecuadamente por Vincent Cassel— y, al mismo tiempo, siente el acoso de Lilly, la joven y hábil bailarina suplente que pretende desplazarla del rol del cisne negro. Por si fuera poco, debe procesar su furia interna ante una madre que la subestima. En realidad se trata de una lucha extrema consigo misma.

Hay dos tramas secundarias muy interesantes en el complejo guión de Andres Heinz, Mark Heyman y John McLaughing: de una parte,  el pasado de Erica —la eterna buena actriz Barbara Hershey— y, de la otra, el de la ex primera bailarina Beth —Winonna Ryder en su regreso a la actuación— también una víctima del ballet, groseramente retirada por Thomas al llegar “a una edad en que ya no puede bailar”. El drama de ambas mujeres —genuinas perdedoras— alimentan la trama principal de Nina —que se confunde con el propio argumento de El lago de los cisnes— al encarnar el arquetipo de la mujer que se convierte en otro ser, en el animal que simboliza la naturaleza salvaje.

La responsabilidad, la ansiedad y el stress son las condiciones que definen la conducta de Nina. Como en El luchador, el director norteamericano escoge un punto de vista y lo mantiene, disciplinado como un bailarín. Vivimos la jornada de Nina como ella, como si estuviésemos en las aulas, en la barra, en los ensayos, en los espejos, en los múltiples, pequeños y precisos rituales del ballet. Es la experiencia física, emocional y sensorial de bailar.

Pero también es la tragedia que enluta la lucha del Bien contra el Mal. Nina sabe bailar muy bien como Odette, el cisne bueno, pero duda al tener que actuar como Odile, el cisne malo. Esta dualidad es lo que el permite descubrir su lado oscuro, sus manías, sus penas emocionales. Un lado oscuro que la invita a la rebelión frente a su madre y ante Thomas, que le permite explorar otra sexualidad, que la conduce a un estado de desesperación letal. Fíjense bien y encontrarán que la estructura dramática y el final de El luchador y El cisne negro son notablemente parecidos.

Aronofsky contó con varios aportes esenciales en este hermosa experiencia sensual: la fotografía de Matthew Libatique, que encuadra y se mueve con la inteligencia del gesto repleto de control e intención, y la música de su habitual colaborador Clint Mansell, quien a partir de Tchaikovsky propone algo más sombrío, más íntimo. El montaje de Andrew Weisblum impone el ritmo d eun drama fentro y fuera del escenario y la dirección de arte de Thérèse DePrez cubre la idea global y los detalles de la ambientación física y emocional de la historia. El elenco es excelente, especialmente Natalie Portman, encarnación del vértigo de la perfección.

EL CISNE NEGRO (“The Black Swan”), EEUU, 2010, Dirección: Darren Aroovsky. Guión: Andres Heinz, Mark Heyman y John McLaughing, a partir  de un argumento de Heinz. Producción: Mike Medavoy, Arnold W. Messer, Brian Oliver y Scott Franklin. Fotografía: Matthew Libatique. Montaje: Andrew Weisblum. Música: Clint Mansell. Dirección de arte: Thérèse DePrez. Elenco: Natalie Portman, Vincent Cassell, Barbara Hershey, Winona Ryder, Mila Kunis. Distribución: Cines Unidos.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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