Trino Márquez LIBIA: LA DETERMINACIÓN DE LOS DEMÓCRATAS

El conflicto libio ha servido para separar, de nuevo, a los demócratas con sentido de responsabilidad y conciencia de su liderazgo, de la izquierda cavernícola y de los demócratas benévolos con los tiranos. Para los primeros, impulsores de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, era indispensable detener la masacre perpetrada por Gadafi contra su pueblo, e impedir la matanza que se desataría si el déspota terminaba de cercar y tomar Benghazi, principal bastión de los rebeldes. Esta amenaza aceleró la decisión del Consejo. A la resistencia libia le esperaba el cadalso. Las “ratas” habrían sido exterminadas. Así lo había prometido el dictador en uno de sus histriónicos discursos. Hoy el mundo civilizado estaría lamentándose de la venganza desmedida de Gadafi, quien -a diferencia de Ben Alí y Mubarak- utiliza el poder mortífero de las armas compradas con el dinero del pueblo para aniquilar la protesta justa y legítima contra su régimen, luego de 42 años de despotismo. EE.UU., Francia, Inglaterra y los otros miembros de la OTAN, serían el blanco de las críticas más mordaces por su cobardía.

La intervención de la alianza ha tenido que ser contundente. Ante un autócrata con una mano de hierro tan firme no podía actuarse de otro modo. La ofensiva ha estado dirigida a objetivos militares: bastiones, arsenales, líneas de suministro, y todos aquellos puntos que le impidan a Gadafi recomponer sus planos y fortalecerse para destruir a los insurgentes que exigen cambios en el mineralizado sistema político del país magrebí.

Pero la firmeza no es algo que les atraiga a la izquierda troglodita ni a los demócratas vacilantes. Los primeros son cínicos. ¿Se ha visto a alguien más inclemente con la oposición o la disidencia que Fidel Castro? Sus actos de crueldad recuerdan los castigos bíblicos, pero allí está: condenando la “intervención imperialista” en el país norafricano. Su discípulo criollo, sin mostrar todavía la sevicia del maestro, ha dado pruebas categóricas de hasta dónde puede llegar. La masacre de PDVSA y las penas a los comisarios y a la jueza Afiuni, representan buenos ejemplos de lo que estamos diciendo.

Con respecto a los segundos, la timoratería forma parte estructural de su forma de entender y actuar en política, y de su manera de asumir el liderazgo colectivo e individual, según sean las circunstancias. Asocian democracia con indecisión. Son tan tolerantes y comprensivos con los sátrapas, que cuesta reconocer la firmeza de sus convicciones democráticas. Apelan, lo mismo que la izquierda dromedaria, a los principios de la soberanía, la autodeterminación y la no intervención, con el fin de no comprometerse a actuar con determinación en situaciones donde no existen alternativas. Este es el  caso de Libia: el pueblo insurgente no se encuentra en capacidad -por sus propios medios- de detener la brutalidad del megalómano Gadafi, de allí que el auxilio internacional haya sido indispensable e impostergable.

Sorprenden las posturas tan ambiguas de Ángela Merkel, jefa del Gobierno de la nación más influyente de Europa, y de Dilma Rousseff, presidenta de una potencia emergente y del país más poderoso de América Latina. ¿Qué clase de líderes son estas que se inhiben de pronunciarse con claridad en circunstancias donde la ambivalencia no cabe? ¿Por qué tanta delicadeza con un genocida?

El comportamiento de la Canciller teutona y de la mandataria brasileña parece propio de los gobernantes chinos y rusos, quienes representan regímenes autoritarios o democracias tan imperfectas como la surgida en Rusia luego de la implosión de la URSS. Sin embargo, resulta inaceptable de gobernantes de sociedades que han padecido el ultraje de psicópatas como Hitler o dictaduras militares.

Gadafi es el único beneficiado de las dudas (nunca exhibidas por él) de esas democracias europeas, ante la acción de las naciones que intervienen directamente en el conflicto. Los jefes de esos gobiernos serán responsables –en buena medida- de la masacre contra los libios y del exterminio de la oposición, que se desatará si el déspota y sus hijos reasumen el control de los territorios liberados. Afortunadamente, esta posibilidad luce remota.

El respeto a las relaciones internacionales no debe servir de excusa para justificar los titubeos frente a terroristas como Gadafi.

Los demócratas irresolutos tendrían que deslindarse de la izquierda troglodita, que nunca vacila cuando se trata de aniquilar al adversario.

@tmarquez

El conflicto libio ha servido para separar, de nuevo, a los demócratas con sentido de responsabilidad y conciencia de su liderazgo, de la izquierda cavernícola y de los demócratas benévolos con los tiranos.

Para los primeros, impulsores de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, era indispensable detener la masacre perpetrada por Gadafi contra su pueblo, e impedir la matanza que se desataría si el déspota terminaba de cercar y tomar Benghazi, principal bastión de los rebeldes. Esta amenaza aceleró la decisión del Consejo. A la resistencia libia le esperaba el cadalso. Las “ratas” habrían sido exterminadas. Así lo había prometido el dictador en uno de sus histriónicos discursos. Hoy el mundo civilizado estaría lamentándose de la venganza desmedida de Gadafi, quien -a diferencia de Ben Alí y Mubarak- utiliza el poder mortífero de las armas compradas con el dinero del pueblo para aniquilar la protesta justa y legítima contra su régimen, luego de 42 años de despotismo. EE.UU., Francia, Inglaterra y los otros miembros de la OTAN, serían el blanco de las críticas más mordaces por su cobardía.

La intervención de la alianza ha tenido que ser contundente. Ante un autócrata con una mano de hierro tan firme no podía actuarse de otro modo. La ofensiva ha estado dirigida a objetivos militares: bastiones, arsenales, líneas de suministro, y todos aquellos puntos que le impidan a Gadafi recomponer sus planos y fortalecerse para destruir a los insurgentes que exigen cambios en el mineralizado sistema político del país magrebí.

Pero la firmeza no es algo que les atraiga a la izquierda troglodita ni a los demócratas vacilantes. Los primeros son cínicos. ¿Se ha visto a alguien más inclemente con la oposición o la disidencia que Fidel Castro? Sus actos de crueldad recuerdan los castigos bíblicos, pero allí está: condenando la “intervención imperialista” en el país norafricano. Su discípulo criollo, sin mostrar todavía la sevicia del maestro, ha dado pruebas categóricas de hasta dónde puede llegar. La masacre de PDVSA y las penas a los comisarios y a la jueza Afiuni, representan buenos ejemplos de lo que estamos diciendo.

Con respecto a los segundos, la timoratería forma parte estructural de su forma de entender y actuar en política, y de su manera de asumir el liderazgo colectivo e individual, según sean las circunstancias. Asocian democracia con indecisión. Son tan tolerantes y comprensivos con los sátrapas, que cuesta reconocer la firmeza de sus convicciones democráticas. Apelan, lo mismo que la izquierda dromedaria, a los principios de la soberanía, la autodeterminación y la no intervención, con el fin de no comprometerse a actuar con determinación en situaciones donde no existen alternativas. Este es el  caso de Libia: el pueblo insurgente no se encuentra en capacidad -por sus propios medios- de detener la brutalidad del megalómano Gadafi, de allí que el auxilio internacional haya sido indispensable e impostergable.

Sorprenden las posturas tan ambiguas de Ángela Merkel, jefa del Gobierno de la nación más influyente de Europa, y de Dilma Rousseff, presidenta de una potencia emergente y del país más poderoso de América Latina. ¿Qué clase de líderes son estas que se inhiben de pronunciarse con claridad en circunstancias donde la ambivalencia no cabe? ¿Por qué tanta delicadeza con un genocida?

El comportamiento de la Canciller teutona y de la mandataria brasileña parece propio de los gobernantes chinos y rusos, quienes representan regímenes autoritarios o democracias tan imperfectas como la surgida en Rusia luego de la implosión de la URSS. Sin embargo, resulta inaceptable de gobernantes de sociedades que han padecido el ultraje de psicópatas como Hitler o dictaduras militares.

Gadafi es el único beneficiado de las dudas (nunca exhibidas por él) de esas democracias europeas, ante la acción de las naciones que intervienen directamente en el conflicto. Los jefes de esos gobiernos serán responsables –en buena medida- de la masacre contra los libios y del exterminio de la oposición, que se desatará si el déspota y sus hijos reasumen el control de los territorios liberados. Afortunadamente, esta posibilidad luce remota.

El respeto a las relaciones internacionales no debe servir de excusa para justificar los titubeos frente a terroristas como Gadafi.

Los demócratas irresolutos tendrían que deslindarse de la izquierda troglodita, que nunca vacila cuando se trata de aniquilar al adversario.

@tmarquez

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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