Peio H. Riaño EL PERIODISTA QUE MATÓ LA INDIFERENCIA*

Rodolfo Walsh no tuvo la culpa del premio que con su nombre otorgaron a Chávez.

Hace poco, el presidente venezolano Hugo Chávez recibió en Argentina el premio Rodolfo Walsh, otorgado por la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. por promover la “comunicación popular”. Tamaño desaguisado —reconocer a un mandatario que ha mandado a cerrar emisoras de radio y televisión y ha perseguido a periodistas— ha permitido que mucha gente se pregunte quién fue aquel periodista, escritor, dramaturgo y traductor nacido en Lamarque, Río Negro, Argentina, en 1927, que militó primero en la ultraderechista Alianza Libertadora Nacionalista y luego en las organizaciones izquierdistas y guerrilleras FAP y Montoneros. Se hizo célebre por sus relatos policiales y por sus investigaciones Operación masacre, ¿Quién mató a Rosendo? y El caso Satanowsky. Fue “desaparecido” por la dictadura militar de Videla el 25 de marzo de 1977, después de denunciar los asesinatos perpetrados por el régimen.  Hace poco Peio H. Riaño redactó para Público.es, de Madrid, una reseña sobre este peculiar personaje convertido en símbolo de la libertad de  expresión. La  compartimos con ustedes.

En Argentina, en 1967 y 1968, los disparos de advertencia mataban por la espalda. En las comisarías bonaerenses se inventaban delincuentes una vez muertos y aparecían revólveres junto a los cuerpos una vez fríos. Las ráfagas se escapaban y herían de gravedad a las madres que trataban de parar el asesinato de sus hijos. La consigna era tirar primero, investigar después. Tampoco con la picana eléctrica la Policía tenía más cuidado: “Como se sabe, es un instrumento delicado que requiere en el operador cierta calma para no incurrir en lamentables abusos frente al preso que no quiere confesar”. Las comillas son del escritor Rodolfo Walsh y pertenecen a uno de los 50 artículos compilados en el libro El violento oficio de escribir, que 451 Editores publicará por primera vez en España la primera semana de mayo.

“Dijimos al referirnos en Tucumán que la violencia policial va siempre acompañada de corrupción. La secta del gatillo alegre es también la lógica de los dedos en la lata. Pero esto será motivo de otra nota, siempre que no tropecemos en el camino con algún disparo de prevención”, escribió en el último párrafo de la nota a la que nos referíamos. La tituló La secta del gatillo alegre, en ella denunciaba los excesos de los procedimientos de la policía bonaerense y cargaba con toda la ironía contra las milongas oficiales que tapaban la impunidad de los asesinatos. Diez años más tarde, una de esas balas preventivas acaba con su vida en una emboscada en plena calle. Era un trofeo mayor para la Marina de Guerra.

La agresión sin concesiones

Gota a gota la obra de Rodolfo Walsh culmina. La última recuperación fue la de sus cuentos (rescatados por la editorial Veintisieteletras), y años atrás la misma 451 Editores ya publicó dos de sus grandes reportajes: Operación masacre¿Quién mató a Rosendo?. Comparten sus reportajes y cuentos la soltura en el uso de la elipsis y un estilo vibrante, emocionante y exacto. Walsh se muestra en estas piezas, que recogen el trabajo de casi tres décadas, prudente y sin miedo. Tiene casos, tiene nombres, conoce la calamidad y la utiliza con claridad. En sus artículos hay intención y precisión al tratar la agresión.

“Víctor Liway se hizo autor: no aguantaba el sufrimiento. Incluso dijo que había usado su propio coche para los asaltos. A patadas y trompadas lo metieron en una camioneta gris y lo llevaron a su casa para recuperar el dinero. Como no encontraban nada, salieron furiosos. Los golpes se multiplicaron en el camino de regreso. Lo estaquearon en el cepo, que resucita después de un siglo para la gloria de la revolución argentina”, escribe Walsh al contar los horrores de las torturas, en una de las piezas dedicadas a La secta de la picana.

El editor de la compilación, Daniel Link, ha tenido en cuenta los artículos publicados con la firma de Rodolfo Walsh, sus iniciales o seudónimo (Daniel Hernández). Entre los artículos descartados, no se han incluido los prólogos y piezas que podrían considerarse de crítica literaria. Link apunta que espera una próxima edición que los contenga adecuadamente.

Como el propio editor señala, los textos periodísticos de Walsh caminan desde la exclusión del imaginario en los primeros trabajos del escritor, hacia la consolidación de la ficción en sus notas: “La escritura de Walsh marcha definitivamente hacia su consolidación en el borde peligroso en el que la ficción y la verdad se confunden, en el que el periodismo y la prosa literaria se mezclan, en el que toda definición estética se subordina a la eficacia política”, apunta en una de las notas del libro.

Ernesto Ekaizer, encargado del prólogo, destaca la técnica del relato documental del escritor argentino y aporta hierro al debate de las herramientas del periodista: “¿Qué es lo que late detrás de esa obra única? Una intuición según la cual es posible aportar al periodismo la técnica de la ficción, que confiere al reportaje literario una proyección no conocida hasta entonces. Una ficción, se dirá, contra la cual Walsh se rebela a finales de los años sesenta del siglo pasado, a raíz de la invasión de la política en todos los poros de la sociedad”.

El propio Walsh se convirtió en un reportero en medio de la ficción por decisión propia: “En 1964 decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía”. Un autor en el arriesgado ejercicio del periodismo, amenazado por las prácticas de un país con las libertades por los suelos.

Pero no siempre fue así. A los 29 años estaba casado, tenía dos hijas, había publicado una antología de cuentos policiales argentinos… le interesa poco más, y por encima de todo, el ajedrez. Cuando uno de los soldados del minoritario grupo de militares peronistas, que se levanta contra la dictadura, muere en la revuelta a la puerta de su casa anota su enojo por lo que no le interesa y lo que le harta: “¿Puedo volver al ajedrez? Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela seria que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo”, escribe Walsh.

Sin embargo, con una frase todo cambió: “Hay un fusilado que vive”. Le siguió la pista y durante tres meses Walsh publicó una serie de reportajes que serían el embrión de un libro. A pesar de que reconoció años más tarde que “quería ganar el Pulitzer”. Aunque nunca se lo dieron, aprendió a interrogarse por el heroísmo del hombre corriente.

De cualquier manera, Rodolfo Walsh llegó por la literatura al periodismo. No renunció a lo primero ni a lo segundo, y sus “investigaciones narrativas” (como las llamó el premio Cervantes José Emilio Pacheco) desembocaron en militancia. Y la militancia acabó con su vida. Walsh no tarda en diferir del camino que lleva la revolución de los Montoneros y cuando se cumple el primer año de gobierno, tras el golpe de Estado, prepara la Carta abierta de Rodolfo Walsh a la junta militar, en la que enumera los errores de la dictadura recién estrenada. Entrega su vida en la emboscada al sacar la pistola de la que el periodista no se separa, cuando todavía no había enviado la carta. Evitó la sala de interrogatorios de la misma manera que hizo su hija meses antes: Vicki se disparó, Rodolfo provocó que acabaran con su vida a tiro limpio, en plena calle.

Todas las armas contra la injusticia

Irónico

“Claro, ya comprendo. Este hombre viene impresionado de entrada. Le han dicho que aquí la cosa es terrible, y él se siente un héroe de película. Apenas sale del aeropuerto, ve signos alarmantes, que interpreta dirigidos contra él, Flash Gordon Chirusi”. El tono irónico de los artículos no se amilana en ningún artículo, pero es en ‘No te fíes de un enviado especial’, en su estancia en La Habana, cuando se hace más ácido contra las miserias del oficio.

Militante

El libro ‘El violento oficio de escribir’ también incluye el último artículo que escribió, ‘Carta abierta de Rodolfo Walsh a la junta militar’: “La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi 30 años”.

Revolucionario

Llega en 1959 a Cuba, con la revolución recién estrenada, organiza la agencia de noticias Prensa Latina y sus primeras impresiones quedan en la pieza ‘Fidel renuncia, Fidel se queda’: “A pesar del lenguaje coloquial, paternalista y por momentos embarullado con que suele dirigirse a su pueblo, no debe olvidarse que Fidel Castro es abogado. La exposición de cargos que hizo contra Manuel Urrutia fue terriblemente minuciosa. No dejó clavo por remachar”.

Rotundo

Durante la segunda mitad de 1958, el periodista Rodolfo Walsh publica cerca de una treintena de notas sobre el ‘Caso Satanowsky’, otra de sus más notables obsesiones: “El señor Cuaranta no aparece mencionado por casualidad en Caso Satanowsky. O porque alguien le tenga inquina. O porque alguien quiera desprestigiar a la Revolución Libertadora. Aparece mencionado simplemente porque hay una pila de elementos de juicio que apuntan en su dirección”.

Valiente

“Y cómo callar, o por qué callar, o para qué callar, si usted sigue subiendo y mandando y si a usted y a gente como usted la afamada Casa Remington sigue proveyendo carabinas para fusilar, mientras que a nosotros, y a gente como nosotros, solo nos provee de máquinas para escribir”, escribe directamente en el artículo ‘¿Y ahora… Coronel?’ al jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires, Desiderio Argentino Fernández Suárez, responsable directo de los fusilamientos de 1956. Precede a la serie de ‘Operación Masacre’.

* Tomado de http://www.publico.es/culturas/369867/el-periodista-que-mato-la-indiferencia.

 


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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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