Trino Márquez EL PAÍS QUE NOS ESTÁ DEJANDO

El jueves 7 de abril Caracas parecía una ciudad en guerra con una potencia extranjera. El corte de luz intempestivo, que originó una nueva paralización del Metro –la segunda en apenas quince días-, provocó el caos total. Las continuas fallas eléctricas constituyen uno de los emblemas más representativos de la insondable incompetencia del gobierno del teniente coronel. Desde hace al menos una década se le viene advirtiendo al caudillo acerca de la necesidad de realizar grandes inversiones en energía termoeléctrica e hidroeléctrica. El Colegio de Ingenieros ha organizado multitud de foros y mesas redondas para tratar el asunto. Los especialistas de las mejores universidades nacionales han emitido veredictos contundentes por la solidez de los datos que presentan. Todos los especialistas en el tema han subrayado la gravedad de la crisis que nos acecha. Pero, nada, el hombre prefiere regalarles el dinero de la bonanza petrolera a todos los amigotes que le celebran sus chistes malos, y le alimentan el ego y la ficción de que está construyendo un mundo multipolar en el cual él es un líder insustituible.

Los apagones, ya parte de la vida cotidiana de los venezolanos, representan una metáfora del país que la barbarie chavista nos está dejando. La oscuridad en la que sumen a la nación los cortes súbitos de luz, forma la imagen simbólica de las tinieblas que envuelven todos los espacios tocados por el Estado bolivariano. La opacidad y el deterioro se observan en las carreteras y autopistas, en los hospitales, en las escuelas y universidades, en las empresas de Guayana –las reestatizadas y las que ya pertenecían al Estado- en PDVSA, en los puertos y aeropuertos recentralizados, en los servicios públicos. En manos del comandante y del equipo que lo acompaña desde hace doce años, casi el mismo, Venezuela se ha desecho, al igual que el fluido eléctrico.

El país que nos está quedando esta corroído por todos lados. La labor de reconstrucción, por lo tanto, se torna cada día más retadora. Ya no se trata, como en 1958 cuando salió disparado Marcos Pérez Jiménez, de rehacer el tejido institucional luego de casi diez años de militarismo, autocracia y terror. En aquel momento la labor debía concentrarse en recuperar las prácticas democráticas, propiciar la convivencia entre partidos y grupos sociales que habían sido perseguidos y segregados por la dictadura, buscar equilibrios desconocidos entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, materializar la imparcialidad del Poder Judicial. No se trataba de una tarea sencilla, pero la nación anhelaba la democracia y, además, había quedado con unos activos muy importantes. El perfil urbano se había transformado, Venezuela se había modernizado, se habían construido grandes obras de infraestructura que la nación podía seguir aprovechando, y, aunque prevalecía un clima crispado, la sociedad no estaba atravesada por factores anómicos que la corroyeran

La situación actual es diferente. El deterioro es generalizado. Al autoritarismo militarista y caudillesco propio del siglo XIX, se suma la ruina material, moral e institucional. La nación está desaprovechando la riqueza petrolera y a cambio alimenta fábulas absurdas. A los jóvenes se les está arrebatando el presente y el futuro. No consiguen empleos, y cuando los encuentran son trabajos de segunda categoría que agregan poco valor y muy mal remunerados. La pobreza, el atraso y la corrupción constituyen el signo dominante del proyecto chavista. La realidad con la cual nos tocará lidiar a los demócratas una vez el autócrata salga del poder, será muy dura.

Ahora la prioridad reside en derrotar a Chávez en 2012 para que no continúe su labor destructiva. Para avanzar en esta dirección se requiere un líder, un programa y una plataforma organizativa, ya. Este hecho, que parece evidente, no luce tan claro para algunos dirigentes y partidos de los que integran la MUD, los mismos que proponen que las elecciones primarias se realicen en febrero de 2012. ¿En cuál país viven estos líderes?

El sentido de urgencia y el orden de las prioridades no parecen claros en esos señores. Todavía tenemos tiempo para ejercer la presión que permita cambiar esa decisión y lograr que las primarias se efectúen a finales del presente año. Para detener la destrucción chavista hay que comenzar por exigirle al liderazgo que muestre una clara conciencia de la desgracia que vivimos.

@tmarquezc

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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