Pablo Gamba TÉCNICA Y MAGIA

Samuel (2011), la segunda película de Cine Átomo, es la demostración de que con un equipo mínimo pueden hacerse en Venezuela filmes con una calidad de imagen que no desluzca frente a las cintas de las industrias extranjeras. Habana, Havana (2004) de Alberto Arvelo, el primer largometraje del movimiento nacido en Mérida, hacía demasiado manifiestas en eso las limitaciones técnicas, mientras que la fotografía de Gerard Uzcátegui en la opera prima de César Lucena mantiene una rústica belleza de tonos amarillentos, sepias y azules, en consonancia con la ambientación rural de la historia. Con el sonido el resultado pareciera haber sido diferente, pero es difícil formarse una opinión al respecto habiéndola escuchado en una sola sala del país, puesto que los desajustes de los equipos de audio son frecuentes.

La cinta trata de los dones que se reciben de Dios, aunque vengan de la mano de los hombres, y de la responsabilidad que ellos acarrean. También de la frontera misteriosa que existe entre la técnica humana y el milagro divino. El protagonista, Samuel, es un mecánico rural al que un curandero psíquico le descubre dotes sanadoras. Pero ese otro personaje, Montoya, tiene la peculiaridad de que cura con una magia “científica”, empleando la hipnosis y otros trucos que no son sobrenaturales. El director y guionista se inspiró en el estadounidense Edgar Cayce, que entraba en trance hipnótico para diagnosticar las enfermedades de la gente.

El problema de la película es que la destreza técnica y la belleza de la fotografía no estuvieron acompañadas de un guión con magia. Un filme sobre un curandero puede tener como principal atractivo las escenas de las sanaciones. Así lo entendió Jesús Enrique Guédez, y su único largometraje de ficción, El iluminado (1984), despierta interés por eso a pesar de sus carencias. Pero en Samuel esas escenas incluso son escamoteadas, como ocurre con la sanación de un cura sinvergüenza. ¿Acaso descubrir los secretos de ese personaje no es algo que todo espectador quisiera disfrutar? Y esa falta de profundización no es sino parte de un problema más grave: el filme está lleno de escenas cuya única función parece ser pasar de lo que se vio antes a lo que se verá después, lo cual es una forma pobre y aburrida de narrar.

La historia de Samuel está ambientada en los Andes pero podría ocurrir en cualquier otra parte. Se debe a que las montañas no son sino mero paisaje. No hay en la película una construcción del espacio que sitúe permanentemente a los personajes en la inmensidad de esas alturas y la haga parte de la historia. Se repite un plano en el que la cámara sigue al protagonista cuando camina por un estrecho sendero, con corte a un gran plano general que da idea de qué grande es el lugar por donde marcha. Pero es una parte sin todo, un simple dato como tantas escenas. Tampoco hay una representación misteriosa del ambiente como la de Santera de Solveig Hoogesteijn (1994). El paisaje es fondo, no trasfondo de la historia.

No resultaría difícil extenderse en la relación de los defectos de Samuel. Sin embargo, también es necesario señalar su otra virtud: las actuaciones. Erich Wildpret, como Samuel, y Ananda Troconis, como Alma, crearon unos personajes verosímiles y densos, con un absoluto respeto por la gente del pueblo. Son además una pareja con fuerte química en la pantalla, similar a la de Wildpret y Marcela Kloosterboer en Un lugar lejano de José Ramón Novoa (2010), y que conserva su gran belleza a pesar de la condición humilde de los personajes que representan, lo que inevitablemente hace mella en el atractivo físico. Uno se pregunta de dónde sacaron todo lo que pusieron en el filme. ¿Habrá sido un problema de montaje? El crítico se queda imaginando el tesoro que pudo haber quedado en los descartes de Samuel.

SAMUEL

Venezuela, 2011

Dirección y guión: César Lucena. Producción: Alcione Guerrero. Fotografía: Gerard Uzcátegui. Montaje: Nascuy Linares, Alberto Arvelo, Alcione Guerrero. Sonido: Lino Ocando. Música: Nascuy Linares, Alberto Arvelo. Actuaciones: Erich Wildpret (Samuel), Ananda Troconis (Alma), Manuel Porto (Montoya), Carlos Julio Molina (Baudilio), Marisa Román (Engracia), Andrés Pernía (César Augusto).

Anuncios

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
Esta entrada fue publicada en Cine, Otras voces y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s