Trino Márquez ¿A QUÉ LE TEME EL CNE?

El país se desborda de damnificados por las lluvias; las carreteras y autopistas se hunden por los deslizamientos de tierra o porque las capas de asfalto se levantan cuando caen las primeras gotas; la generación, distribución y suministro de electricidad son tan insuficientes, que buena parte de la nación se mantiene en tinieblas; las escuelas bolivarianas se desmoronan y el dinero no alcanza para que los niños ingieran una comida aceptable; en los hospitales falta hasta el alcohol; el déficit habitacional supera las 2.500.000 viviendas; el parque industrial, debido a la falta de inversión, es cada vez más obsoleto; la investigación científica en las universidades y centros de investigación públicos, se ha reducido a su mínima expresión; el sueldo mínimo y las prensiones del Seguro Social son una miseria; el desempleo y la pobreza no ceden. Tenemos un país deshecho por donde se le mire porque el Gobierno no invierte en servicios, ni en  nueva infraestructura, ni en el mantenimiento de la ya existente.

En medio de este cuadro, a la mayoría oficialista del CNE no se le  ocurre una idea más descabellada y obscena que proponer el Sistema de Autenticación Integral (SAI), que consiste en una identificación biométrica del votante, supuestamente con el fin de asegurar la pulcritud, transparencia y rapidez del proceso de votación. El SAI, para ser instrumentado en todas las mesas de votación, requiere unas 48.662 máquinas captahuellas, de las cuales solo hay disponibles 11.929; es decir, habría que adquirir 37.733, por la bicoca de 55 millones de dólares. La implementación completa del SAI elevaría los gastos a 115 millones de dólares. Ya quisieran el IVIC, el FONACIT o las universidades nacionales, una parte de esos fondos para adelantar  investigaciones científicas. La mayoría chavista del CNE vive en un país que se subdesarrolla a pasos acelerados, pero pretende manejarse con una plataforma tecnológica que provocaría la envidia de la NASA, el MIT, el Tecnológico de Monterrey o cualquiera de esos importantes centros de investigación financiados por los grandes consorcios norteamericanos, japoneses o europeos.

Dentro del organismo electoral existe una voz sensata que se ha opuesto y denunciado el exabrupto: el rector Vicente Díaz, quien ve esa empresa como una iniciativa dispendiosa, propia de mentalidades nuevorricas sin ningún sentido de las prioridades y las jerarquías.

¿Qué persigue el oficialismo con el fulano SAI? ¿Lograr mayor transparencia y elevar la confianza del elector? No parece. Los artilugios tecnológicos suelen crear temor y suspicacia en quienes no se encuentran familiarizados con ellos; se prestan para sembrar dudas sobre el secreto del voto e inducen la abstención. Cuando existen las posibilidades de fraude  o están dadas las condiciones para que se escamotee la voluntad popular, la tecnología no hace más que aligerar la trampa, imprimirle mayor velocidad. ¿Será esto lo que buscan las rectoras del  CNE?

Podría ser que las señoras rectoras estuviesen pensando en que los resultados de 2012 serán muy ajustados, y que el organismo necesita informar rápido los cómputos y justificar ante el mundo el triunfo de una opción y la pérdida de la otra. Tengo serias dudas. Cuando el referendo aprobatorio de 2007, que Hugo Chávez perdió por escaso margen, solo la decisión inquebrantable y heroica de los dirigentes opositores que se plantaron frente a la sede del CNE exigiendo el reconocimiento del triunfo democrático, logró que el comandante aceptara la derrota. Los puños del caudillo fueron testigos de cuánto le había costado admitir el fracaso de su propuesta comunista.

La proposición del CNE resulta inaceptable por escandalosa. Es inoportuna, innecesaria y, sobre todo, onerosa para una nación agobiada por tantos y tan graves problemas en todos los órdenes.

Los países vecinos, donde hay alternancia y movilidad en el mando, se producen cambios de orientación política y transmisiones de mando sin traumas de ningún género, cuentan con sistemas electorales confiables y baratos. Para aceptar la derrota y entregar el poder solo se requiere ser demócrata. Esto es lo que le falta al comandante, pero de nada le servirá escudarse tras una plataforma tecnológica, por sofisticada que sea.

@tmarquezc

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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