Cine LA HISTORIA COMO UN PRETEXTO

La carta de presentación de Días de poder se halla en la autoría de su guión, escrito en 1961 por José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud, en plena efervescencia de la lucha política durante el segundo año del polémico gobierno de Rómulo Betancourt. La traición de los ideales constituye el tema central de aquel texto que nunca pudo ser filmado y que en 1966 se convirtió en pieza teatral, según las propias palabras del cineasta, hasta que Román la convirtió en su vigésima tercera película, con la producción de la Fundación Villa del Cine. Hasta aquí todo está muy bien: un buen tema universal que ha dado obras maestras, un realizador de amplia experiencia, un período muy controvertido en la historia de la democracia venezolana. El problema principal (que no el único) es que el guión que sirve de sustento al film es francamente mediocre, confuso, inacabado, lleno de lugares comunes, que delata las necesidades de un propagandista y que subestima las exigencias de un creador que ha dado piezas maestras en el cine nacional. Toma un período de nuestra historia como un pretexto para justificar una posición actual. Ya les explico por qué.

A través de una visión muy crítica de los primeros años del gobierno del fundador de Acción Democrática, el film narra la historia de Fernando Quintero (muy bien interpretado por Gustavo Camacho, por cierto), líder adeco que participó en la resistencia contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, que padeció cárcel y torturas, y que al comenzar el período democrático ascendió al poder y traicionó sus ideales para convertirse en cómplice de la represión contra los militantes de la izquierda en armas. Su hijo, Efraín (penosamente caracterizado por Theylor Plaza), fiel defensor de las causas justas y enemigo de la represión, se convirtió en adversario del gobierno y de su propio padre. Palabra más, palabra menos, este es el argumento de Días de poder. Pero no es suficiente.

Una de las deficiencias medulares del guión de Cabrujas y Chalbaud reside en la falta de desarrollo de las situaciones dramáticas y de los personajes, reducidos a caricaturas y viñetas, que impide su comprensión cabal. Desde su lecho de enfermo (¿qué tiene, será que fumaba mucho, por qué está en esa habitación?) Camacho recuerda sus experiencias en la resistencia y las contrasta con las del gobierno de AD. Hace continuas referencias a Carnevali, Ruiz Pineda y los mártires de los años cincuenta y luego presenta las celebraciones de los primeros años sesenta. Pero el espectador se pregunta sin obtener respuesta: ¿en qué consiste la traición de ese hombre? ¿Se robó unos reales? ¿Mandó a matar a alguien? El guión no se toma la molestia de plantearlo. Sólo lo condena a priori. Es inevitable recordar el Mefisto de Itsvan Szabo que expone de forma brillante el proceso paulatino de adaptación oportunista de un actor alemán durante el dominio nazi. Un hombre que traiciona sus ideales y a su gente. Pues ese proceso no se halla en Días de poder. Simplemente el antes y después en la vida de un hombre, sin mayor riqueza argumental.

Un segundo defecto del texto de Cabrujas y Chalbaud se detecta, a los pocos minutos de proyección, en la impostura de los diálogos, en lo acartonado de las situaciones, en el estereotipo de la representación de los funcionarios de gobierno, en la pobreza de las argumentaciones de los militantes de izquierda. Pero ¿qué les pasó a José Ignacio y Román? ¿Por qué no trabajaron más ese guión? Lo curioso es que el único personaje que tiene un cierto desarrollo es Fernando Quintero y cada vez que habla expresa las posiciones que asumieron los adecos entonces (más de tres millones de votos, la confianza del pueblo en ellos, la legitimidad electoral del gobierno) frente a los planteamientos del PCV y el MIR, que brillan por su ausencia, como reza el lugar común. Valía la pena revisar y mejorar este guión original escrito hace cincuenta y un años. La trama persistente de la represión política como expresión de la traición de los ideales requería mucha más elaboración y menos ideología. Mucha agua ha corrido debajo de los puentes, para seguir con los lugares comunes.

Cuando pasamos a analizar las actuaciones el asunto se vuelve patético. Salvo Camacho y Francis Rueda, los demás intérpretes de relieve se hunden en las aguas movedizas de lo inverosímil. Tal vez el guión no les servía de mucho. Es imposible creer esos personajes, maniatados por los clisés al uso. Las manifestaciones universitarias y las protestas callejeras padecen de un minimalismo inexpresivo. Me extraña que una profesional de trayectoria como Hilda De Luca haya permitido estos niveles tan bajos de producción.

Ni la fotografía de Vitelbo Vásquez, ni el montaje de Julio García, ni la música de Francisco Cabrujas, ni la dirección de arte de Asdrúbal Meléndez logran salvar los abismos de una historia maniquea y realizada sin mayor cuidado. Lo que más me impresiona es que un autor que cuenta con una trayectoria esencial se haya reducido de esta manera. Recuerdo, por ejemplo, La oveja negra, obra hermosa que critica de manera muy dura (y muy poética también) la democracia representativa. Entre esa joya y esta película hay un abismo.

Hay un hecho incontestable: lo mejor de la filmografía de Román la hizo durante la denostada Cuarta República. Una época que el permitió ascender en la escala de prestigio público y privado, gracias a su trabajo y su visión: Sagrado y obsceno, El pez que fuma, Cangrejo II, La oveja negra, etcétera, hasta Pandemonium. Pero lo peor de su trayectoria ha venido con esta etapa “revolucionaria”. Me precio de conocer su obra y lamento mucho reconocer su decadencia.

DÍAS DE PODER, Venezuela, 2011. Dirección: Román Chalbaud. Guión: José Ignacio Cabrujas y Chalbaud. Producción: Hilda De Luca. Fotografía: Vitelbo Vásquez. Montaje: Julio García. Sonido: Josué Saavedra. Música: Francisco Cabrujas. Director de Arte: Asdrúbal Meléndez. Intérpretes: Gustavo Camacho, Theylor Plaza, Paula Woyzachowsky, Gladys Prince, Manola García Maldonado, Antonieta Colón, Germán Mendieta, Vito Lonardo, Francis Rueda, Julio César Mármol. Distribución: Amazonia Films.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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Una respuesta a Cine LA HISTORIA COMO UN PRETEXTO

  1. Diana dijo:

    Gracias por tu crítica tan lúcida. Saludos.

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