Pablo Gamba DE LA NEVERA DEL PASADO

El guión de Días de poder, escrito por José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud en los años sesenta y que no pudo ser llevado al cine en esa época, básicamente tiene valor histórico. Es un vestigio de la búsqueda que para el realizador sólo cristalizaría años después con La quema de Judas (1975). Si la influencia bien asimilada del cine político espectacular europeo dio aliento a esa otra película, a Días de poder se intenta infructuosamente darle aire a fuerza de flash backs literarios, como ocurre con la bomba con la que tratan de hacer respirar al protagonista, Fernando Quintero, en el lecho donde agoniza. Todavía no se había encontrado la manera de articular la denuncia con el género policial, por ejemplo, para convertirla en un producto taquillero, capaz de sacar a la izquierda cultural del gueto y hacer llegar su mensaje a las masas. Pero parece que eso se le olvidó a Román Chalbaud.

El fracasado intento está presente en el guión más allá de cualquier consideración acerca de las circunstancias que pudieron haber hecho imposible filmarlo en su momento, cuando la represión no se había atenuado con la “pacificación” de la guerrilla, ni el alza de los precios del petróleo había anestesiado a la sociedad lo suficiente. Del Chalbaud de aquellos años ha quedado por fortuna parte de Cuentos para mayores (1963). La tercera historia de ese filme, “La falsa oficina del supernumerario”, es una ácida sátira de la democracia que se instauró con el triunfo electoral de Acción Democrática en 1959, y su pacto con Copei y URD, que resulta más sutil, profunda y actual que la crítica que se intenta hacer en Días de poder.

Los problemas de la película que Chalbaud rodó para la Villadel Cine son los mismos de ese guión caduco, al que no parece habérsele agregado nada. La realización aporta algunos elementos característicos del tipo de cine que ha consolidado al director como el autor más prolífico y significativo en el país. Están el aire documental que la cámara en mano les da a algunas secuencias, y en el montaje de inspiración soviética que constituye el último intento de darle vida al cuerpo agonizante de Quintero y al propio filme al final, a falta de un clímax dramático. Pero ni siquiera el uso del video le planteó a Chalbaud la posibilidad de renovarse y explorar las características particulares de ese registro en una película de época, como lo hizo Michael Mann en Enemigos públicos (Public Enemies, 2009). El medio digital no es más que un sustituto barato del fílmico en Días de poder, lo que funciona en la imitación del color de las cintas de aquella época pero fracasa en los planos del rostro del protagonista en su lecho de muerte. Su pretendido dramatismo se diluye en una fea textura pastosa.

Días de poder está relatada sobre la base de los recuerdos de un líder de AD de la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez, devenido ministro cuando el partido llega al gobierno, y la conflictiva relación con su hijo Efraín, un estudiante universitario de ideas de izquierda al que se le derrumba la imagen de su padre como luchador por la democracia. Ninguno de los dos tiene el peso simbólico que ha hecho sobresalir a los personajes de Chalbaud, en particular los de mujeres como la Garza en El pez que fuma (1977) Carmín en Pandemonium (1997), o los de Mayra Alejandra en Carmen la que contaba 16 años (1978) y Manon (1986). Carecen de la agudeza que hay en la caricatura del empresario de la “Venezuela saudita” en Sagrado y obsceno (1975) o del funcionario del Congreso convertido en falso diputado de Cuentos para mayores. Los Quintero cumplen la función que les fue asignada para tratar de decir cuatro verdades sobre Acción Democrática, y no aportan nada más.

La distancia en el tiempo añade el problema de la falta de una adecuada contextualización, sin la cual simplemente no se entienden ni la historia ni la denuncia que se quiso hacer con ella. Esa carencia se nota especialmente en los cabos sueltos, como el que deja la secuencia en la que Fernando Quintero plantea en un mitin la necesidad de una reforma agraria. ¿Se hizo o no se hizo esa reforma? ¿Dio o no dio los resultados esperados? El filme no lo aclara; simplemente se olvida de la reforma agraria. Sale una manifestación de un puñado de gente sin trabajo ante el edificio donde Quintero tiene su despacho, pero no hay más detalles acerca del problema del desempleo, que fue causa de graves conflictos en los primeros años que siguieron a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez y que recién encontró cierto alivio en las políticas de ocupación artificial del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.

La corrupción de Acción Democrática en el poder es evocada mediante la entrega de un permiso a un empresario amigo de Quintero y del partido, sin ahondar en qué consiste el chanchullo ni en cómo lo enriquece. En una secuencia los estudiantes gritan “si siguen las peinillas haremos la guerrilla”, en alusión al uso del plan de machete para reprimir manifestaciones en la democracia, pero la insurrección armada no aparece por ninguna parte en el filme, ni cómo el gobierno de Rómulo Betancourt empujó hacia ella a los partidos de izquierda, que fracasaron al tratar de copiar la estrategia dela Revolución Cubana.Falta en la cinta el trasfondo geopolítico dela Guerra Fría, que definía las alternativas en aquella época entre países aliados dela Unión Soviéticao de Estados Unidos, aunque pretendieran estar no alineados, como Venezuela, y si no se considera el desastre social y económico que acabó conla URSSy esa forma de socialismo en Europa, y que hoy amenaza a Cuba, acusar a Fernando Quintero haber traicionado sus ideales es demasiado fácil. La utopía de los que tomaron las armas contra la democracia en la década de los años sesenta plantea problemas que es necesario detenerse a considerar en la actualidad. Pero parece que Román Chalbaud no encontró las ganas de revisar lo escrito hace tantos años con su amigo José Ignacio, y nadie enla Villadel Cine tuvo suficiente carácter para decirle: “Póngase las pilas, maestro”.

DÍAS DE PODER

Venezuela, 2011

Dirección: Román Chalbaud. Guión: Román Chalbaud, José Ignacio Cabrujas. Producción: Hilda de Luca. Fotografía: Vitelbo Vásquez. Montaje: Julio García. Sonido: Josué Saavedra. Música: Francisco Cabrujas. Elenco: Gustavo Camacho, Taylor Plaza, Paula Woyzechowsky, Gladys Prince, Manola García Maldonado, Antonieta Colón, Germán Mendieta, Adriana Gavini, Julio César Mármol.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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