Silvia Dioverti EXPROPIACIÓN DE SEMENTERAS

Hay gente genial, no cabe duda. Ni los genetistas de nuestro IVIC, ni los laboratorios farmacéuticos, ni los gringos que en sus antiguas campañas de control de natalidad (según denunciaron algunos en su momento) esterilizaban a la chita callando a algunas poblaciones indígenas, tuvieron la brillante idea de expropiar sementeras.

Me explico: de puro metiche que soy, ayer se me ocurrió ir a increpara al responsable de la obra en construcciónque, desde hace largas semanas, bosteza su desidia cerca de mi casa. Seguro, me dije, que este tipo no paga los aumentos salariales correspondientes. Sólo así se entiend eque los obtreros estén de brazos caídos y de traseros sentados en la acera atrapalhando o tráfego, como cantaba Chico Buarque en esa otra Construção. ¿Señor, en un país en construcción esto ee un boicot!, le espeté, ¿páguele a esos hombres lo que por decreto les pertenece y que sigan trabajando! El hombre me miró de arriba abajo y me devolvió la imprecación: ¿en qué país vive usted, doñita? ¿O acaso no sabe que desde que expropiaron las sementeras ya no tenemos material para construir? ¿Qué delicadexza!, pensé, ¿qué sutil eufemismo!, yo me esperaba encontrar con un troglo-capitalista y he aquí que estaba al frente de un poeta. Dada la información  que venía de darme sobre la privatización de las semeneteras, ¿qué otra cosa podías ser ese “material para construir” del que hablaba? Ahora me explico, pensé, todos esos hombres sentados son obreros, es decir, proletarios, y los proletarios, según definición marxiana, son aquellos cuyo único medios de producción es la prole, de allí su nombre. Y estos proletarios en paro, seguí para mi coleto, están manifestando pacíficamente en contra de una expropiación que viene de cercenarles (ay, perdón por la alusión vasectómica, señores) el único medio de (re) producción que poseen.

Pero, acto seguido, dada como soy a las dudas y al cuestionamiento, me pregunté si la expropiación de sementeras era sólo aplicable a algunos sectores de la sociedad. Como además de vivir cerca de una obra dizque en construcción también vivo al lado de una clínica muy renombrada, la respuesta llegó sola: una joven dama —con sus correspondientes escoltas y camioneta blindada— salía de la institución con un papel en la mano y sobándose con aire soñador una, a simple vista, indetectable barriguita. Ah, caramba,  como que la expropiación no es para todos y todas, pensé. Pero, bueno, por algún estrato hay que empezar, recuerda que la cosa ya no es de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba, me dije. Y, apenas lo hube pensado, caí redonda, extasiada, presa de incomparable admiración. ¡Se nos acabaron los problemas!, exclamé, adiós al hambre, a los niños desnutridos, a los hospitales abarrotados de gente pero vacíos de insumos; adiós al sida, a la sífilis, al herpes genital, al virus del papiloma humano, a los embarazos no deseados y deseados, adiós a todos los males que ese bien tan preciado e igualitario, el sexo, nos acarrea desde la manzana de Eva para acá. Ahora sí que evolucionamos, ahora sí que pertenecemos, por derecho propio, al Primer Mundo, continúe en un grado sumo de exaltación, ahora sí que podremos repartirnos todo lo poco que queda entre todos los pocos que quedemos.

Regresé a mi casa yo también con aire soñador. ¡Qué batacazo, qué idea genial esa de privatizar las sementeras! Tan buena es que se hace necesario crear, cuanto antes, una franquicia, venderla, exportarla, sacar provecho de ese recurso —a Dios gracias siempre renovable— que es la mente vernácula. Y me puse a imaginar a los chinos, a los indios (de la India, ojo), haciendo largas colas frente a las embajadas nuestras para hacerse con la franquicia. Ahora sí que nos acomodamos, seguí soñando, ¡qué petróleo ni qué cuernos!, los gringos se van a quedar con un palmo de narices frente a esas sanciones que quieren imponernos. El futuro ya es nuestro, concluí.

Lo que sí no entiendo es por qué los medios han silenciado la noticia. Pasé horas buscando en Internet y no encontré ninguna alusión al respecto. Tampoco entiendo por qué cuando volví a salir a la calle —esta vez pancarta en mano— para tratar de sumar a mi campaña de concientización a los mismos proletarios que seguían sentados en la acera, los susodichos me miraron como si estuviera loca.  Y eso que aduje, a voz en cuello, que después de lo que pudiera parecer una expropiación arbitraria, sí que habría alimentos para todos. ¿Quién entiende a la gente?

 

 

 

 

 

Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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3 respuestas a Silvia Dioverti EXPROPIACIÓN DE SEMENTERAS

  1. Ud. es muy graciosa y tiene una inteligencia voladora, ¿será por su sombrero? .Da gusto escucharla
    En vez de un ACERCA DE ALOFONSO MOLINA; que se repite y al cual ya conocemos, tendría que haber un ACERCA DE SILVIA ROBERTI, que todavía se disimula detrás de las alas de fieltro de su cabeza.
    Gracias `por su atención.
    Eduardo Gamondès, fotógrafo

  2. Ud. sí que me distrae, DIOVERTI quise decir, ¡DIOVERT!

  3. Silvia Dioverti dijo:

    Respuesta a ambos comentarios: ¡Vaya, nunca pensé que mi apellido se podía escribir de tantas maneras distintas!, pero debe de ser porque en mi artículo hay muchas palabras en las que el duende del taller (como lo llamábamos antes) introdujo equis o zetas, soldó o desoldó que también vale lo mismo para mi nombre. En cuanto a lo de la imaginación voladora, sí, puede que sea por el sombrero ¿de bruja? ¡Gracias por leer(me)!

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